Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.24

 La Casa de las Muñecas

 La puerta se abrió y Caronte brincó hacia un oscuro pasillo. La travesía, de unos minutos, fue dura para la nenas; la imaginación obró lo suyo y les jugó un mal rato en las figuras de fantasmas, arañas y terrores infantiles de diversa índole; el croar que de tanto en tanto daba el sapo ayudaba todavía menos, en especial a Ëlen, que sabía del gusto de los sapos de haraganear donde crecían las margaritas. Pero las sombras aclararon y el grupo dio con la salida, recibidos por una bulliciosa naturaleza.

 El guardia y Caronte intercambiaron unas palabras, dejaron los obsequios en el pasto, y después de que el sapo echara una nerviosa ojeada hacia los matojos que estaban próximos dieron la vuelta y regresaron, cosa que alivió buenamente a las pequeñas. Eiko, que en la forma de la violeta no podía abarcar demasiado con la vista, preguntó:

 -¿Dónde estamos?

 Se oyeron pasos. Vivi susurró:

 -Parece que en el bosque. Guarden silencio. Vienen exploradores. 

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.23

Los soldaditos de la bruja

 El barrilete asomó entre las nubes malvas del atardecer; las niñas, hasta donde lo permitió lo rígido de sus tallos, torcieron las corolas, deseosas de echarse una zambullida en las pastelosas y mullidas nubes. Vivi, cuando entendió que el cuchicheo crecía en intensidad, pidió a sus amigas, con toda la amabilidad que le exigía su timidez, que guardaran silencio, no sea cosa que algún esbirro de la bruja los descubriera. Las niñas se callaron. Pasó un rato, y oyeron que hablaban a cierta distancia:

 -¡Un barrilete! Mejor será que lo atrape, o Silky me dará por hueso para su perro.

 Vivi reconoció a un guardia del castillo, que se aproximaba con trote ligero a grupa de un caballito pinto; vestía un sombrero cónico de paja atado a la barbilla con un lazo, una casaca roja abotonada, una correa que cruzaba el pecho y en la que descansaba un sable, anchos pantalones negros y botas ligeras de color cenizo. El guardia medía lo que un ratón, y las pequeñas lo miraron divertidas.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.22

El barrilete remonta hacia el castillo

 Las niñas, pasado un rato de búsqueda por la aldea, encontraron a su Vivi en casa de Peritas. Lo vieron menos cabizbajo, y preguntaron si se le había pasado la tristeza.

 -Un poco. Peritas me habló, y eso me hizo bien. Lo que importa ahora es nuestro viaje al castillo. ¿Están listas?

 Las pequeñas asintieron y con entusiasmo siguieron a Vivi hacia el jardín que daba a la entrada, donde esperaban Peritas y Choco. Ëlen comentó a la Principita:

 -Lástima que Ithïlien no podrá vernos.

 -Sí, pero seguro que se pondrá muy contento cuando le contemos. ¡Dale, vamos, no hay que perder tiempo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.21

 La tristeza de Vivi

 Los niños llegaron a la biblioteca. Como ocurría con todos los sitios en la aldea que eran dedicados a un trabajo en particular, la biblioteca no era más que la casa común de un mago negro que poseía lo que sus congéneres no; en este caso, una repisa repleta con libros y pergaminos. Vivi sujetó la aldaba y dio dos golpes a la puerta. El dueño de casa les dio la bienvenida y los invitó a pasar; los niños lo siguieron, tomando cuidado de no derribar con las rodillas las pilas de libros desparramados por la casa. El mago, que encendía el candelabro del techo con un toque de su báculo, dijo que estaba limpiando la repisa, cuyos estantes abarcaban una pared, y por eso el desorden. Los niños tomaron algunos libros y armaron un banquito como les pidió el mago, disculpándose porque tenía las sillas ocupadas, y le hablaron sobre la bruja.

