Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 20

La Bruja Silky

 Era el mediodía. Bajo un ombú, sentados en el pasto recién cortado, las niñas y Vivi comían un salpicón de arroz y verduras que el mago que cocinaba en la aldea les había servido en tazas. Vivi sorbió jugo de una cañita y empezó a contar de la bruja.

 -Silky vive en un castillo en el cielo…

 -¿En el cielo?

 -Sí, Ëlen. De tanto en tanto puede verse desde la aldea.

 Las niñas salieron de la sombra del árbol y miraron hacia arriba. Eiko comentó:

 -¡No lo veo!

 -Se ha de encontrar lejos, o lo cubrirá alguna nube. Los magos suponen que es un castillo volante.

 Ëlen puso cara de asco. Había mordido una aceituna. Se la quitó con los dedos y dio un largo sorbo a la cañita. Regresaron a sentarse. Preguntó:

 -¿Volante? ¿Qué es volante?

 -Que vuela. El castillo de Silky anda por el cielo como una tortuga en el mar. De hecho, la forma que apreciamos, cuando el viento le aparta las nubes, es la de un caparazón.

 La niña, que se había alegrado con la idea de una tortuga que vuela y que era grande como un castillo, comentó inquieta:

 -Entonces, si la bruja vive en el cielo, seguro que vuela en una escoba.

 Al oír esto, Eiko, entre risitas, puso la cuchara en la taza y se apresuró a sentarse sobre las rodillas con las manos en el pasto y la cabeza pegada a Ëlen. Mirando seria a su amiga a los ojos, con la voz bajita y traviesa, dijo:

 -Todas las brujas usan escoba, es lo que dicen los cuentos. Seguro que es una vieja fea, que tiene el pelo cubierto de telarañas, un ojo como el de los sapos y otro que de lo blanco parece un gusano. Las noches de luna llena, cuando aúllan los lobos, envuelta en una nube de murciélagos, la bruja sale en su escoba en busca de niñas. Dicen que las elige rubias, de largas trenzas, y que una vez en su cocina canta el nombre de la nena mientras la mete en una cacerola, que humea con el caldo hecho con renacuajos…

 La pequeña no concluyó la frase. Había querido dar un susto a su amiga, pero su propia imaginación le causó miedo, entonces enmudeció. Un hornero cantaba desde un hueco del ombú. Ëlen, que daba oídos a cualquier pájaro que cantara, no quiso mirarlo; permaneció abrazada a sus rodillas, con la cabeza medio oculta entre los brazos, los ojos llorosos y con grandes deseos de estar en casa. Vivi dijo.

 -Eiko, no digas esos cuentos, que a la noche tendrán pesadillas. Además, nunca hemos visto a Silky y no sabemos si es una vieja fea y tampoco si usa escoba.

 Vivi continuó. Contó que nadie en la aldea conocía el aspecto de Silky, excepto un mago que por accidente cayó del castillo cuando estaba siendo conducido hacia la bruja, pues había sido capturado junto a otros magos. Como tuvo la suerte de dar sobre un pilón de avena, no se hizo añicos, y les contó sobre ella.

 Ëlen, que deseaba que la bruja fuese de aspecto menos horrible a las de los cuentos, preguntó con ansiedad:

 -¿Pero no les contó cómo era la bruja?

 -No. Dijo que no podía, exactamente, «que de quererla pintar en un cuadro, el pincel se le habría caído en cuanto manchase la paleta».

 -¡No entiendo! ¿Por qué se le iba a caer el pincel? ¿Tan fea es que hasta asusta a un pincel?

 -Nosotros tampoco lo entendemos, Eiko. No te hagas barullo. El mago nos contó lo que la bruja hace con los magos que captura. Cosas horribles. Todo para hacerlos sus sirvientes.

 Vivi llevó las manos al sombrero y meneó la cabeza. Sus ojos se redujeron a una llamita, como la de una vela, en una expresión que entristeció hondamente a las niñas.

 -¡No quiero que la bruja nos transforme en muñecos!

 -¿Un muñeco? ¿Por qué?

 -Es un decir, Ëlen. Si la bruja nos obliga a hacer lo que quiere, habrá hecho de nosotros sus muñecos, ¿no lo crees?

 Las hojas del ombú murmuraron. En unas horas, podría levantarse una tormenta de arena. Las niñas permanecieron calladas. Vivi, con los ojos todavía apagados, dejó a un lado la taza con el arroz a medio comer, y prosiguió.

 -Ayer por la mañana vinieron cinco magos y nos pidieron la esfera. Les dijimos que era obsequio para ustedes. Pero uno de ellos dijo: «la quiere Silky». Lo que ocurrió me preocupa, pues esas palabras bastaron para convencer a los magos. Yo no estaba de acuerdo, pero soy un niño y no me animé a oponerme a los adultos.

 -¿Y qué pasó?

 -Uno de nuestros magos fue por la esfera y la entregó a quien la había pedido. Lo hizo con pena, como pude observar. Supongo que habrá querido evitar un enfrentamiento. Lo siento mucho, Eiko. No pude cumplir con mi promesa. ¿Están enojadas?

 Las niñas bajaron las cabezas. La esfera les sería imposible de conseguir, y debían reunir las siete. Un castillo en las nubes, y para peor, una bruja. Eran pequeñas para aceptar lo sucedido, pero comprendieron que Vivi estaba triste como ellas y se aguantaron las ganas de llorar. El mago vio que sus amigas no estaban enojadas. Esto lo animó un poco y queriendo alentarlas se levantó y dijo:

 -Vayamos con el 109. Es el mago que se encarga de cuidar la biblioteca. Es el sabio de aldea y a lo mejor nos podrá dar un consejo. ¿Qué les parece?

 Las niñas aceptaron. Vivi entonces guardó las tazas y el mantel en una bolsa, dijo a las pequeñas que abrieran los paraguas, que el sol todavía daba fuerte, y marcharon hacia la biblioteca con paso ligero y en silencio. Oyeron graznidos. Unos cuervos merodeaban al espantapájaros del huerto. El maguito corrió hacia el portón de la cerca. Les arrojó una piedra y luego se quedó mirando triste al espantapájaros. Pensó en bajarlo y en llevarlo a la aldea, pero las niñas lo llamaban y regresó prometiendo que más tarde vendría por el.

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