Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.38

 El Batallón Pluto 

 Eiko examinó el suelo con la lumbre. No sabía qué debía buscar. El Bonta se había limitado a pedirle que contara de cualquier cosa que le llamara la atención. La niña dio con un caracol. Sin consultar al osito, lo agarró y se lo quedó mirando contenta; pero para su decepción, el caparazón se le partió entre los dedos. La pequeña se apenó, y preguntó a Mei Ling por cómo podría reparar la «casita» al caracol. El Bonta cortó raudo el asunto:

 -El caracol está muerto. Alguien lo pisó. Mei Ling cuando recorrió el árbol no detectó signos de vida, no al menos de nada que tuviera un tamaño relevante, así que tú no puedes haber sido. Procuraremos saber quién fue.

 El Bonta ordenó a la Principita que se «deshiciera» del caracol y que continuará recorriendo el suelo con la farola. La niña con cuidado dejó el caracol bajo una mantita de hierba, y prosiguió con la tarea. Pasó un rato dando breves círculos, y halló unas pisadas, según le había advertido Mei Ling, que había volado de la oreja de la niña para echarle una mano con la pesquisa, y se demoró en ellas. Con el aliento y la guía de la abeja, pudo contar al osito que las huellas no pertenecían a un animal y que correspondían a alguien que vestía gruesas y grandes botas. El Bonta dijo:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.29

Canarito enjaulado

 La muñeca, con los ojos anegados de un azul que enceguecía y su canturreo de niña en pena, asustó lo suyo a Eiko y a Ëlen. Vivi, con la diestra extendida, concluyó el sortilegio; desapareció el pergamino de su mano, y entre chisporroteos emergió una puerta oval inacabada que poco a poco fue encerrando a los niños. El mago dijo, con tono perentorio:

 -¡Eiko, Ëlen! ¡Nos vamos! Esa muñeca es muy peligrosa. En ella reside, y en sus dos hermanas, buena parte de la magia de Silky; de hecho, Silky no puede usar magia; toda su magia está dispersa en los muñecos del castillo, incluso en los magos negros, y en mí. ¡Agárrense fuerte al cinto de mi pantalón, con todas sus fuerzas! Cuando el portal se complete, estaremos lejos. Espero que fuera del castillo.

 Las nenas obedecieron mudas y temblorosas a su amigo. Silky comprendió lo que tramaba el mago y gritó al Espantapájaros:

 -¿Qué haces? Ese mago está usando un portal. ¡Detenlo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.28

El Espantapájaros

 El Espantapájaros, turbado por lo inusual del conjuro de Vivi, dio un paso hacia atrás; observó el peluche dejado a un costado de su ama, a la niña admirada y, por lo visto, complacida con el mago, y pensó: «Has jugado fuerte, chiquilla. Le has dado a ese mago un entendimiento libre, margen para que distinga lo conveniente o no de los Mandatos; no fue su intención, sin dudas, que no es más que un niño, pero con sus palabras acaba de esbozar un principio regente, un cuarto Mandato para los muñecos, un Mandato Cero que podría definir de esta manera: “un muñeco no debe dañar a un niño, por más que lo quiera su dueño”. Esto, de cundir en los muñecos del castillo, machacaría los planes que tengo para la niña de trenzas. No lo permitiré».

 El Espantapájaros pensó en la flor que tenía bajo su chaqueta y continuó: «de usar la flor contigo, el mago me castigaría implacable con su fuego». El muñeco echó un vistazo al dosel, donde las muñecas jugaban ajenas a todo, y concluyó: «sabes que no me obedecerán si no media tu deseo; pues bien, con la palabra habré de hacer mía tu voluntad, poniéndote de cara a tus miedos».

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.27

 Los Tres Mandatos  

 El Espantapájaros desconfió del artefacto mágico que enseñaba Eiko; en sus distraídas manos era un objeto de cuidado, y decidió poner fin a la función que armaron los niños. Observó a Silky, que aferrada al peluche se veía feliz, y pensó: «lo está tomando como un juego. Eso es bueno. Mis sospechas, quizás, no estaban fundadas; cuando apareció el mago ella reaccionó como lo haría cualquier otra niña, con deseo, con ganas de convertirlo en amigo. De todos modos, debo saber sobre el maguito, porque todo en el es anómalo para un mago negro».

 El Espantapájaros rebajó un lado del sombrero, dejando parte del rostro cubierto y en sombras, miró hacia Ëlen, que se divertía con su arpa, con las mariposas que sacaba como si jugase con una cuchara y pompas de jabón, y dijo para sí: «debo ser cuidadoso, o me temerá». Luego habló a Vivi, con tono reposado y amable, mientras Silky estrechaba al peluche y hundía inquieta las uñas en el.

