Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 75

El caballero de la princesa

 Eiko miró con ilusión al guerrero con pesada armadura que las había salvado del Vals y que se inclinaba reverente hacia su amiga. Steiner reparó en la pequeña, y la escrutó con desconfianza; recelaba de cualquier desconocido que tratara con la princesa, no importaba si fuera una niña, un peluche de la casa o alguna alimaña del bosque. Para él, en tanto no supiera de sus motivaciones, todos eran bribones.

 Sin embargo, Steiner sospechaba por otra cosa; dada la corta edad de la niña, el asombro que había en sus ojos lo advertía de una inminente insolencia infantil, que ya había padecido con Silky cuando pequeña, y que efectivamente ocurrió en cuanto la Principita exclamó:

 -¡Silky, mira! ¡Es el Hombre de Hojalata!

 La niña estalló en carcajadas. Steiner, airado, agitó la mano señalando con el rostro rojo como un tomate en dirección a Eiko, en gesto y expresión tan bufonescos que causaron la hilaridad de la Principita. Esto exasperó todavía más al imponente guerrero, que echó a temblar de la furia, de una manera tal que las placas de su armadura rechinaron ruidosamente, y la mar de graciosas para la pequeña, a quien pareció un caballero destartalado y a punto de desarmarse.

 Silky, mientras se corría la máscara del Kitsune hacia la sien, después de echar un vistazo al Vals, estrujado y medio muerto contra la montaña, divertida comentó:

 -Ja, me preguntó cómo habrán llegado a Ithïliendil ciertas historias… No, Principita, ese señor de aspecto serio no es el Hombre de Hojalata, es el capitán del Batallón Pluto…

 La niña, con orgullo que a su vez inflamó el corazón de Steiner, concluyó:

 -… mi guardia personal en el Bosque de los Cerezos, el caballero Adalbert Steiner.

 La pequeña miró boquiabierta al guerrero. Aunque no fuera un personaje de cuentos, lo dicho por Silky le hizo creer que no era menos, aún cuando el señor caballero le resultara un poco chistoso. Steiner vestía armadura de placas, botas, guanteletes y un casco cónico rematado en una pluma; todo de un plateado bruñido con esmero. Una correa de cuero le cruzaba el torso, a la que ataba el enorme espadón sobre el que estaba parado con incómodo aire hidalgo. Tenía un rostro amable y, como acababa de presenciar la Principita, graciosamente expresivo.

 Al ver rostro de Silky después de tanto tiempo, al caballero se le llenaron los ojos de lágrimas, entonces, con tono grandilocuente y lastimoso, aunque profundamente humilde, exclamó:

 -¡Oh, princesa, cuánto tiempo me ha privado de servirla como merece! ¿Qué es este horrible juego que está librando con ese hechicero espantoso que va tras usted atormentando a mis soldados? ¿En qué hemos fallado para que su merced…?

 Steiner calló. Con el rostro exangüe por la consternación, se quedó de piedra mirando el llanto de la niña. Esta, después de sentirse confortada por la ternura de Eiko y Mogu, se hizo de fuerzas y con palabras que desarmaron al noble caballero, chilló:

 -¡Es el Espantapájaros! ¡Es un malvado…!

 Pero las palabras de Silky fueron cortadas por una voz que espantó a las niñas, particularmente a Eiko, que temblando se echó a los brazos de su amiga. Steiner, con el espíritu roto por haber advertido de la grave falta a la que lo llevó su credulidad, se obligó a incorporarse y feroz miró al Vals que, con un ala rota, volaba torpe hacia ellos.

 -El Espantapájaros sabe lo que es mejor para ti, chiquilla… Volverás conmigo a la casa.

 Con el espadón levantado, Steiner bramó:

 -Calla, monstruo, o mi acero lo hará. No consentiré que hables así a la princesa.

 -Ja, por supuesto, mi noble “oxidado”.

 El caballero gruñó. El apodo se lo había dado el Bonta, con el que tenía diferencias irreconciliables sobre lo que convenía a la educación, juegos y amistades de Silky, y lo enfurecía escucharlo. Pero mantuvo la calma, entonces, y con la voz ronca por la pena y la culpa, dijo a la niña:

 -Princesa, he creído las mentiras de ese espantajo ruin y usted ha sufrido por ello. Soy indigno de ser el capitán de su guardia, pero, por favor, permita que este inútil caballero cuide al menos de que usted y su amiguita puedan escapar a salvo. ¡Rápido, huya!

 El Vals, ya a tiro del bote y apuntando a este con el báculo, burlón exclamó:

 -Ja, ¿y qué podrás hacer, hojalata? Una voluta de piro y haré cenizas el bote. ¡La niña se irá conmigo!

 Steiner no dejó que la amenaza lo amilanara; con la mirada dura en el Vals, levantó una mano y gritó:

 -¡Batallón Pluto!

