Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.18

Subsaga de los magos negros

La aldea de los magos negros

 Era de medianoche. Los búhos ululaban incansables y Ëlen lloraba tapada hasta la cabeza. Hacía un rato que el viejo de la bolsa, como lo creyó la pequeña, se había llevado a su amiga. Llamó con insistencia a Härï y Mamahäha. Las águilas, después de unos minutos, despertaron y acudieron con la niña; el captor las había dormido con hierba morfeo, una hierba que crecía en esos parajes desconocidos de la Tierra Media y que era de uso común para los magos negros. Härï fue por Eiko. La Estrellita pensó en su amiga: la imaginó dentro del caldero y al hombre que la amenazaba con un cucharón, harto de oírla. Esa idea, no obstante, la reanimó un poco; sabía que Eiko no se dejaría tratar como a un pedazo de calabaza y que antes que pasara un rato, su captor habría de estar furioso, con la ropa enchastrada de sopa, en busca de la niña que se le había escondido en un rincón imposible para un adulto. Ese pensamiento le causó gracia. La niña se rió con ganas y enseguida se durmió.

 Ëlen despertó. Dormía en una cama. Oyó pajaritos que piaban; miró y halló que alborotaban la ventana de la pieza, desprovista de cristal, brincando sobre una madreselva. La mañana estaba cálida y hermosa. La pequeña apartaba la manta que la cubría cuando unos pisotones retumbaron el recinto; alguien subía a las apresuradas una escalera, una escalera caracol como observó Ëlen, con emoción, pues, como a todo niño, la divertían estas escaleras. Eiko corría hacia la cama; pronto estuvo a los saltos, para la algarabía de su amiga, que la abrazó y brincó con ella. La  Principita le contó lo sucedido, y así Ëlen supo que un mago la había raptado para jugarle una broma; la verdad, fue el mago quería que la mocosa escarmentara, sin dudas que la conocía de antes, para que no insistiera más con que hiciera trucos para ella, de esos que esperan los niños toda vez que ven un mago.

 El mago era conocido como Vals nro 3, último de una serie de magos negros que eran malvados, no como los corrientes. Pero este mago había quedado reducido a despojos, condenado a una muleta tras una fiera batalla, de modo que no era más que un mago cascarrabias. Eiko continuó su relato y concluyó con que el Caballero de la Luna la había rescatado, cosa que eran inventos, pues el Vals nro 3, cansado de lo que alborotaba la niña, había colgado la bolsa con la mocosa dentro a un árbol; un mago negro la bajó alertado por los gritos, y después de dormirla con hierba morfeo la dejó en una de las casas de la aldea, sin hacer preguntas. Ëlen se vistió, y las pequeñas salieron en busca de algún mago que les diera de desayunar.

 La aldea de los magos negros se sitúa en una tierra inaccesible para la gente grande —como expresan los hobbits— a no ser que lo quieran sus moradores; en estos casos, que se limitan a la Principita y a poco más, un mago negro desvanece lo que llaman «el hechizo de los búhos» —una forma boscosa que envuelve a la aldea y que es protegida por un guardián que, precisamente, es un búho, uno robusto y grande como un troll— y el visitante entonces se descubrirá en la entrada de la aldea, desconcertado como si estuviese en un laberinto. Las casas son muy graciosas; son réplicas de calabazas, con techos que son sombreros puntiagudos, como los que usan sus habitantes. Cada hogar está separado por un sendero que da a la aldea la forma de una naranja, con sus gajos al descubierto; no más de dos o tres magos moran en las casas; allí se dedican a sus quehaceres, como ser la confección de pócimas, el cultivo de plantas, la compilación y escritura de grimorios, la orfebrería y a la cría de un chocobo, que es un animal rarísimo de encontrar en la Tierra Media.

 Los magos negros son esquivos con la gente grande, todavía más que los mismos medianos —no se conocen, pero se entenderían con facilidad—, y no quieren otra relación con ellos que la motivada por el intercambio de baratijas, siempre fuera de la aldea; con un poblado enano del desierto, en cambio, mantienen un cierto trato; se desconoce si los elfos los han frecuentado, pero es de suponer que sí. Los niños no les desagradan, pues entienden que su curiosidad por la aldea es, no otra cosa que cosa de niños, pero los prefieren menos alborotadores y preguntones que la Principita —con Ëlen estarán encantados, si bien la cuota de preguntas no será menor — . La población de la aldea no llega a la veintena de individuos y, salvo en lo que a toca a Vivi, que es tenido por una rareza, no se han visto niños magos; mujeres tampoco, de modo que es dable pensar que los magos negros tampoco son hombres; son una gente misteriosa.

 Los magos negros son de aspecto curioso; orondos como barriles y un poco más altos que los enanos dan la idea de que el sombrero, amarillo en todos los sujetos, lo llevan adosado a la cabeza, la cual es, dicho llanamente, una sombra insondable en la que refulgen ojos que a cualquiera parecerán farolas; si alguien hunde la mano en sus rostros, no se sabe si hallará algo. Visten, además, chaquetas azules y un cinto que puede ser naranja o rojo, enormes zapatos, como de payasos, con punta de color blanco y pantalones de un gris oscuro.

