Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 47

Sakuya

 Con paso ligero y andar gracioso, una hermosa mujer de cabellos negros se acercó para saludar con cariñoso abrazo a Ammy. La loba respondió con un tierno y corto aullido. La mujer reparó en la Principita, quien curiosa observaba las tres pacas de paja de arroz que llevaba de tocado en la cabeza; se reclinó hacia la niña con las manos en las rodillas y con dulzura preguntó:

 -¿Y tú quién eres, bichito?

 -Soy Eiko.

 -¿Y qué haces aquí? ¿Ammy te trajo para el festival de la aldea?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 46

La aldea de Kamiki

 Issun, parado sobre la cabeza de Ammy, llamó a Eiko y a Mei Ling. El duendecito tenía ante sí la pintura dejada en el suelo y contra las cañas, aquella misma que por sus colores monocromos y sobriedad de tema, no más que bambúes y un sendero de piedra, había resultado aburrida y fea a Eiko, y de la cual el mismo Issun, como por arte de magia, había salido.

 -Bien, mocosa, no tenemos tiempo, así que nada de preguntas. Anda, toma ese pincel.

 La Principita observó la cajita abierta puesta a un costado de Ammy y que guardaba instrumentos para pintura, entre ellos pinceles, todos para caligrafía. La niña se quedó pensativa.

 -¿Cuál?

 Issun dio un par de brincos, furioso, y exclamó:

 -¿Cómo que cuál? Dije que nada de preguntas, cabeza de melón.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 45

Ammy

 La tinta derramada por el búho roció toda a la loba, luego de que ésta se interpusiera entre el dibujo y la niña. Eiko miró el animal con pena. Su hermoso pelaje salpicado por manchas de tinta. Pensó en dar su merecido a Issun, pero entonces vio que la loba se había agazapado y que gruñía al duendecito, y que se lanzaba hacia él.

 Issun reaccionó a tiempo y logró escapar de las fauces de Ammy, como así la había llamado, saltando hacia su hocico, al que dio fuerte con el pincel para alejarse entonces a largos brincos. Ammy con furia fue tras él, procurando a cada zarpazo atrapar entre los dientes al hombrecito, que no dejaba de parlotear cosas ininteligibles. Las risas de la Principita, por fin, pusieron un alto a la persecución. Ammy sacudió su pelaje y, para asombro de la niña, las manchas de tinta cayeron sobre la hierba. La pequeña con alguna timidez se acercó a la loba, ansiaba acariciarla, tocar su hermoso pelaje, blanco y puro como la nieve.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 44

  Issun

 Transcurridos algunos minutos, que se sucedieron sin sobresaltos y con poca charla, Eiko y Mei Ling dieron con la salida de la caverna, una escasa abertura enmarañada de zarzas. La abeja se adelantó para ver qué había fuera; una vez que regresó, indicó a la Principita que podía salir.

 -No levantes la cabeza, culebrita, o te darás un buen coscorrón con la roca. Y no abras los ojos hasta que salgas, que podrás lastimarte con las zarzas. Bien.

 La Principita, ya fuera de la caverna, miró los alrededores. Encontró que todo era verde. El murmullo de las cañas le resultó algo inquietante.

 -Es un bosque de bambú, preciosa. Sería riesgoso que intentaramos atravesarlo.

 -¿Por qué? ¿Hay fantasmas?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 43

El teatrillo de títeres

 La Principita entró a la caverna donde Fenris la había dejado. Mei Ling, después de unas palabras con el Bonta, donde advertía al peluche que podrían perder la comunicación por un tiempo, alcanzó a la niña, que temerosa por la cerrada oscuridad había pegado la vuelta. La pequeña echó a reír, admirada por la diminuta varita que le alumbraba el rostro. La abeja voló en un círculo y exclamó alegremente:

 -¿No soy como una hadita?

 La niña, encantada por el trazo de la abeja con la varita, que había pasado a sus ojos como una estrella fugaz, respondió que sí. Luego acercó la cabeza a la abeja, observó con detenimiento el artilugio, y preguntó:

 -¿Qué es lo que parpadea? Parece una luciérnaga.

 -Así es, Principita. Es una luciérnaga.

 -¿Y la convertiste en piedra? Pobre luciérnaga. Eso no se hace.

 -¡Jo, jo! No, observa lo diminuta que es. Las luciérnagas son mucho más grandes.

 -¿Y entonces qué es?

 -Pues, una piedra con forma de luciérnaga, hecha por Silky a partir de una porción de luz de luciérnaga. No me preguntes cómo. Es cosa de magia. Fue un regalo de la niña para mí, para que tuviera lumbre por las noches.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 42

Fenrir

 Terminado el relato de los días de Silky con el Bonta, Eiko no tardó en dormirse. Avanzado el mediodía, el Bonta dio por suficiente la siesta de la pequeña y ordenó a Mei Ling que la despertara. La abeja llamaba con suma delicadeza a la Principita cuando notó una serie de objetos desparramados sobre el pantalón de la niña. Se acercó, examinó los objetos, vio que caían de un saco de tela de seda, y entonces rompió en risas.