 Libritos, que es el apodo que dio Ëlen al 109, después de haber escuchado el relato, propuso a los niños que fueran a lo de la bruja, cosa que, naturalmente, entusiasmó poco a los niños. Libritos dijo que no tenían que temer, que su plan haría que la bruja quisiera escucharlos o, como dio a entender a Vivi con el fogoneo de sus ojos, el maguito habría de comportarse de manera poco amistosa; «la bruja o las niñas, Vivi», concluyó el mago, para extrañeza de las pequeñas, que no comprendieron de qué hablaba.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.16

 De artesanías con el Caballero de la Luna

 Amaneció. Los pájaros albororaban el bosque y Ëlen despertó; la pequeña se cambió las ropas y pronto estuvo arriba. Una pareja de cabecitas negras revoloteaba por el árbol que guarecía a las niñas; la Estrellita los saludó con la mano, y los pajaritos agitaron sus alas y piaron nerviosos por el cascarón translúcido que los repelía y que no los dejaba volar hacia la niña. Ëlen corrió hacia su arpa; sacó unas notas alegres y el cascarón se desvaneció. Los pajaritos se posaron en las manos de la pequeña y cantaron jubilosos; la niña quiso imitar sus trinos, pero entonces los cabecitas negras remontaron hacia una rama. Algo los había asustado.

 -¡Los ahuyentaste! ¡Seguro que pensaron que eras un fantasma y les dio miedo!

 Ëlen miró con encono a su amiga, que estaba a los manotazos con la manta que la tenía envuelta como un saco con calabazas; con voz que se oyó como salida de una catacumba, la Principita preguntó:

 -¡No te entiendo! ¡Mejor ayúdame y quítame la manta!

 La pequeña rompió en risas. Iba a auxiliarla cuando una rama asió la manta; las niñas alzaron las cabezas y con los ojos encendidos por el asombro exclamaron a coro:

 -¡Es el Caballero de la Luna!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.06

El juguete de Cham-Cham 

 Eiko se divertía con los monos;  Ëlen, nientras, daba un paseo por la selva escoltada por el niño salvaje a quien las niñas, naturalmente, habían dado el nombre de Cham-Cham. Cham-Cham había hecho mucha amistad con la Principita, pero su atención y diligencias tenían por especial objeto a Ëlen. La risa de la nena y su cantarina vocecita le evocaban recuerdos remotos, imposibles de recuperar para su memoria, como ser el del cascabeleo de un juguete, que lo ponían feliz. Transcurrió la tarde, la selva fue enrojeciendo y Cham-Cham se encontraba con Ëlen ante un estanque de piedras amontonadas, coloreado por variopintos pececitos. La niña arrojó unas migajas del Pan de los Elfos, y celebró cuando los peces las devoraron a trompicones; Cham-Cham procuró imitar su risa, con simpática y torpe suerte. Entonces tomó a la pequeña de la mano y saltó al agua con ella. Tras unos segundos sumergidos, salieron a una gruta, que olía a esencia de algas; del suelo ambarino, un vaho cosquilleó las rodillas a Ëlen. La pequeña caminó con paso tímido hacia el montículo de ostras que encandecía; de puntas de pie, asomó hacia la vasija con agua en el que halló un barquito de madera. Con los ojos encendidos, tanto por la lumbre como por la alegría, la Extrellita exclamó:

 -¡La esfera! ¡Es la esfera que buscábamos!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.05

       Saga de las Esferas del Dragón

    Cham-Cham

 Una mariposa por allí, una flor por allá, una niña que tarareaba y otra niña que tañía un arpa, ambas escoltadas por sus águilas, se dirigían a una desconocida selva, guiadas por los trazos garabateados en un pergamino, de las tierras cercanas a Gondor. Llegaron a la selva; se sentaron a orillas de un charco, comieron de las frutas que había en el suelo, y se pusieron a parlotear. Ëlen comentó:

 -¡Mira qué pájaro más raro! ¿Cómo hará para no caerse, con el pico tan grande que tiene?

 -Se llama Tucán y es un ave muy seria. Yo una vez me lo encontré y por más que le hablé y le hablé, no me respondió:

 -¡Tucán! Tu-cán! Tu-cán!

 La Estrellita —apodo que de aquí en más usaremos con Ëlen, como para aligerar las palabras afines a “niña”—, animada por lo sonoro del nombre del ave, se puso a cantar. Eiko protestó:

 -¿Por qué haces eso? ¡Después me duelen las orejas!

 Ëlen se detuvo. Observó hacia los árboles y llevó las manos hacia las orejas; entonces preguntó a la Principita, que reía de ella porque la veía como un koala.

