Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.23

Los soldaditos de la bruja

 El barrilete asomó entre las nubes malvas del atardecer; las niñas, hasta donde lo permitió lo rígido de sus tallos, torcieron las corolas, deseosas de echarse una zambullida en las pastelosas y mullidas nubes. Vivi, cuando entendió que el cuchicheo crecía en intensidad, pidió a sus amigas, con toda la amabilidad que le exigía su timidez, que guardaran silencio, no sea cosa que algún esbirro de la bruja los descubriera. Las niñas se callaron. Pasó un rato, y oyeron que hablaban a cierta distancia:

 -¡Un barrilete! Mejor será que lo atrape, o Silky me dará por hueso para su perro.

 Vivi reconoció a un guardia del castillo, que se aproximaba con trote ligero a grupa de un caballito pinto; vestía un sombrero cónico de paja atado a la barbilla con un lazo, una casaca roja abotonada, una correa que cruzaba el pecho y en la que descansaba un sable, anchos pantalones negros y botas ligeras de color cenizo. El guardia medía lo que un ratón, y las pequeñas lo miraron divertidas.

 -¿Un minúsculo mago negro y un par de flores? ¿Pero qué broma es esta?

 Transcurrido un momento, el guardia, que se rascaba la barbilla en gesto de duda, concluyó:

 -Los magos negros querrán la amistad de Silky y por eso le obsequian flores. Bien, llamaré a los otros.

 El guardia sacó una corneta de madera de su chaqueta. Sopló de ella dando lugar a una breve música que resultó a la par que lejana y extraña dulcísima a los sensibles oídos de Ëlen, y segundos después apareció una compañía de jinetes. Luego de cortar el nudo que retenía al barrilete, formaron a los caballitos en dos filas y cargaron el barrilete hacia el castillo. Eiko, en voz baja, comentó, entre emocionada y confundida:

 -Esos guardias parecen «soldaditos de juguete».

 La guardia se detuvo ante el portón del castillo; mientras aguardaba a que alguien acudiera al llamado, las niñas observaron que el castillo estaba hecho de nubes, como esas construcciones fortuitas que a menudo brinda el cielo. Lo comentaron con entusiasmo, y Vivi susurró:

 -Es magia. La bruja la usa para ocultar el castillo, bueno, es lo que supongo. Escuchen, rechina el portón. ¡Qué miedo! Pronto estaremos en el castillo de la bruja. ¿Qué tan terrible y maligno será?

 Esas palabras amedrentaron a Ëlen, que echó a lloriquear.

 -Ëlen, por favor, deja de llorar o tendré que usar el conjuro «Mutis» contigo; lo mismo para tí, Eiko. ¡Calma! Confiemos en lo que nos dijo Libritos. No nos pasará nada malo.

 La patrulla entró al castillo. Unos metros y la Principita, que se admiraba de las farolas con aspecto de manzanas que daban lumbre al vasto recinto que estaban transitando, comentó:

 -No parece un lugar tan feo. ¡Ëlen, mira qué hermoso el suelo!

 -¡Sí! Parece hecho con uvas.

 El suelo, en efecto, era un manto de uvas conservadas por obra de magia en piedra, que titilaba al paso de la tropilla. Las paredes estaban tapizadas con corteza de ananá y adornadas con cuadritos con dibujos de animales y flores de inconfundible sello infantil; unos indescifrables garabatos pictógraficos permitían suponer un nombre y un autor. Los guardias se detuvieron al pie de un bullicioso jardín y apearon de sus jumentos. El jardín estaba poblado por árboles de tamaño enano, con la sola excepción de un imponente y bellísimo ejemplar de hojas rojas, y arbustos a los que se le había dado alguna forma reconocible, con flores y setas crecían por doquier y pájaros y mariposas de copiosos colores. Se oía el rumor de una fuente y de tanto en tanto el golpe seco de una caña que había rebasado de agua y daba contra un cuenco de piedra.   

 Los guardias llamaron al vigía que adormilaba al pie de la escalera caracol, levantada en un extremo del jardín. De aspecto desagradable y esquivo, el vigía respondía al apodo de «barquero» y era el encargado de transportar a los «Arponeros de la Bruja» a donde se avistasen cascarudos, a los que se debía capturar ilesos; Silky, según comentarios del mago mencionado, gustaba de ponerlos en riña y disfrutar cuando se despedazaban con los cuernos. Pero Vivi no daba mayor crédito a estas historias, pues pensaba que correspondían al comportamiento de una niña, no al de una bruja.

 El barquero refunfuñó lo suyo y se hizo rogar hasta que los guardias lo amenazaron con contar a Silky del «Cazador de Luciérnagas», bichos que por lo visto eran protegidos de la bruja. El barquero salió a prisa entonces por la barca, la ató al cuello y en unos diez saltos estuvo a tiro de la tropa. Ëlen exclamó:

 -Ay, ¡un sapo! 

Uno de los guardias pareció oírla y dijo:

 -¿Oyeron? Ese muñeco habló.

 -Pues yo no he oído nada.

 -Y yo tampoco.

 -Por las coletas de Silky, juro que ese muñeco habló. Pero la voz era la de una niña. Puede que haya sido mi imaginación.

 El guardia que estaba a cargo puso término a la discusión y ordenó:

 -Hay que cargar esta cosa en la balsa. Ya nos demoramos bastante. Si el trasto no le agrada a Silky, saben lo que nos espera.

 La charla había distraído a los guardias, y el sapo aprovechó y se acercó al maguito, con vivo interés en la margarita que lloriqueaba. El sapo encontró agradable el aroma a tarde lluviosa de la flor y se acomodó para hacer alguna necesidad. Cuando el grito contenido de Ëlen emergía como para estallar en llanto y echar a perder la travesía, el guardia a cargo reprendió al sapo:

 -Oye, renacuajo, deja de husmear y muévete.

 El barquero maldijo por lo bajo y regresó al timón. Los guardias cargaron a Vivi en la balsa, dejando el barrilete en el pasto, y el capitán montó a Caronte, lo espoleó con las botas y en unos segundos ganaron la cima; el capitán llamó con la corneta, apeó del sapo y con impaciente paso marcial esperó a que se abriera la puerta. Como a esa altura la algarabía de los pájaros se oía vigorosa, las pequeñas aprovecharon y se desahogaron un poco. La Principita exclamó:

 -¡Vivi! Los soldados de Silky son juguetes. ¿Por qué no rompemos el hechizo y vamos a buscar la esfera del Dragón? Si uno de ellos nos quiere pelear, le doy un pisotón y listo.

 Ëlen, por su parte, se mostró contraria: 

 -A mi me daría lástima. Yo no quiero lastimarlos.

 -¡No! No imaginan lo que nos espera tras esa puerta. Estos soldaditos son simples centinelas, no quienes guardan por la bruja. Lo mejor es que sigamos como hasta ahora, que no hemos pasado sobresaltos. ¿De acuerdo?

 Las niñas no parecieron muy convencidas, pero no podían hacer otra cosa que confiar en su amigo y en silencio esperaron a que los recogieran.

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playmobyl ejercito britanico

Así son los soldaditos, aunque con un aspecto más oriental, je.

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Un comentario en “Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.23

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