 -¡No te imaginas, Bonta!

 -¿Qué cuernos?

 Mei Ling, riendo, pasó a detallar:

 -¿Recuerdas el caracol muerto que la Principita halló cuando salimos al bosque?

 -Sí.

 -Pues, que la niña lo guardó en un saquito y se lo trajo.

 -Rayos. ¿Y tú no la viste?

 -Claro que no, volaba por delante, atisbando el camino.

 -Maldita sea.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 41

La medallita de Silky

 Eiko saboreó de los restos de ciruelas que le habían quedado en los dedos; se limpió las manos y se recostó contra la pared de la madriguera de castores abandonada que Mei Ling le había hallado para dormir la siesta en un margen del arroyuelo. La pequeña sentó a Mogu en el regazo y, para sorpresa de todos, preguntó por Silky. El Bonta mantuvo un hosco silencio. Mei Ling, sabiendo que al peluche le incomodaba el asunto, y viendo las ansias de Vivi por saber de su creadora, se dispuso a saciar la curiosidad de la niña, y contó:

 –Cuando Silky tenía tu edad, Principita, gustaba todas las mañanas escoger un peluche de los tantos que había desparramados por la casa para invitarlo a tomar la leche; llegado el momento, le encantaba garabatear alguna tostada con un largo palito de pan untado con mermelada y así enseñar a los peluches su progreso con la caligrafía de los extraños caracteres. Luego, llevaba al afortunado muñeco a jugar al jardín que antecede a la Casa de las Muñecas y que tú conoces…

 La niña comentó:

 -Sí, era un jardín muy lindo, y sabes, había soldaditos de juguetes que nos llevaron en un sapo horrible cuando Ëlen y yo éramos florecitas y Vivi…

 -Claro, son los guardias del Jardín del Sapo, del sapo Caronte, que es de quien me hablas. Pero no nos vayamos por las ramas, preciosa, que el Bonta se nos pondrá a bufar. Una de esas mañanas, guardado en un ropero olvidado, Silky dio con un osito de peluche con el que no recordaba haber jugado. Era un peluche de un tamaño enorme y de un aspecto gruñón como jamás había visto. Todos los peluches de la casa tenían rostros alegres o bonachones. Pero este se veía feroz, y la niña no creyó conveniente despertarlo para jugar, porque temía que el peluche la quisiera comer.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 40

La Puerta de los Fantasmas

 Eiko había dejado atrás el estanque de los sapos y se hallaba sentada entre unas enormes piedras. Todavía podía ver a Gamabunta y a su pipa que humeaba entre los cerezos. A unos metros de la niña, había un puentecito de madera levantado sobre un arroyuelo de furioso cauce y que conducía a una nueva espesura del bosque. El Bonta había pedido unos minutos a la niña, pues Mei Ling 3 se había reportado. Para alegría de la Principita, aunque también para su envidia, Ëlen se encontraba bien, a gusto como Pulgarcita y divirtièndose mucho con las muñecas de Silky en una casa que era todo muñecos, juguetes y dulces. Del Espantapájaros no hubo noticias. Esto no fue del agrado del Bonta, que pidió a Mei Ling 3 que tratara de ver en qué andaba el muñeco, y si podía también Silky, que lo último que supo de la niña era que había pedido que le llevaran el clavicordio a su habitación, cosa que tenía intrigado al peluche, que pensaba que la niña no tendría ganas para la música. Pero de todo esto el Bonta no dio cuenta a la Principita.

 -Bien, mocosa, en marcha.

 -¡Pero hay un guardia!

 La niña señaló el extremo opuesto del puente mientras miraba con el catalejo. Un guardia del Batallón Pluto recorría los alrededores. El Bonta la amonestó:

 -Oye, el catalejo no es para jugar. Puedes observar perfectamente al guardia desde donde estás sin el catalejo. Guárdalo en la mochila, y saca la Maza Chillona.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 39

Gamabunta

 La Principita, tumbada dentro de un tronco hueco que yacía en la hierba, cargó el tirachinas con una nuez de Kupo y apuntó hacia el estanque, cuidando que el arma no asomara de la abertura y la dejara al descubierto como le advirtió el Bonta. Las manos le temblaban. No podía apartar la vista de los guardias del Batallón Pluto que pescaban distraídos a unos pasos, a la sombra de la enorme estatua del sapo que fumaba pipa y que la niña se había esforzado por no mirar, aun cuando Mei Ling le insistió con que la estatua «no comía niños» y que no habría de despertar. La abeja creyó conveniente no contarle que las muñecas de Silky podían despertar al sapo si liberaban el sello impreso en su lengua.