 Los magos negros son esquivos con la gente grande, todavía más que los mismos medianos —no se conocen, pero se entenderían con facilidad—, y no quieren otra relación con ellos que la motivada por el intercambio de baratijas, siempre fuera de la aldea; con un poblado enano del desierto, en cambio, mantienen un cierto trato; se desconoce si los elfos los han frecuentado, pero es de suponer que sí. Los niños no les desagradan, pues entienden que su curiosidad por la aldea es, no otra cosa que cosa de niños, pero los prefieren menos alborotadores y preguntones que la Principita —con Ëlen estarán encantados, si bien la cuota de preguntas no será menor — . La población de la aldea no llega a la veintena de individuos y, salvo en lo que a toca a Vivi, que es tenido por una rareza, no se han visto niños magos; mujeres tampoco, de modo que es dable pensar que los magos negros tampoco son hombres; son una gente misteriosa.

 Los magos negros son de aspecto curioso; orondos como barriles y un poco más altos que los enanos dan la idea de que el sombrero, amarillo en todos los sujetos, lo llevan adosado a la cabeza, la cual es, dicho llanamente, una sombra insondable en la que refulgen ojos que a cualquiera parecerán farolas; si alguien hunde la mano en sus rostros, no se sabe si hallará algo. Visten, además, chaquetas azules y un cinto que puede ser naranja o rojo, enormes zapatos, como de payasos, con punta de color blanco y pantalones de un gris oscuro.

 Ëlen se encontraba en el jardín de una de las casas, trepada de los brazos a la cerca del corral, con los pies que le bailoteaban sobre el suelo; acariciaba a Choco, que es el chocobo de la aldea. El chocobo emitió un «kueee» y a la pequeña se le encendieron los ojos; tan encantadores eran los chocobos. El dueño de casa comentó:

 -Choco quiere masitas.

 La nena hurgó en su bolsillo y convidó a Choco una masita, luego otra y varias más; preguntó al mago negro si quería una, pero el 128, tal era su nombre —los magos negros se identifican por los números que llevan en sus chaquetas—, dijo que no. La pequeña preguntó:

 -¿Por qué es tan grande? Nunca vi un pollito tan grande. ¡Parece un pony de lo grande!

 -Porque así lo habrán querido sus creadores.

 Ëlen quedó confundida; no comprendió bien lo que el mago quiso decir; tampoco estaba habituada a que un adulto le hablara, como ella entendió, como a una persona seria. Iba a preguntar, pero le surgió otra duda.

 -¿Y cuando sea grande, será como una gallina?

 -No, los chocobos adultos conservan la apariencia de pollitos, con el tamaño de una avestruz; a lo sumo, cambiarán el color de su plumaje, lo que determinará el terreno para el que serán aptos.

 -¡No entiendo!

 -Es sencillo. Un chocobo de adulto con plumas amarillas será bueno para correr en tierra, pero no podrá vadear un río como lo haría un chocobo de plumaje aguamarina; un chocobo dorado, se dice que hasta puede volar.

 Ëlen miró al chocobo con asombro y se imaginó cabalgando con él; la entusiasmó la idea y rió contenta. Luego preguntó:

 -¿Puedo buscarte un nombre? No me gusta decirte «128». Es aburrido y triste. ¿Te gusta «Peritas»?

 -¿Peritas? ¿Por qué?

   -Por tus ojos. Son como peras.

 -¿Y por qué no «Peras»?

 -Porque también es aburrido y triste; si te llamo Peritas, es porque eres mi amigo.

 El mago negro entendió que ese nombre no le haría ningún mal, y pensando en que de todas maneras la niña no iba a descansar hasta que aceptara el apodo, dio a la pequeña el visto bueno; Ëlen festejó a saltos y se abrazó a su cintura. El mago negro le dio unas palmaditas torpes; luego dijo que tenía que volver a su trabajo. Llegó la  Principita, que preguntó:

 -¡Hola, maguito negro! ¿Sabés donde está Vivi? Le trajimos el barrilete que nos pidió. ¿Sabes si tiene la esfera?

 Peritas alzó las manos agobiado y mientras se marchaba contestó:

 -Lo encuentras donde sabes, en el cementerio.

 Ëlen se puso pálida y con voz temblorosa exclamó:

 -¡En el cementerio!

 Eiko, como si nada, contestó:

 -¡No tengas miedo! El cementerio es la huerta de la aldea; allí plantan tomates, lechugas y zanahorias. Vivi todos los días se pasa un ratito y se queda mirando al espantapájaros; dice que lo ayuda a pensar.

 -¿A pensar?

 -Sí, Vivi es un niño muy serio. Dale, ¡vamos! ¡Chau, Choco! ¡Cuánto creciste! ¡En un ratito vendremos a jugar!

 ———————————

   •Todo lo que hace a los magos negros, corresponde al videojuego Final Fantasy IX; los chocobos, por supuesto, también.  

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