Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.29

Canarito enjaulado

 La muñeca, con los ojos anegados de un azul que enceguecía y su canturreo de niña en pena, asustó lo suyo a Eiko y a Ëlen. Vivi, con la diestra extendida, concluyó el sortilegio; desapareció el pergamino de su mano, y entre chisporroteos emergió una puerta oval inacabada que poco a poco fue encerrando a los niños. El mago dijo, con tono perentorio:

 -¡Eiko, Ëlen! ¡Nos vamos! Esa muñeca es muy peligrosa. En ella reside, y en sus dos hermanas, buena parte de la magia de Silky; de hecho, Silky no puede usar magia; toda su magia está dispersa en los muñecos del castillo, incluso en los magos negros, y en mí. ¡Agárrense fuerte al cinto de mi pantalón, con todas sus fuerzas! Cuando el portal se complete, estaremos lejos. Espero que fuera del castillo.

 Las nenas obedecieron mudas y temblorosas a su amigo. Silky comprendió lo que tramaba el mago y gritó al Espantapájaros:

 -¿Qué haces? Ese mago está usando un portal. ¡Detenlo!

 El Espantapájaros, acuciado como no lo había estado hasta entonces, porque Ëlen se le escapaba de las manos, ordenó a la muñeca:

 -Deja esos canturreos; trae a la niña de trenzas con nosotros.

 La muñeca, que era de tamaño mediano, de unos cincuenta centímetros, y tenía la apariencia de una chiquilla de cuatro años y un nombre de una lejana y compleja lengua que podía ser traducido como Luciérnaga en el jarro de las campanillas blancas, echó a correr, siempre en el aire, hacia el glifo; lo atravesó fácilmente y tomó de la mano a Ëlen, que procuró zafarse dando chillidos y pataleos. El portal, en una maraña de rayos, se cerró; Ëlen había quedado a medio camino, tironeada de un brazo por Vivi, del otro por la muñeca; al cabo de unos segundos, la muñeca se impuso y Ëlen cayó de bruces a los pies de Silky, con el arpa que rodó hacia un rincón. El portal se redujo a un hoyo; Eiko y Vivi habían desaparecido; de la brecha que permanecía, asomó la punta incendiaria del báculo, y se escuchó trémulo al mago que alcanzaba a decir:

 -¡Espantapájaros, eras tú! ¡Malvado! ¿Qué has hecho con Silky? ¡No dejaré que hagas lo mismo con Ëlen!

 Vivi disparó con el báculo una colérica voluta de fuego, y el portal cerró. El Espantapájaros interpuso desesperado e inútil el muñeco de ent; el brazo se le consumía. El muñeco buscó la clemencia de su ama; ésta, cegada por el odio, se la negó. El Espantapájaros entonces llevó la mano que le quedaba bajo su chaqueta; asomaron los pétalos de una flor. La niña se resignó a la detestada amapola azul; debía salvarlo, no podía obrar de otro modo, pues la flor, aun con el Espantapájaros destruído, dejada callada y macabra en su habitación la habría de atormentar por siempre, como si fuera el mismo Espantapájaros clavado de un palo al pie de su cama —no pudo pensar que un muñeco cualquiera, en cumplimiento de los Mandatos, hubiese destruido la flor—. La niña, con lágrimas y palabras casi inaudibles, dio permiso a la muñeca para que extinguiera las llamas. Luego, rompió en llantos y salió corriendo de allí.

 Ëlen, por su parte, había logrado escabullirse hacia debajo de la cama. La nena, como cualquier niño en ese refugio, lloriqueaba abrazada a las rodillas, esperando que no la descubrieran.

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 Ëlen dormía en el dosel de Silky. Las muñecas cuidaban de ella; le daban caricias en los cabellos, la impregnaban con fragancias de melocotón y frutillas y le cantaban, como les encargó el Espantapájaros, para que tuviera lindos sueños. La nena era su muñeca y esto las tenía felices. El Espantapájaros, definitivamente manco, con una porción de la cara perdida, en otro sitio de la casa daba un brebaje a un mago negro; este debía llevarlo a su ama. Luego, ordenó a otro mago negro una batida, por si los intrusos estaban en la casa; entonces se quedó a solas, sentado torvo y a oscuras en el suelo.

 El mago cerró la puerta de su ama y se puso a un costado; aguardaba a que la pócima hiciera efecto. Pasado un rato, se marchó; Silky había dejado de llorar y dormía, abrazada a un osito de peluche. La niña, una hora después, se levantó; tomó el frasco que había dejado casi lleno en la mesa de luz, abrió la ventana y lo arrojó. Oyó grillos, sapos, el grito de un mono, a unos pájaros que se llamaban; cerró los ojos, aspiró con ganas el aire que rebosaba a olores que conocía. Luego se sentó en la cama; tomó el medallón de su cuello y lo dio vuelta; el medallón tenía adosada, oculta, una medalla de plata unida a una cinta por medio de un anillo. La quitó y guardó el medallón, después de que lo besara y le murmurara unas palabras. La niña fue hacia la ventana; ante sí, tenía el inabarcable bosque. Pensó en el Espantapájaros y dijo: «no podrá iniciar el rito de transferencia sin mí; mientras yo no esté a su alcance, la nena por un tiempo estará bien». Miró entonces la medalla, al cachorro de zorro labrado en ella; hubo recuerdos no lejanos, pero contuvo las lágrimas. Esa medalla —y la niña se sintió orgullosa de este pensamiento— no admitía las lágrimas.

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