 Dispersados a lo largo de las montañas, asomaron una decena de soldados que apuntaron al Vals con ballestas armadas con flechas incendiarias. El Vals maldijo y conjuró con el báculo un escudo translúcido; como no podía volar libremente, se veía obligado a desperdiciar su atención con ellos. Sabiendo que su presa se le iría de las manos, miró con odio a Steiner, que con el semblante pétreo se disponía a ordenar a sus soldados que dispararan.

 Pero, un movimiento repentino de Silky desconcertó y detuvo al caballero, por unos segundos al menos hasta que, con orgullo y cariño, comprendió lo que la niña buscaba. Silky había extraído de la manga del kimono un frasquito minúsculo, que llevó hacia la nariz de una llorosa Principita. Esta se sumió en un inmediato sueño. La niña no quiso que la pequeña presenciara la dureza de una batalla ni que soportara más el horror del Vals y había usado con ella hierba morfeo. Tragando saliva por la emoción que lo dominaba, Steiner cerró el puño y en respuesta cayó la primera andanada.

 Las flechas incendiarias hostigaban como un enjambre furioso al Vals. Silky, después de recostar a Eiko en el bote y de dejarla al cuidado de Mogu, se paró en la popa con el remo asido y listo. Steiner había saltado a la orilla del melocotón; con sus fuertes brazos, un empujón pondría al bote rápidamente en curso. Mientras lo arrastraba, y sin dar oídos a la provocación afrentosa del Vals, Steiner miraba con devoción a Silky. No podía más del orgullo por verla cuidar de una niñita, apenas unos años menor que ella, con tanta resolución y temeridad. Cierto que lo hacía al modo mañoso y sagaz que había aprendido, para su desconsuelo, con el Bonta; el uso de una hierba somnífero era buen ejemplo de las malas artes que el peluche le había enseñado. Pero lo que importaba es que su princesa había crecido y que se había convertido en una niña valiente.

 Silky miraba con pena los ojos vidriosos de Steiner. Por más que se comportara como una niña madura, al menos de momento diría con severa prudencia el Bonta, no dejaba de ser una niña, de modo que no pudo sospechar que en las lágrimas del capitán del Batallón Pluto había dicha y no tristeza. Con el bote alejándose lentamente, y con el viento que le revolvía los larguísimos cabellos, Silky exclamó jovial:

 -¡Steiner, no estés triste! Nos estamos divirtiendo mucho con Eiko y Mogu. Ahora estamos jugando a los piratas; este es el Princesa Kaguya y yo soy la capitana. ¡Pronto oirás de nosotras, ji!

 El candor de las palabras de la niña y la felicidad en su rostro sanó la amargura que el caballero sentía por no haberla cuidado de ella como debía. Con el corazón jubiloso y envalentonado, alzó el espadón y, después de ordenar a sus soldados que levantarán las ballestas, saltó sobre un Vals Negro que sabía le sería difícil resistir el poderoso brazo de un Steiner decidido, en nombre de aquella a la que llamaba princesa, a terminar con él.

 Transcurrido un rato, y ya sin los ecos de la terrible batalla que sostenían el caballero y el mago, Silky levantó el remo. Estaba a poco de dejar el área montañosa, nuevas maravillas la esperaban para enseñar a Eiko mientras iban por Ëlen. Mogu, sentadita contra la pared del bote, aferraba con dulzura sobre su regazo una mano de la niña, dormida plácidamente y sin signos de estar sufriendo por el encuentro con el Vals. Silky las miró con amor, acarició la cabeza a ambas, demorándose en las mejillas arreboladas de la Principita, y entonces, de golpe y sin que lo pudiera contener, rompió en llantos, un llanto silencioso y copioso que la llevó a sentarse a solas, con los brazos abrazando las rodillas y el rostro ladeado hacia Eiko. Deseó estar en su lugar, ser por un ratito una niña pequeña, mimada y protegida; ser una niña grande y valiente ya no le parecía tan divertido.

 Mogu, apenada, quiso arrimarse para hablar a la niña. Pero Mei Ling, que había despertado ya con la aparición del Vals, y mientras con el corazón deshecho miraba a Silky besando y llorando sobre el medallón dorado que ocultaba bajo el cuello y que honraba a Vána, aquella que con sus cabellos y lágrimas diera a la Tierra Media el sol, voló hacia Mogu y dijo con dulzura:

 -Dejala, Mogu, está llorando por su mamá. Le pregunta cuándo vendrá por ella.


*Como ya he comentado, Silky es un personaje del anime I’m Gonna Be An Angel, donde tiene 16 años. Aquí tiene 11.

*Tampoco estaría mal recordar que este fanfic está emplazado en la Tierra Media de Tolkien, una Tierra Media muy otaku, ja.

 

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