Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 76

Sakigami

 Ëlen jugaba con las muñecas en la cama del dosel de Silky. Con el permiso de Kero, se divertían haciendo burbujas con Nuregami, la carta de agua. La pequeña las conjuraba con el bastón y las muñecas a los saltos peleaban por hacerlas estallar sobre sus hermanas en un rocío iridiscente que les llenaba de ilusión los ojos y las cosquilleaba agradablemente. Tomoyo, mientras daba las últimas puntadas al nuevo trajecito para Ëlen, las observaba con una sonrisa y con muchas ganas de participar de la gritería de las pequeñas. Al fin y al cabo, por más madura que se comportara, era un muñeca que representaba a una niña de diez años y como tal, jugaría encantada con ellas.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 69

El tesoro de Silky

 Eiko, sentada sobre los talones con Mogu en el regazo, observaba admirada y expectante a Silky. La niña había desamarrado el bote y se encontraba a unos metros del melocotón. Con el sombrero cónico puesto, de pie miraba concentrada hacia el agua, a la que apuntaba con la lanza que había improvisado con una rama afilada sujeta a la espadita de bambú. A un costado de la Principita, crepitaba la fogata que habían encendido las niñas en un círculo de piedras amontonadas y en la cual Silky pensaba cocinar el pez que estaba queriendo pescar.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 24

 La Casa de las Muñecas

 La puerta se abrió y Caronte brincó hacia un oscuro pasillo. La travesía, que duros unos pocos minutos, resultó dura e interminable para la nenas, pues la imaginación les jugó un mal rato en las figuras de fantasmas, arañas y terrores infantiles de diversa índole. El croar que de tanto en tanto daba el sapo ayudaba todavía menos, en especial a Ëlen, que sabía del gusto de los sapos de haraganear donde crecían las margaritas. Pero las sombras aclararon y el grupo dio con la salida. Los recibió bullicioso un bosque.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 23

Los soldaditos de la bruja

 El barrilete asomó entre las nubes malvas del atardecer. Las niñas, hasta donde lo permitió lo duro de sus tallos, torcieron admiradas las corolas, y desearon echarse una zambullida en las pastelosas y mullidas nubes. Vivi, cuando vio que el cuchicheo crecía en intensidad, pidió a sus amigas, con toda la amabilidad a la que lo obligaba su timidez, que guardaran silencio, pues algún esbirro de la bruja los podría descubrir. Las niñas se callaron. Pasó un rato y oyeron que hablaban a cierta distancia:

 -¡Un barrilete! Mejor será que no lo deja escapar, o Silky me dará por hueso para el perro.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 22

El barrilete remonta hacia el castillo

 Las niñas, pasado un rato de búsqueda por la aldea, encontraron a Vivi en casa de Peritas. Lo vieron menos cabizbajo, y preguntaron si se le había pasado la tristeza.

 -Un poco. Tuve una charla con Peritas que me hizo bien. Pero lo que importa ahora es nuestro viaje al castillo. ¿Están listas?

 Las pequeñas asintieron. Siguieron a Vivi hacia el jardín de la casa. Los esperaban Peritas y Choco. Ëlen comentó a la Principita:

 -Lástima que Ithïlien no podrá vernos.

 -Sí, pero seguro que se pondrá muy contento cuando le contemos. ¡Dale, vamos, no hay que perder tiempo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 20

La Bruja Silky

 Era el mediodía. Bajo un ombú, sentados en un pasto ralo, las niñas y Vivi comían un salpicón de arroz y verduras que el mago que cocinaba en la aldea les había servido en tazas. Vivi sorbió jugo de una cañita y empezó a contar de la bruja.

 -Silky vive en un castillo en el cielo…

 -¿En el cielo?

 -Sí, Ëlen. De tanto en tanto puede verse desde la aldea.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 19

Vivi

 Vivi estaba sentado sobre una calabaza dando distraídos tacones con las botas. Pensaba «en cosas» como gustaba decir. Vivi tenía ocho años y el aspecto simpático de un mago negro cualquiera aunque, naturalmente dada su corta edad, era mucho más pequeño, apenas algo más alto que Eiko. Esto, sumado a su carácter inseguro y maneras un poco torpes, hacía que todo aquel que lo tratara lo encontrara entrañable y le tomara particular afecto. Un cuervo rehuía al espantapájaros, y el mago con pena se preguntó: «si dejo de moverme, ¿también asustaré a los cuervos?»