 Eiko marró el disparo, que dio en un guardia cuando debía haber caído en el agua para distracción. La pequeña cerró fuerte los ojos y se cubrió la cabeza con las manos, creyendo que la habían descubierto; pero para risa de Mei Ling, el guardia echó la bronca a su compañero, que lo miró atónito. La abeja animó a que la niña observara la escena. Ambos guardias discutían acaloradamente, con gestos tan ampulosos y expresivos que hicieron reír a la Principita. El Bonta, que no estaba para teatrillos, exclamó irritado:

 -Oye, mocosa, ¿qué rayos estás esperando? Aprovecha que esos dos tontos te han dado la oportunidad y ponte en marcha. ¡De prisa! ¡Y no levantes la cabeza hasta que Mei Ling te lo diga!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 38

 El Batallón Pluto 

 Eiko examinó el suelo con la lumbre. No sabía qué debía buscar. El Bonta se había limitado a pedirle que contara de cualquier cosa que le llamara la atención. La niña dio con un caracol. Sin consultar al osito, lo agarró y se lo quedó mirando contenta; pero para su decepción, el caparazón se le partió entre los dedos. La pequeña se apenó, y preguntó a Mei Ling por cómo podría reparar la «casita» al caracol. El Bonta cortó raudo el asunto:

 -El caracol está muerto. Alguien lo pisó. Mei Ling cuando recorrió el árbol no detectó signos de vida, no al menos de nada que tuviera un tamaño relevante, así que tú no puedes haber sido. Procuraremos saber quién fue.

 El Bonta ordenó a la Principita que se «deshiciera» del caracol y que continuará recorriendo el suelo con la farola. La niña con cuidado dejó el caracol bajo una mantita de hierba, y prosiguió con la tarea. Pasó un rato dando breves círculos, y halló unas pisadas, según le había advertido Mei Ling, que había volado de la oreja de la niña para echarle una mano con la pesquisa, y se demoró en ellas. Con el aliento y la guía de la abeja, pudo contar al osito que las huellas no pertenecían a un animal y que correspondían a alguien que vestía gruesas y grandes botas. El Bonta dijo:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 37

Operación Muñeca de Trapo

 Eiko miraba con suspicacia a la arañita que caía de una interminable hebra hacia el pie del árbol del que acababa de asomar, como un conejo de cuentos, la niña. La mañana en el bosque estaba apacible, y la Principita creyó haberse topado con su primer contratiempo. Pero la niña sintió que la oreja le picaba, y entonces oyó a través de su abeja, siempre gruñón y terminante, al Bonta:

 -Una simple araña de saco. No te picará. Vamos, ponte a cubierto en el árbol, de cuclillas y con la espalda en la corteza como te enseñé.

 La Principita llevaba unos minutos en El Bosque de los Cerezos. La salida de la habitación de los trastos había resultado sencilla: un boquete en el ropero, un largo trecho a gatas en el túnel excavado por topos, y la Principita que emergió, como por obra de magia para su entender, del hueco en el tronco de un orondo árbol. Se encontraba a enorme distancia de la Casa de las Muñecas, como así lo había dispuesto el Bonta cuando accionó el mecanismo que controloba la red de túneles que solo él y Mei Ling conocían, pues consideraba riesgoso que la niña apareciera en las inmediaciones de la casa. El peluche ordenó a la pequeña que mirara de soslayo, quieta y a resguardo contra el tronco, y le describiera lo que había a unos metros. La niña contó que solo veía árboles, que todo era árboles, todos de los más variados colores, tan altos y copiosos que el sol caía a pedacitos de las hojas; contó además de la bruma azul que manaba del suelo y que daba al bosque un aspecto «de hadas». Pero Mei Ling pidió a la pequeña que mirara bien, hacia el árbol de lila que tenía unos pasos a la derecha y que destacaba sobre sus vecinos porque emitía lumbre. Eiko, después de un momento, contó:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 36

Mogu

 Eiko, tumbada sobre almohadones, con Vivi sentado a su lado, se divertía practicando con el Tirachinas. Acertar al muñeco que el mago había dejado a un par de pasos, un tronco de aspecto asustadizo y que tenía una recta y larga nariz que terminaba en un ciruelo seco, le demandó una bolsita de nueces, pero como el Bonta dijo que bastaba con que la munición no diera lejos, pues cualquier animal echaría a correr cuando sintiera que algo chasqueaba en los alrededores, la niña no dio importancia a su mala puntería.

 A todo esto, el Bonta recibía un reporte de Mei Ling 3. La abeja contó que el Espantapájaros había hablado con Ëlen y que el muñeco no tuvo mayores dificultades para ganar la confianza de la niña, todavía convertida en Pulgarcita. El Espantapájaros, relató la abeja, un tanto avergonzado por la situación, de tener que agacharse y poner el rostro casi a la altura del suelo para hablar con la pequeña, que lo miraba entre curiosa y temerosa por la ventana de su casita de duende, con un regadero en las manos y habiéndose negado a salir porque «no debía abrir la puerta a extraños», comentó que estaban buscando a sus amigos, y que cuando los encontraran convencería a Silky para que regresaran a la aldea y que en disculpa del mal rato, los cargaría con cuantos juguetes pudieran llevar. Entonces las muñecas, después de que se marchara el Espantapájaros, y con la condición de que un mago negro las acompañara, llevaron a pasear a Ëlen por el castillo. La abeja concluyó:
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