 -¿No te parece que suena como «Cham-Cham»?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.04. Parte 1

 Era una tardecita de primavera, a los pies de un jacarandá. La Principita estaba a los saltos y dando golpes a un hornero con una ramita, deseosa que los pajaritos asomen. La niña al rato se cansó, y trepó por el árbol. Cuando lo tuvo al alcance, introdujo su manito en el nido; un picotazo le enseñó que no debía hurgar en lo ajeno y entre gimoteos la pequeña regresó al suelo, se sacudió los pedacitos de corteza de las manos y luego de un poco de indecisión, las tomó con Isil. Como la gatita quería un momento para de calma, huyó hacia el bosque. La Principita la perdió de vista. La llamó por aquí, la llamó por allá; una vez en la espesura, la pequeña decidió que la búsqueda de su gatita era trabajo para una heroína que lucha por el bien, para la Soldadito de Ithil.

Isil se perdió en el bosque

 La Principita se internó en el bosque. Vio a una ardilla en un ombú que merendaba una nuez. Eiko preguntó:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.03. Parte 2

 Lloviznaba a pétalos rosas. El Caballero de la Luna caminaba sobre un empedrado en dirección al crepúsculo; dormida a la espalda, llevaba a la Soldadito de la Luna. La niña despertó; los ojos le rebosaron con la garúa de flores, que le eran desconocidas. Iba a dar un grito, pero se dio cuenta que la cargaban, y exclamó:

 -¿Ithïlien?

 El Caballero respondió:

 -No, pequeña dama. Soy el caballero de la Luna, como has dado en llamarme. Un bello apodo. Gracias.

 La niña, con los recuerdos recientes que finalmente la turbaron, con voz trémula preguntó:

 -¿Dónde está Ithïlien? Tengo miedo.

 El enmascarado entendió que el pánico merodeaba a la pequeña y se dirigió hacia el árbol que tenía más próximo; recostó a la niña contra el tronco, se reclinó y con la mano enguantada le acarició el rostro implorante y llovido. Llevó los dedos hacia la oreja de la niña, y con una sonrisa le enseñó una moneda. La pequeña rió entre sollozos. El caballero dijo:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.01

La Soldadito de Ithil

 En una tardecita de primavera, en las cercanías de un bullicioso y colorido bosque, la Principita Eiko corría una mariposa. La mariposa de pronto se detuvo, y la niña del porrazo por poco que aplasta a la lagartija que merendaba entre unas ramitas secas. «La mariposa está asustada», interpretó la pequeña mientras miraba con alguna aprensión al animalito que se escurría bajo sus narices. La mariposa retomó su camino, y Eiko, con su inseparable amiga, un águila que se llamaba Härï y que escoltaba desde cierta altura a la niña sin que ésta lo supiera, continuó con su juego, uno de los que más la divertía, y que, por supuesto, se trataba de perseguir mariposas.

 Cuando llegaban al bosque, Eiko perdió de vista a la mariposa; con algún esfuerzo trepó por un árbol rechoncho para ver si podía dar con la mariposa, y lo que encontró a unos metros casi que le arrancó un llanto: un lobo que asaba un conejo y una flor hermosísima, nada menos que un retoño de las niphredil que asomaron en la Tierra Media con el nacimiento de la hija de Melian, que había sido puesta en una maceta entre gusanos y que languidecía por el humo de las brasas. La pequeña deseó haber venido con Ithïliendil y Lin Rochallor, que ellos habrían dado su merecido al malvado lobo; pero el elfo, que se hacía llamar «el elfo sindar errante», y el corcel, que era sabio y de copiosas crines, se encontraban en los bosques de Lothlórien, así que la niña no tenía más ayuda que su águila, que había bajado en cuanto vio que su amiga estaba por meterse en embrollos, cosa que sucedía siempre que a la Principita se le daba por correr mariposas.

 Pasado un rato de indecisión y sufrimiento, la niña se alejó hacia el arroyo que Härï con insistencia le indicaba, y se sentó a la orilla, encima de un tronco enmarañado  de maleza. La Principita miró hacia el agua que iba salpicando las estrellas y se quejó por la ausencia de Ithïliendil. Tomó una piedra, y la arrojó con enojo. Vio a la luna sonrosada en el agua y pensó que Ithïliendil estaría con el violín, como tonto regalándole una canción, y esto la enfureció todavía más. La Principita entonces advirtió en el lago una estrella fugaz, y recordó:

 -Te la regalo si no me dices más que canto como un búho triste.

 -¡No sé! ¿Qué es?

 -Es una tiara.

 -¡Una tiara! ¿Y para qué sirve? ¿No me estarás diciendo mentiras? ¿Qué es una tiara?