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 18

Subsaga de los magos negros

La aldea de los magos negros

 Era de medianoche. Los búhos ululaban incansables y Ëlen lloraba y temblaba escondida bajo la manta. Hacía un rato que el viejo de la bolsa, la pequeña no pudo suponer otro responsable, se había llevado a su amiga. Cuando se calmó, la pequeña con algún esfuerzo e insistencia logró llamar a Härï y Mamahäha. Las águilas despertaron y acudieron raudas con ella. El captor las había dormido con hierba morfeo, una hierba que crecía en aquellos parajes desconocidos de la Tierra Media y que era de uso común para los magos negros. Mientras Härï iba por Eiko, abrazada a Mamahäha Ëlen pensó en la suerte de su amiga: la imaginó en un caldero, con el captor que la amenazaba con un cucharón, harto de oírla alborotar la casa con gritos y llantos. Pese a lo macabra imaginación, se reanimó; sabía que Eiko no se dejaría tratar como a un pedazo de calabaza y que antes que pasara un rato su captor habría de estar con la ropa enchastrada de sopa y buscando con odio a la niña, seguramente a resguardo en un rincón imposible para un adulto. La pequeña se rió entre los sollozos y al ratito se durmió.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 16

 De artesanías con el Caballero de la Luna

 Con el amanecer, los pájaros que alborotaban el bosque despertaron a Ëlen. La pequeña, emocionada, se levantó a toda prisa para verlos y escucharlos. Nada amaba más hacer por las mañanas. Una pareja de cabecitas negras revoloteaba por el árbol que guarecía a las niñas, Ëlen los saludó alegremente. Los pajaritos, encantados como por magia por la simpatía de la pequeña, agitaron las alas y piaron nerviosos por el cascarón translúcido que los repelía. Ëlen entonces corrió por su arpa; con unas notas alegres el cascarón se desvaneció y los pájaros así cantaron jubilosos en las manos de la pequeña, quien, toda alegría, procuró imitar sus trinos tal como gustaba hacer con cualquier pájaro. Pero bruscamente los cabecitas negras se alejaron. Algo los había asustado.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 06

El juguete de Cham-Cham 

 Eiko se divertía con los monos mientras Ëlen daba un paseo por la selva escoltada por el niño salvaje a quien las niñas habían dado, como no podía ser más, el nombre de Cham-Cham. Cham-Cham había hecho mucha amistad con la Principita, pero su atención y diligencias tenían por especial objeto a Ëlen. La risa de la niña y su cantarina vocecita le evocaban recuerdos remotos, imposibles de recuperar para su memoria, como ser el del cascabeleo de un juguete, que lo ponían feliz.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 04. Parte 2

 (Anteriormente… Eiko encuentra a Isil en una cueva, y con ella un arpa dorada con un mensaje que decía que la lleve con una margarita)

 Era de mañana. Los pájaros cantaban y la Principita despertó. Isil dio a la niña los buenos días y le ofreció unas frutillas para que desayunara; señaló un saliente y dijo que podía beber de las gotas que caían. La niña armó una tacita con las manos y bebió. Una vez saciada la sed, mientras chupeteaba los dedos manchados con frutillas, preguntó a Isil acerca del arpa. La gata dijo que había que hacer lo que la nota indicaba, que no tenían que dar más vueltas. La pequeña estuvo de acuerdo y salieron al bosque.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 02

 En una pradera cercana a Rohan vivía un niño noble y valiente. El niño tenía ocho años y solía despertar con el amanecer para correr por su potrillo, al cual después de acariciar y peinar montaba como hacían sus mayores, soplando el cuerno de batalla y gritando: «¡Adelante, eorlingas!». Así, con la escoba como lanza y su potrillo brioso cual Crin Blanca, el niño atravesaba el campo y despejaba la maleza hasta alcanzar la orilla del río, donde soltaba la amarra de la balsa y canturreaba una canción para la Dama Éowyn mientras el potrillito retozaba a gusto en la fresca hierba. Una vez en zona profunda, el niño tiraba la red y esperaba por algún pececito desprevenido. Cargado ya con el desayuno, animoso regresaba a casa con el potrillito para cocinar el pescado para él y sus hermanas. Así todos los días. Era muy feliz.

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