 -Mago, ¿por qué levantas el báculo contra tu ama?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.26

Jaque a la bruja

 Vivi se puso a un costado de la cerradura y miró con odio a la bruja, que caminaba hacia el cofre; no reparó en su aspecto, solo quería vengar a los suyos. El maguito susurró a las niñas:

 -El cerrojo está abierto. ¿Recuerdan lo que debemos hacer?

 No hubo respuesta. Vivi notó los pétalos húmedos; las pequeñas lloriqueaban, y esto lo apaciguó. No podía poner en riesgo a sus amigas, confrontando bajo dolor e ira a la bruja. Entrevió que el Espantapájaros era lo que las tenía asustadas, y trató de darles confianza. Consiguió hacerlo, no supo cómo, quizás porque les había hablado como no habituaba, con decisión y firmeza, y las nenas sintieron que a su lado nada malo les podría pasar; en fin, la bruja se reclinó ante el cofre, y los niños deshicieron los conjuros.

 La bruja asió la tapa del cofre y permaneció pensativa; había ansiedad en su expresión, temor a un posible desencanto; esto no pasó desapercibido al Espantapájaros, que retrocedió unos pasos, desconfiado por lo inusual del proceder de su ama. Ella no se tardaba en abrir un regalo. La bruja por fin levantó la tapa unos centímetros, haciendo que rechinara el cerrojo, y cayó de bruces dando un grito. La madera crujió, y de los trozos del mueble brotó una espesa humareda, abierta a fuego por el báculo que Vivi levantó colérico hacia Silky; a su lado, estaban las niñas, despojadas del conjuro que las había convertido en flores; ambas no vestían los uniformes de soldaditos, las ropas que las presentaban como a las pequeñas custodias de Ithil y Anor.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.24

 La Casa de las Muñecas

 La puerta se abrió y Caronte brincó hacia un oscuro pasillo. La travesía, de unos minutos, fue dura para la nenas; la imaginación obró lo suyo y les jugó un mal rato en las figuras de fantasmas, arañas y terrores infantiles de diversa índole; el croar que de tanto en tanto daba el sapo ayudaba todavía menos, en especial a Ëlen, que sabía del gusto de los sapos de haraganear donde crecían las margaritas. Pero las sombras aclararon y el grupo dio con la salida, recibidos por una insospechada y bulliciosa naturaleza.

 El guardia y Caronte intercambiaron unas palabras, dejaron los obsequios en el pasto, y después de que el sapo echara una nerviosa ojeada hacia los matojos que estaban próximos dieron la vuelta y regresaron, cosa que alivió buenamente a las pequeñas. Eiko, que en la forma de la violeta no podía abarcar demasiado con la vista, preguntó:

 -¿Dónde estamos?

 Se oyeron pasos. Vivi susurró:

 -Parece que en un bosque. Guarden silencio. Llegan exploradores.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.23

Los soldaditos de la bruja

 El barrilete asomó entre las nubes malvas del atardecer; las niñas, hasta donde lo permitió lo rígido de sus tallos, torcieron las corolas, deseosas de echarse una zambullida en las pastelosas y mullidas nubes. Vivi, cuando entendió que el cuchicheo crecía en intensidad, pidió a sus amigas, con toda la amabilidad que le exigía su timidez, que guardaran silencio, no sea cosa que algún esbirro de la bruja los descubriera. Las niñas se callaron. Pasó un rato, y oyeron que hablaban a cierta distancia:

 -¡Un barrilete! Mejor será que lo atrape o Silky me dará por hueso para su perro.

 Vivi reconoció a un guardia del castillo, que se aproximaba con trote ligero a grupa de un caballito blanco; vestía un morrión carmesí con forma de cono y que terminaba en una visera de bronce, una casaca roja abotonada, una correa que cruzaba el pecho y sobre la que descansaba un sable, pantalones negros y botas altas del mismo tono. El guardia medía lo que un ratón, y las pequeñas lo miraron divertidas.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.22

El barrilete remonta hacia el castillo

 Las niñas, pasado un rato de búsqueda por la aldea, encontraron a su Vivi en casa de Peritas. Lo vieron menos cabizbajo, y preguntaron si se le había pasado la tristeza.

 -Un poco. Peritas me habló, y eso me hizo bien. Lo que importa ahora es nuestro viaje al castillo. ¿Están listas?

 Las pequeñas asintieron y con entusiasmo siguieron a Vivi hacia el jardín que daba a la entrada, donde esperaban Peritas y Choco. Ëlen comentó a la Principita:

 -Lástima que Ithïlien no podrá vernos.

