Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 60

El plan de Silky

 Silky, a unos pasos del cerezo y con Eiko que exultaba a su grupa, gritó a la pequeña que recostara fuerte la cabeza contra su hombro y que cerrara los ojos. La niña obedeció, ya algo inquieta ante el árbol que se erguía imponente y con Silky que corría rápido hacia el. De pronto, sintió como si la tiraran violentamente del cuello; dio un grito por el susto. Pero entonces sintió denso el aroma a cerezo, tanto que le cosquilleó la nariz y le hizo dar un estornudo. Habían dejado de correr. Silky dijo:

 -Puedes abrir los ojos. No temas.

 La Principita se sorprendió arriba del cerezo, con Silky agachada sobre una rama como una monita y asida a otra con la diestra. Con maravilla, acarició el ramillete de flores que tenía a la mano y preguntó:

 -¿Cómo trepamos al árbol?

 -Pues, corriendo por el tronco.

 -¿En serio?

 -Ja, te lo he dicho, “soy el Kitsune”. ¡Soy una niña con muchas habilidades! Pero por más magnífica que sea, no puedo cargar contigo todo el día. Vamos, enana, quítate.

 La Principita tragó saliva. Oteó hacia abajo asomando del hombro de Silky. De entre la maraña de flores pudo observar que estaban a bastante altura.

 -¡Me da miedo!

 -Vamos, no dejaré que caigas. Agárrate a esta rama como yo y baja despacio. Hazlo. Eso es. ¡Oh, no, la espada!

 La pequeña descuidó la espadita de bambú, que fue a dar al suelo. Silky continuó:

 -Bueno, ya iré por ella. Pisa fuerte. Ahora, rápido, no te quedes parada, siéntate.

 La Principita, pues, se sentó en la rama como le indicó Silky, con la espalda contra el tronco. Entonces, con las piernas bailoteando, y después de recorrer con la vista la multitud de flores que tenía ante sí y de buscar, sin suerte, al pajarito que estaba trinando en el árbol, gritó divertida:

 -¡Mei Ling, Mogu! ¿A que no nos ven?

 La abeja y la moguri volaban hacia las niñas. Ciertamente, apenas podían verlas, y esto que sabían que se encontraban allí. Llegaron al árbol. Mogu dejó colgada la mochila a una rama y saltó al regazo de Eiko para escabullirse dentro de la chaqueta y quedarse asomada tal su costumbre. La pequeña la acarició y le contó, con entusiasmo, de cómo trepó con Silky corriendo por el árbol. Silky meneó la cabeza. No le gustaba la ternura que le había nacido hacia la Principita. Le acomodó la bandana, que la tenía casi en los ojos, y entonces habló a Mei Ling, que revoloteaba jovial entre ellas.

 -¿Me acompañas? Bajaré para limpiar las huellas. Los guardias son muy cabezotas, pero por las dudas.

 -De acuerdo. Principita, no te muevas de donde estás. Mogu, por favor, cuida de ella.

 -Entendido, kupo.

 Mei Ling se incrustó a la oreja de Silky y la niña con una graciosa pirueta bajó del árbol. Tomó luego la espada de bambú y corrió hacia el empedrado. Eiko exclamó:

 -Mogu, ¡cuando sea grande quiero ser como Silky!

 Mientras Eiko y Mogu parloteaban, Silky se dedicó a la faena de remover las huellas que habían dejado. Casi todas eran de Eiko. Las que no, solo podrían haber sido descubiertas por un montaraz experto. Había en los movimientos de Silky una sutileza que recordaba a los elfos, pero también, y sobre todo, la pericia para pasar anónima adquirida con las lecciones del Bonta durante los días de supervivencia en el bosque. Mei Ling comentó:

 -El Bonta estará orgulloso de ti, Brujita. ¿Quieres hablar con él?

 La niña asintió. Dio un vistazo a los alrededores y fue hacia el cerezo que tenía a un costado del camino, el mismo donde había peleado con la Principita por Mogu y donde más se apiñaban los rododendros. Se recostó de espaldas contra el tronco e hincó una rodilla al suelo; el codo opuesto descansaba en la otra rodilla. Llevó la mano al pecho y extrajo la medalla dedicada a Vána que traía colgada del cuello; la puso del reverso y se quedó mirando la medallita oculta pegada a ella y que tenía de efigie la cara de un zorro, de un cachorro de zorro. El Bonta se la había dado como reconocimiento por lo aprendido en el bosque cuando pequeña. Los ojos se le inundaron de lágrimas cuando oyó:

 -¿Cómo va todo, mocosa?

 La niña no respondió. Por más que se esforzó, no pudo contener el llanto. Por fin, entre sollozos, dijo:

 -Estuve tan cerca, Bonta. Tan cerca…

 El Bonta permaneció en silencio. Transcurridos unos segundos, comentó:

 -Vivi se encargó del Espantapájaros, lo expuso al terror con su fuego como lo planeaste. No pudo destruirlo, pero hizo que bajara la guardia, ¿verdad? Ahora estás fuera de la casa, Mei Ling y yo pudimos intervenir. Con tu decisión y valor has echado a rodar las cosas. No tienes qué reprocharte, pequeña.

 La niña sonrió y mientras se restregaba las lágrimas con el puño en los ojos, dijo:

 -Sí. Pero…

 -¿Qué?

 -Estoy triste por Vivi. No debí haberlo expuesto a la maldad del Espantapájaros ni llevado a que quisiera destruirlo. Es un maguito negro con un corazón muy noble.

 El Bonta se permitió una sonrisa de afecto hacia Vivi. Los ojos del mago titilaban. ¡Tenía corazón! ¡Su propia creadora lo dijo! Estaba feliz. Ya no se sintió un trasto desechable. Deseó mucho hablar con la niña, pero, para su pesar, vio que la timidez no se le había quitado, así que se permaneció con la cabeza gacha y esperó a que ella lo hiciera. El peluche comentó:

 -No sabes lo que el mago necesitaba esas palabras… Ya te dejaré hablar con él. Pero antes dime, rapaz, ¿por qué diablos te metes en mi camino? ¿Qué quieres con la mocosa?

 Silky rió divertida. Hacía mucho que no recibía un regaño del Bonta.

 -Ja, ¿qué más?

 -¿Qué? Rayos, no vengas con adivinanzas.

 -Llevarla conmigo. La llevaré a la Casa de las Muñecas y haré que pueda entrar para que rescate a Ëlen. Porfa, Bonta, ¿nos dejas?


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