 -¡Yo no digo mentiras! Es una tiara lunar. ¿Lo ves? Es como la luna.

 -Es verdad, se parece a Ithil cuando está contenta. ¿Qué hace? ¿Te vuelve igual de linda? A mí no me hace falta, porque me dijeron que soy una nena muy hermosa.

 -¡No es para que te veas más linda! Una tiara es una cosa que usan las princesas para verse más lindas. Lúthien, me contó Melian, usaba una y se veía muy hermosa. Pero esta se usa para…

 La Principita sacó la tiara de su mochila. Se quedó mirando la gema que la adornaba, maravillada de cómo refulgía en plata y rosa, tanto que pestañeó incómoda, y luego sujetó la tiara en su frente, y se puso de cuclillas y se miró en el arroyo; puso unas caras divertidas y se levantó satisfecha y contenta. Pensó entonces en el lobo. Recordó las palabras que le había enseñado Ëlen, y probó a decir:

 -¡Tiara de Ithil! ¡Transfórmame en la Soldadito de Ithil!

 La niphredil estaba marchitando rápidamente; las mariposas que se habían acercado para brindarle compañía, desorientadas por el humo, caían duras como hojas secas. El lobo jugueteaba con otro conejo; la luna, que asomaba entre los árboles, lo iluminó con el animalito en los colmillos. El animal aulló y con los ojos sangrientos deseó que la intrusa bajase en la forma de un cervatillo. El aire le trajo la fragancia de las violetas, y el lobo dejó al conejo, que huyó cojeando, y levantó la cabeza hacia un árbol; una sombra, de pequeña altura, lo acusaba con voz que lo irritó de buena manera.

 -Los conejos son mis amigos y me gusta jugar con las mariposas y también recoger flores y ponerlas en una taza. No puedo soportar que los hayas lastimado. ¡Soy la Soldadito de Ithil, y te castigaré en el nombre de la Luna!

 El lobo se pasó la lengua por los dientes: «es una niña». La nena llevaba una tiara que relumbraba como la misma luna y un antifaz plateado; vestía de blanco, con un moño violeta en el pecho y una falda del mismo color, que zarandeaba el viento. «Esta delicia no es comida de todos los días». El lobo pensó en los cuentos que se narraba sobre su especie, y se contentó porque iba a honrar a sus hermanos con la mocosa a las brasas; dio un largo y terrible aullido y saltó. La niña gritó y agachó la cabeza; pero la tiara le quemaba la frente y tuvo que quitársela; entonces, como en sueños, arrojó la tiara diciendo:

 -¡Tiara de Ithil! ¡Castiga al lobo malvado!

 La tiara dio en la cabeza del lobo, que huyó dando aullidos y con la frente toda chamuscada. La niña, después de unos segundos de desconcierto, festejó a los gritos y saltos. Entonces recibió la gratitud del bosque, comió fresas y frutillas, y con la ayuda de Härï extrajo a la niphredil de la maceta a la que la habían aprisionado, y la plantaron bajo un árbol, donde se levantaba un panal; las abejas no dejarían que nadie quisiera lastimar a la última de niphredil. La Principita, con la promesa de venir a visitarla, se marchó tarareando una cancioncilla.

 La Principita estaba de pie sobre el saliente de una colina; miraba la luna con una gatita en el regazo, blanca y algo rosada, de ojos violetas y con una media luna dibujada en su frente, y habló con alegría:

 -Ëlen, ¡es lindo ser una Soldadito de Ithil! ¡Pero no me dijiste que Härï se iba a convertir en un gato! Cuando me quite la tiara, espero que vuelva a ser un águila. Igual, es una gatita muy linda, ¡y que habla! Se va a llamar Isil. ¡Qué contento se va a poner Ithïliendil cuando le cuente que soy como una heroína de cuentos, como Lúthien! Aunque lo voy a pensar. No sea cosa que si le cuento le de envidia y me prohíba jugar a la Soldadito de la Luna.

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eiko-final fantasy ix

Eiko: la niña del videojuego Final Fantasy IX. Tiene seis años, igual que la otra niña que se menciona, Ëlen.

 •Ithil: en la lengua sindarín que creó Tolkien, “luna”. Isil significa lo mismo, pero en quenya. La historia ocurre en una versión de “fantasía” de la Tierra Media de Tolkien.

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