Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 16

 De artesanías con el Caballero de la Luna

 Con el amanecer, los pájaros que alborotaban el bosque despertaron a Ëlen. La pequeña, emocionada, se levantó a toda prisa para verlos y escucharlos. Nada amaba más hacer por las mañanas. Una pareja de cabecitas negras revoloteaba por el árbol que guarecía a las niñas, Ëlen los saludó alegremente. Los pajaritos, encantados como por magia por la simpatía de la pequeña, agitaron las alas y piaron nerviosos por el cascarón translúcido que los repelía. Ëlen entonces corrió por su arpa; con unas notas alegres el cascarón se desvaneció y los pájaros así cantaron jubilosos en las manos de la pequeña, quien, toda alegría, procuró imitar sus trinos tal como gustaba hacer con cualquier pájaro. Pero bruscamente los cabecitas negras se alejaron. Algo los había asustado.

 -¡Los asustaste! ¡Seguro que pensaron que eras un fantasma y les dio miedo!

 Ëlen miró con encono a su amiga, que estaba a los manotazos con la manta que la tenía toda envuelta. Con voz que se oyó como salida de una cueva, la Principita preguntó:

 -¡No te entiendo! ¡Mejor ayúdame con la manta!

 La pequeña estalló en risas. Iba a auxiliarla cuando de pronto una rama asió la manta. Las niñas alzaron las cabezas y con los ojos redondos del asombro exclamaron a coro:

 -¡Es el Caballero de la Luna!

 El enmascarado estaba sentado sobre una de las ramas y sonreía divertido. Dejó la manta a un lado, bajó de un salto y fue hacia las niñas, que lo miraron mudas. Posó una mano en la cabeza de Eiko y dijo:

 -Hola, Pequeña Dama. ¿Cómo has estado?

 -¡Bien!

 -Y tú, pequeña de trenzas, eres Ëlen, ¿verdad?

 -¿Qué? ¿No sabes quién soy? ¡Yo creía que eras Ithïlien y que estabas jugando con Eiko!

 El Caballero de la Luna tosió incómodo y contestó:

 -¿Ithïliendil? Ah, sí. La Pequeña Dama me ha hablado de él. Un elfo que me caería simpático, sin dudas. Ama a Ithil y esto lo haría un buen amigo. Eiko me ha dicho que te llama «Estrellita». Un hermoso apodo para una niña.

 El enmascarado miró a Eiko y añadió:

 -Tan hermoso como el que te ha dado a ti también, Principita. Bueno, es hora de desayunar, pequeñuelas. Les prepararé un desayuno con el que se chuparán los dedos. Pero primero… ¡Vayan y lávense esas caras hinchadas de sueño! ¡Dormilonas!

 Las niñas corrieron alborozadas hacia el arroyuelo que tenían cerca. Se lavaron las caras, chapotearon un poco, y echaron una carrera que las trajo a las risas con su amigo, que mascaba una ramita mientras servía jugo de naranjas en vasos de madera. Después de desayunar y parlotea a gusto, se pusieron con la tarea que había motivado este encuentro.

 -Ëlen, corta aquí. Muy amable, señorita.

 El Caballero de la Luna había armado una cruz con dos varitas de pino, a la que pasó a unir con la hebra cortada por Ëlen. La agitó para comprobar que la juntura no se desarmara y volvió a pedir a la niña que cortara hilo. La Principita desenrolló la madeja hasta donde marcó su amigo para que Ëlen así raspara y cortara con el pedrusco.

 -Ahora vamos a atar el hilo a cada extremo de la cruz. Perfecto, un rombo. ¿Qué les parece?

 -¿Qué es un rombo?

 -Eh, pues, esta figura, Principita. Pondremos el rombo sobre este papel de seda y lo pegaremos.

 -¿Y con qué lo pegaremos?

 El caballero extrajo de un bolsillo un frasco y dijo:

 -Con engrudo. Lo preparé tempranito porque ustedes iban a querer jugar con la harina y se hubiesen enchastrado todas, ja.

 Las pequeñas rieron. El enmascarado continuó:

 -Pero no las voy a privar de un ratito de diversión. Mojen el dedo índice. Bien, Ëlen, ese mismo. Ahora pásalo por la varita, como si pintaras. Eiko, haz lo mismo con la otra. Perfecto. Eh, no, ¡no hagas eso!

 El caballero se apresuró a apartar la manito pegajosa de los cabellos de Ëlen. La pequeña de trenzas lloriqueaba. Mientras fregaba la trenza sucia con un trapo, el enmascarado reprendió a Eiko:

 -Arrghh, casi la armas, Pequeña Dama. Si me hubiese descuidado, en un rato tendríamos la trenza de Ëlen dura como una rama… ¿Y después dónde me iba a esconder cuando Ithïliendil se enterara de que tuve que cortar una trenza a la Estrellita? Claro, claro, tú te ríes, diablilla.

 Ëlen, confortada y burlona, sacó la lengua a su amiga. La Principita cruzó los brazos y apucheró. El caballero sonrió y meneó la cabeza mientras guardaba el frasco para proseguir con lo suyo, que era fijar el rombo embadurnado al papel de seda, color violeta, y al que pasó a asegurar con las palmas. Acto seguido, sacó de una bolsa una veintena de flecos. Las niñas los pegaron sobre el perímetro del rombo, según indicó su amigo y con la advertencia de que el engrudo debía estar lejos de los cabellos y de las ropas. El caballero miró a las pequeñas con gesto ceñudo y dijo divertido:

 -Parecen bufones. Creo que debí advertirles de que en la cara tampoco podían jugar con el engrudo, ja. Bien, ahora toca poner los tiros que amarraremos a la madeja y por último la cola. ¿De qué color la prefieren?

 -Yo quiero esa.

 -¿Dorada, Ëlen? Eiko, ¿qué dices? De acuerdo, usaremos esta cinta dorada por cola y así nuestro barrilete surcará las nubes con porte orgulloso y la gente que lo vea de lejos lo confundirá con un cometa. ¿Cometa? Son las aves de fuego que pueden verse cada cientos y cientos de años desde que Varda las soltó en el cielo para que Vána, todavía niña, se divirtiera durante su cumpleaños. Pero hablaremos de eso en otra ocasión.

 El caballero dio unos tirones con el hilo y el barrilete osciló animoso, como no queriendo esperar más por remontar hacia el cielo. Las niñas saltaron y dieron hurras. El caballero dejó el barrilete sobre la manta, sacó unos potes, un pincel y dijo:

 -Eiko, ¿cómo es el sombrero de Vivi?

 -Es igualito al que usa el abuelito Gandalf. Pero a Vivi lo hace ver como a un hongo.

 -Jojo, lo imagino. ¿Te animas a dibujarlo en el barrilete?

 -¡Si!

 -¿Y yo?

 -Y tú, Estrellita, me ayudarás a recoger frutillas de ese árbol y moras de ese otro, y después saldremos de paseo a la pradera y remontaremos el barrilete que armamos para el amigo Vivi.

Ep Sig:

  

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