 -Sí, pero seguro que se pondrá muy contento cuando le contemos. ¡Dale, vamos, no hay que perder tiempo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.21

 La tristeza de Vivi

 Los niños llegaron a la biblioteca. Como ocurría con todos los sitios en la aldea que eran dedicados a un trabajo en particular, la biblioteca no era más que la casa común de un mago negro que poseía lo que sus congéneres no; en este caso, una repisa repleta con libros y pergaminos. Vivi sujetó la aldaba y dio dos golpes a la puerta. El dueño de casa les dio la bienvenida y los invitó a pasar; los niños lo siguieron, tomando cuidado de no derribar con las rodillas las pilas de libros desparramados por la casa. El mago, que encendía el candelabro del techo con un toque de su báculo, dijo que estaba limpiando la repisa, cuyos estantes abarcaban una pared, y por eso el desorden. Los niños tomaron algunos libros y armaron un banquito como les pidió el mago, disculpándose porque tenía las sillas ocupadas, y le hablaron sobre la bruja.

 Libritos, que es el apodo que dio Ëlen al 109, después de haber escuchado el relato, propuso a los niños que fueran a lo de la bruja, cosa que, naturalmente, entusiasmó poco a los niños. Libritos dijo que no tenían que temer, que su plan haría que la bruja quisiera escucharlos o, como dio a entender a Vivi con el fogoneo de sus ojos, el maguito habría de comportarse de manera poco amistosa; «la bruja o las niñas, Vivi», concluyó el mago, para extrañeza de las pequeñas, que no comprendieron de qué hablaba.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.20

La Bruja Silky

 Era el mediodía. Bajo un ombú, sentados en el pasto recién cortado, las niñas y Vivi comían un salpicón de arroz, legumbres y verduras, que el mago que cocinaba en la aldea les sirvió en tazas. Vivi sorbió jugo de una cañita y habló de la bruja.

 -Silky vive en un castillo en el cielo…

 -¿En el cielo?

 -Sí, Ëlen, de tanto en tanto puede verse desde la aldea.

 Las niñas miraron hacia arriba. Eiko comentó:

 -¡No lo veo!

 -Se ha de encontrar lejos, o lo cubrirá alguna nube. Los magos suponen que es un castillo volante.

 Ëlen puso cara de asco. Había mordido una aceituna. Se la quitó con los dedos y dio un largo sorbo a la cañita, y preguntó:

 -¿Volante? ¿Qué es volante?

 -Que vuela. El castillo de Silky anda por el cielo, como una tortuga en el mar; de hecho, la forma que apreciamos, cuando el viento le aparta las nubes, es la de un caparazón.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.19

Vivi

 Vivi estaba sentado sobre una calabaza dando de tacones distraídos con las botas; pensaba «en cosas», como gustaba decir. Vivi tenía ocho años y el aspecto común a un mago negro, pero su tamaño y maneras lo hacían entrañable. Un cuervo rehuía al espantapájaros, y el maguito se preguntó: «si dejo de moverme, ¿también asustaré a los cuervos?».

 El sol ardía. Las niñas salieron al huerto con paraguas, con forma de hongo y color cerezo, que el mago 115 les confeccionó, con un poco de sastrería y una pizca de magia. La Principita le había dado en gracias el apodo de «Paraguitas» y el mago, de lo contento, anduvo por las casas enseñando su nombre; la aldea, para el próximo día, seguro tendría que celebrar una presentación de nombres colectiva. Las niñas abrieron el portón de la cerca y entraron al huerto. Eiko vio a su amigo, arrojó el paraguas y corrió a lo saltos, dando gritos que decían:

 -¡Vivi, Vivi, Vivi!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.18

Subsaga de los magos negros

La aldea de los magos negros

 Era de medianoche. Los búhos ululaban incansables y Ëlen lloraba tapada hasta la cabeza. Hacía un rato que el viejo de la bolsa, como lo creyó la pequeña, se había llevado a su amiga. Llamó con insistencia a Härï y Mamahäha. Las águilas, después de unos minutos, despertaron y acudieron con la niña; el captor las había dormido con hierba morfeo, una hierba que crecía en esos parajes desconocidos de la Tierra Media y que era de uso común para los magos negros. Härï fue por Eiko. La Estrellita pensó en su amiga: la imaginó dentro del caldero y al hombre que la amenazaba con un cucharón, harto de oírla. Esa idea, no obstante, la reanimó un poco; sabía que Eiko no se dejaría tratar como a un pedazo de calabaza y que antes que pasara un rato, su captor habría de estar furioso, con la ropa enchastrada de sopa, en busca de la niña que se le había escondido en un rincón imposible para un adulto. Ese pensamiento le causó gracia. La niña se rió con ganas y enseguida se durmió.

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