Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 69

El tesoro de Silky

 Eiko, sentada sobre los talones con Mogu en el regazo, observaba admirada y expectante a Silky. La niña había desamarrado el bote y se encontraba a unos metros del melocotón. Con el sombrero cónico puesto, de pie miraba concentrada hacia el agua, a la que apuntaba con la lanza que había improvisado con una rama afilada sujeta a la espadita de bambú. A un costado de la Principita, crepitaba la fogata que habían encendido las niñas en un círculo de piedras amontonadas y en la cual Silky pensaba cocinar el pez que estaba queriendo pescar.

 La Principita se estiró de golpe ahogando un suspiro. Mogu hizo igual. Silky había hundido la lanza con un movimiento cegador. Se oyó un chasquido; la niña extrajo la lanza y chilló triunfante. Había pescado un amago, una trucha marrón dorado y de motas verdosas de un tamaño considerable. Eiko y Mogu vitorearon y se arrimaron a la orilla, ansiosas por mirar el pez. Silky regresó. Antes de bajar a la orilla, y de espaldas a Eiko, dio una rápida muerte al pez con una técnica que le había enseñado el Bonta para que los peces no sufrieran. Al peluche en verdad no le importaba dejar a los pescados retorciéndose fuera del agua hasta que quedaran listos para el fuego, pero Mei Ling no quería que Silky tomara por natural ninguna crueldad con los animales, así que se vio obligado a enseñarle un método para que los pescados murieran sin sufrir, idea que al Bonta desde ya resultaba absurda.

 Después de haber limpiado el pescado y de ensartarlo a una brocheta, bajo la atenta mirada de Eiko que se esforzaba por aprender lo que la niña le enseñaba, Silky lo echó a las brasas, y propuso a la Principita mientras se quitaba el sombrero:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 68

El melocotón

 Pasada las risas con la ranita que había devorado la polilla que rondaba la farola, Eiko, a pedido de Silky, dejó que la rana regresara a los lirios con sus hermanas, y se dispusieron a seguir navegando. La niebla se había disipado, el sol se derramaba radiante en el agua. La Principita sopló la farola, no sin haber protestado lo suyo hasta que Silky le dijo que cuando oscureciera podría volver a jugar con ella, y la dejó apagada a un costado. Silky entonces dio una larga y pesada palada y echó a andar el bote.

 Dejados atrás los lirios de agua, con el bullicio de las ranas que las acompañaron un largo tramo, las niñas vieron un árbol de flores rosas sobre una lomita que asomaba del río, a un costado de la montaña derecha. Eiko observó que el árbol no era un cerezo, o que al menos no se parecía a los que había visto en el castillo. Silky, sin dejar de darle al remo, dijo:

 -Eiko, pararemos bajo el melocotón. ¿Tienes hambre?

 -¿Melocotón? ¿Qué es eso?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 61

Los Vals

 El Bonta mascó de su puro y entró a caminar furibundo a lo largo de la mesa. Confiaba en su pupila, no dudaba que Silky podría conducir con seguridad a Eiko por el bosque; con ella a cargo, ya no tendría que preocuparse por cualquier imprevisto que pudiera ocasionar la corta edad de la niña, como ser algún lloriqueo o travesura que la delatara ante los guardias del Batallón Pluto, que era lo que más temía y donde Mei Ling poco podía hacer.

 Pero no lo convencía poner tamaña responsabilidad en Silky. Al fin de cuentas era una niña y tarde o temprano se le daría por tomar a juego algún riesgo. Sabía que Silky, después de tanto tiempo de estar encerrada entre muñecas, necesitaba correr, trepar, revolcarse, arañarse entre la maleza, echar la caña para pescar alguna trucha, encender una fogata, dar un par de mandobles con la espadita de bambú, todo lo que le había enseñado a amar. Pero se jugaban demasiado. Dijo con prudencia:

 -Es una buena idea, aunque conlleva riesgos. Deja que lo piense.

 La niña, no obstante, atribulada exclamó:

 -Bonta, no hay tiempo. ¡El Espantapájaros mandará a los Vals en mi búsqueda!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 56

 Las preguntas de Vivi

 A unas horas del amanecer, con Ëlen dormida entre las muñecas y abrazada a Kero y todavía esperando noticias de Eiko, el Bonta se dispuso a disfrutar de un recreo de las niñas. Cayó pesado sobre la silla. En la mesa humeaba una taza grande de té, la lumbre del cántaro iluminaba vacilante y Mei Ling 2, para fastidio del peluche, revoloteaba nerviosa. La abeja sabía que la Principita se encontraba bien, pero no aguantaba más estar sin saber de ella. El Bonta, gruñón, buscó alejarla de un manotazo. La abeja, ofendida y burlona, le enseñó el aguijón y voló hacia Vivi, que estaba sentado delante del Bonta con una taza, también de té, en las manos. No tenía ganas de pelear al peluche. Se posó en el sombrero del mago y miró al Bonta con un brillo pícaro en los ojos. Sabía que Vivi no tardaría en importunarlo con una pregunta.

 El mago se acomodó despacito el sombrero. El Bonta bufó.

 -Rayos, habla.

 -¿Disculpe, señor? No he dicho nada.

