Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 68

El melocotón

 Pasada las risas con la ranita que había devorado la polilla que rondaba la farola, Eiko, a pedido de Silky, dejó que la rana regresara a los lirios con sus hermanas, y se dispusieron a seguir navegando. La niebla se había disipado, el sol se derramaba radiante en el agua. La Principita sopló la farola, no sin haber protestado lo suyo hasta que Silky le dijo que cuando oscureciera podría volver a jugar con ella, y la dejó apagada a un costado. Silky entonces dio una larga y pesada palada y echó a andar el bote.

 Dejados atrás los lirios de agua, con el bullicio de las ranas que las acompañaron un largo tramo, las niñas vieron un árbol de flores rosas sobre una lomita que asomaba del río, a un costado de la montaña derecha. Eiko observó que el árbol no era un cerezo, o que al menos no se parecía a los que había visto en el castillo. Silky, sin dejar de darle al remo, dijo:

 -Eiko, pararemos bajo el melocotón. ¿Tienes hambre?

 -¿Melocotón? ¿Qué es eso?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 67

De paseo en bote

 Las niñas subieron al bote. Eiko, arropada como Silky, con el sombrero cónico y capa andrajosa que le había puesto la niña, exultaba con Mogu en brazos. La pequeña se sentó a un metro de su amiga, que se había parado en la popa del bote y abrazaba un largo remo. Silky habló hacia la cabaña:

-Puedes salir, Hahakigami. Nos vamos.

 Eiko y Mogu miraron sorprendidas. Silky no les había dicho que había alguien más en la cabaña a parte de las sandalias que dieron un buen susto a la Principita. Y lo que apareció no resultó para la pequeña menos inquietante que aquellos espantos. Una escoba de paja que andaba, con ojos de aspecto desquiciado y una boca con los dientes que le colgaban flojos y de la que salía una lengua como de lagartija. La escoba farfullaba inteligible y quejumbrosa, como una bruja cascarrabias imaginó la chiquilla. Eiko se echó hacia atrás y dio contra las rodillas de Silky, con Mogu que cruzada de brazos y con talante desafiante se había plantado graciosa entre la escoba y su amiga. Silky, divertida, dijo:

-Ja, no temas. Es otro Tsukomigami. Pero no salió para correrte a los escobazos. Las escobas no hacen bromas como los Bakezori. Le he pedido que barra el suelo para que ningún guardia pueda saber que anduvo por aquí una cría de olifante dejando sus torpes pisadas, je.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 66

El Tsukumogami

 Terminado el recreo con los pastelitos daifuku, las niñas retomaron la marcha. Dejado atrás el campo de lilas y hortensias, dieron con una formación de montañas de media altura en cuyas cumbres se erguían, apartados y solitarios, unos cerezos. Entre las laderas, serpenteaba un río de aguas pardas sobre el que ascendía una cerrada niebla. Las niñas se tumbaron entre los pastos, estaban en terreno elevado, y echaron a mirar con el catalejo. Al cabo de un rato, Silky, convencida de que la pedregosa ribera, cubierta por multitud de margaritas, estaba despejada, se levantó y dijo:

 -Iremos hacia esa cabaña…

 La niña señaló la cabaña para pesca hecha a base de paja y barro que adelantaba a las montañas y de la que asomaba un muelle con un estrecho y alargado bote amarrado.

 -O mejor dicho, tú irás, enana.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 60

El plan de Silky

 Silky, a unos pasos del cerezo y con Eiko que exultaba a su grupa, gritó a la pequeña que recostara fuerte la cabeza contra su hombro y que cerrara los ojos. La niña obedeció, ya algo inquieta ante el árbol que se erguía imponente y con Silky que corría rápido hacia el. De pronto, sintió como si la tiraran violentamente del cuello; dio un grito por el susto. Pero entonces sintió denso el aroma a cerezo, tanto que le cosquilleó la nariz y le hizo dar un estornudo. Habían dejado de correr. Silky dijo:

 -Puedes abrir los ojos. No temas.

 La Principita se sorprendió arriba del cerezo, con Silky agachada sobre una rama como una monita y asida a otra con la diestra. Con maravilla, acarició el ramillete de flores que tenía a la mano y preguntó:

 -¿Cómo trepamos al árbol?

 -Pues, corriendo por el tronco.

 -¿En serio?

 -Ja, te lo he dicho, “soy el Kitsune”. ¡Soy una niña con muchas habilidades! Pero por más magnífica que sea, no puedo cargar contigo todo el día. Vamos, enana, quítate.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 59

Eiko y Mogu

 Eiko miraba al peluche con maravilla y felicidad. ¡Mogu había cobrado vida! Mogu, con los brazos cruzados, las alitas de murciélago que se batían incansables y el pompón de la cabeza que botaba a su aire, miraba desafiante a Silky, como si a su espalda se levantara la poderosa sombra de una bestia mítica. Silky, que por su parte no estaba viendo en Mogu más que a su peluche amado, se quitó la máscara, a la que dejó caer a la hierba, y con la voz entrecortada por la emoción dijo:

 -Mogu… ¿Cómo puede ser? Jamás te animé con mi poder. Siempre quise que permanecieras como cuando llegamos de…

 La niña miró a Eiko y cortó apenada la frase. Entonces, con ansiedad,  preguntó:

 -Soy Silky… ¿Puedes reconocerme?

 Con dulce vocecita, clara y alegre como la de una niñita, Mogu, para felicidad de la niña y el asombro y la gracia de Eiko, respondió:

 -¡Hola, kupo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 58

La Niña Zorro

 Silky miraba divertida a Eiko. Estaba satisfecha por verla asustada con su teatral aparición, si bien no la complacía el que haya sido su rostro descubierto y no la máscara del Kitsune lo que puso blanca a la niña. Pero como esta no conocía las historias de la terrible Niña Zorro, comprendió que no podría haber sido de otro modo, pues la máscara le otorgaba una apariencia de hada, algo maligna, pero de hada al fin, y sabía que causaría embeleso a la chiquilla. Entonces observó que la niña estaba abrazada a un pequeño peluche. El rostro se le iluminó fugazmente. ¡Era Mogu! Pero, una sombra de celos veló su felicidad. ¿Por qué tenía a Mogu?  

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