 -Anda, cuando te arreglas el sombrero es que algo te merodea la cabeza.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 41

La medallita de Silky

 Eiko saboreaba de los restos de ciruelas que le habían quedado en los dedos. Saciada, se limpió las manos en las ropas y se recostó contra la pared de la madriguera de castores abandonada que Mei Ling en un margen del arroyuelo le había hallado para dormir la siesta. La pequeña sentó a Mogu en el regazo y sin más, y para sorpresa de todos, preguntó por Silky. El Bonta mantuvo un ceñudo silencio. Mei Ling, sabiendo que al peluche lo incomodaba el asunto y viendo las ansias de Vivi por saber de ella, se dispuso a complacer la curiosidad de la niña:

 –Cuando Silky tenía tu edad, todas las mañanas gustaba escoger un peluche de los tantos que había desparramados por la casa y lo invitaba a tomar la leche. Sabes, le encantaba garabatear alguna tostada con un largo palito de pan untado con mermelada y así enseñar a los peluches su progreso con la caligrafía de los extraños caracteres. Era muy lindo verla. Terminado el desayuno, llevaba al afortunado muñeco a jugar al jardín que antecede a la Casa de las Muñecas y que tú conoces…

 La niña comentó:

 -Sí, era un jardín muy lindo. Allí, unos  soldaditos de juguetes  nos llevaron en un sapo horrible cuando Ëlen y yo éramos florecitas y Vivi…

 -Claro, son los guardias del Jardín del Sapo, del sapo Caronte, que es de quien me hablas. Pero no nos vayamos por las ramas, preciosa, que el Bonta se nos pondrá a bufar. Una de esas mañanas, guardado en un ropero olvidado, Silky dio con un osito de peluche con el que no recordaba haber jugado. Era un peluche de un tamaño enorme y de un aspecto gruñón como jamás había visto. Todos los peluches de la casa tenían rostros alegres o bonachones. Pero este se veía feroz, y la niña no creyó conveniente despertarlo para jugar, porque temía que el peluche la quisiera comer.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 30

Subsaga de la Niña Serpiente

El Bonta

 Vivi hurgaba entre la pila de almohadas, muñecas y peluches a la que cayeron cuando cerró el portal. Estaba oscuro. El mago supuso que se hallaban en un cuarto para depósito de trastos, de cosas que habrían aburrido y hartado a Silky. Muchos de los muñecos quizás fueran experimentos malogrados, imaginó el mago, que se desoló con el pensamiento de que un esbozo de Vivi pudiera estar entre ellos. La Principita, en tanto, entre intervalos de gimoteos y moqueos, repicaba incansable el nombre de su amigo. Con la paciencia que le era habitual, el mago respondió que debía encontrar el báculo para que tuvieran lumbre y que pronto estaría con ella.

 Vivi por fin dio con el báculo. Entonces se arrimó a Eiko y tomó a la niña de la mano buscando calmarla, y encendió el báculo. Para decepción de la Principita, iluminó lo que una luciérnaga.

 -Ten paciencia. Hay demasiados muñecos por aquí y debo ser cauto con el fuego. ¿Ahora está mejor?

 -Sí.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 29

Canarito enjaulado

 Con los ojos anegados de un azul que enceguecía y canturreo de niña en pena, la muñeca causó terror en las niñas. Vivi desesperaba por terminar el sortilegio. Cuando el pergamino en su diestra por fin desapareció, entre chisporroteos emergió una inacabada puerta oval que fue encerrando a los niños mientras se completaba. El mago dijo con tono perentorio:

 -¡Eiko, Ëlen! ¡Nos vamos! Esa muñeca es terrible. No podremos vencerla. En ella y en sus hermanas reside buena parte de la magia de Silky. ¡Silky parece que no puede usar magia! Agárrense fuerte al cinto de mi pantalón! Cuando el portal se complete, estaremos lejos. Espero que fuera del castillo.

 Las nenas obedecieron mudas y a punto del llanto. Silky comprendió lo que tramaba el mago y gritó al Espantapájaros:

 -¿Qué haces? El mago está usando un portal. ¡Detenlo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 27

 Los Tres Mandatos  

 El Espantapájaros desconfió del artefacto mágico que había sacado Eiko. Era un objeto de cuidado para tan pequeñas e inseguras manos. Decidió, pues, dar fin a la función que armaron los niños. Observó a Silky aferrada con ingenuo temor al peluche y pensó: «Mis sospechas al parecer no estaban fundadas. Cuando vio al mago ella reaccionó como lo haría cualquier otra niña que ve un muñeco tan simpático, con deseo de hacerlo suyo. No creo que esperara por su aparición. De todos modos, debo saber sobre el maguito, porque todo en el es anómalo para un mago negro».

 El Espantapájaros rebajó un lado del ala de su sombrero. Con parte del rostro velado por las sombras, miró a Ëlen, que se divertía con su arpa, satisfecha con las mariposas que sacaba como si jugase con una cuchara y pompas de jabón, y dijo para sí: «debo ser cuidadoso o me temerá». Entonces habló a Vivi, con tono reposado y amable. Silky, en tanto, estrechó su peluche y hundió las uñas en el.

 -Mago, ¿por qué levantas el báculo contra tu ama?

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