Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 59

Eiko y Mogu

 Eiko miraba al peluche con maravilla y felicidad. ¡Mogu había cobrado vida! Mogu, con los brazos cruzados, las alitas de murciélago que se batían incansables y el pompón de la cabeza que botaba a su aire, miraba desafiante a Silky, como si a su espalda se levantara la poderosa sombra de una bestia mítica. Silky, que por su parte no estaba viendo en Mogu más que a su peluche amado, se quitó la máscara, a la que dejó caer a la hierba, y con la voz entrecortada por la emoción dijo:

 -Mogu… ¿Cómo puede ser? Jamás te animé con mi poder. Siempre quise que permanecieras como cuando llegamos de…

 La niña miró a Eiko y cortó apenada la frase. Entonces, con ansiedad,  preguntó:

 -Soy Silky… ¿Puedes reconocerme?

 Con dulce vocecita, clara y alegre como la de una niñita, Mogu, para felicidad de la niña y el asombro y la gracia de Eiko, respondió:

 -¡Hola, kupo!

 La niña, con un grito atravesado por el llanto, se arrojó hacia Mogu, y la estrechó toda contra sí. Lloró desbordada sobre ella, con la mejilla amorosamente en la cabecita de la moguri, quien también lloraba. Mei Ling había regresado con Eiko y compartía conmovida la escena. La pequeña, por su parte, las miraba celosa. La abeja sonrió con ternura y comentó:

 -Ya regresará contigo, Principita. No temas.

 Eiko se paró con los brazos en jarras. Entonces, señalando a Mogu, preguntó:

 -¿Qué le pasó a Mogu? ¿Ahora es un peluche que habla y anda como el Bonta?

 -No exactamente, preciosa. Ya verás. Silky, ¿podemos hablar?

 La niña se despegó de Mogu y la sostuvo celosamente contra el pecho, como a un conejito. Todavía dominada por el llanto, preguntó:

  -¿Fue Ammy?

 La Principita, con la inocencia de su edad, que llevó a que hiciera rápidamente a un lado el mal momento pasado con Silky, al oír ese nombre ya tan querido, con vivo interés preguntó:

  -¿Conoces a Ammy?

 La niña la miró con encono. No le gustó que la pequeña se tomara tanta confianza. Pero se recordó a sí misma con seis años, más por habladurías del Bonta que por impresiones propias, y se esforzó por ser cordial:

 -Claro… Somos amigas desde hace mucho. Para que sepas…

 -¡Silky, no pelees a la Principita!

 -Principita la llamas…

 La abeja, que sonrió por los celos que arremolinaron en el rostro de Silky, dijo:

 -Es el apodo con el que la conocí. ¿No es así, Eiko?

 -Sí. ¡Ithïliendil me llama Principita!

 -¿Ithïliendil?

 Mei Ling se adelantó:

-Un elfo que cuida de la niña. También de Ëlen, a quién desde luego recordarás…

 -¡Y a Ëlen la llama Estrellita!

 Silky exclamó:

 -Ja, solo un elfo sindar que lleva el nombre de la luna pondría tales apodos… ¡Oh, espera! El niño que halló Melian cuando partía de Doriath… Ya veo. Bueno, Mei Ling, ¿nos cuentas que ha pasado con Mogu? Mogu, ¿qué dices?

 -¡Que cuente ya, kupo!

 Mei Ling, jocosa, preguntó:

 -Mogu, antes que nada, cada frase que usas la terminas con “kupo”, ¿verdad?

 -Así es, kupo. Es una costumbre moguri, kupo.

 La abeja rompió en carcajadas. El Bonta estaba echando pestes. No tendría paciencia para un “kupo” más.

 Mei Ling, pues, contó a Silky de lo ocurrido en la tierra de Ammy. Entonces…

 -Ammy te quiso dar un regalo, Principita. Cuando aquí les diera el sol, Mogu despertaría. Pero no como lo hacen los peluches y las muñecas del castillo con el poder de Silky. Mogu, para que comprendas, ahora es como un osito de verdad, no un peluche…

 -Los moguris no somos ositos, kupo. Somos moguris, kupo.

 -Jo, jo. Está bien, está bien. Solo fue un decir.

 Mogu miró con significativa dulzura a Silky. Viendo el dolor y pena en los ojos de la niña, Mei Ling dijo:

 -Ahora su lugar es con Eiko, pequeña. Deja que Mogu vaya con ella.

 La niña asintió quedamente. Dio un beso a la frente de Mogu y dejó que volara de sus manos hacia Eiko, que la recibió dichosa. La pequeña la cubrió de mimos, arrobada por el calorcito que manaba del suave pelaje de la moguri. Silky no pudo evitar sentir envidia por la niña. Ella a su edad había sido muy feliz. Mei Ling entonces revoloteó hacia Silky y se incrustó a su oreja como un pendiente, como hacía tanto tiempo no hacía. La abeja dijo:

 -Te eché de menos, Brujita. También el Bonta.

 -Yo también, amiga. ¿Cómo está?

 -¿Cómo crees, jo?

 -Ja, por supuesto, ¡gritando palabrotas para que le digas ya qué pasa!

 -¡Oh, míralas!

 -¡Qué lindas!

 -También escondías a Mogu entre la chaqueta, ¿recuerdas?

 -Sí. ¡Y también dejaba que asome la cabecita para que lo mirara todo! ¡Oh, quisiera tener su edad!

 La abeja, turbada, advirtió con firmeza:

 -Cuidado, pequeña. Es lo que pretende el Espantapájaros… Ya viviste tus seis años. Tienes mucho para descubrir y disfrutar con once.

 -Cierto. ¡A los seis no podría haber andado por los árboles como el Kitsune ni usar con soltura la espada de bambú! Era tan torpe como ella, aunque no tan cabezota.

 -Jo, jo. Bueno, va siendo hora de charlar en serio, ¿no?

 -De acuerdo. Pero tenemos que ponernos a cubierto. Pronto habrá guardias del Batallón Pluto. Los he visto venir hacia aquí.

 Silky dio un vistazo a los árboles. Se demoró en los cerezos más alejados del camino y dijo:

 -Treparemos a ese. ¡Oye, enana! Ven aquí.

 La Principita miró con recelo a la niña. Todavía no confiaba en ella. Y no le gustó que la llamara enana. Mogu exclamó:

  -¡Vamos, kupo!

 La Principita, animada por Mogu, fue con Silky. A sus pies estaba la máscara del Kitsune. La levantó y la miró largamente. Tuvo ganas de probársela, pero se aguantó y la tendió con una amplia sonrisa.

 -Toma. Se te cayó.

 La niña la miró suspicaz y dijo:

 -Gracias…

 Mei Ling entonces voló de la oreja de Silky y explicó a Eiko:

 -Principita, iremos a aquel cerezo. Trae la mochila, que Silky te cargará y treparán por el árbol.

 El rostro de la pequeña se iluminó. Miró a Silky con una sonrisa radiante de admiración, que llenó de afecto a la niña, tanto que la incomodó. Conocía la reacción de la pequeña por Luciérnaga, Lluvia y Mariposa, cuando la miraban boquiabiertas cuando jugaba a la Cazadora de Cartas. Pero con Eiko se sintió diferente. No pudo explicárselo. Mei Ling, a quien nada escapaba, encantada, sí. La Principita se ponía en camino cuando Mogu dijo:

 -Aguarda, kupo. Yo iré por la mochila. Con menos peso será más fácil para Silky, kupo.

 Mogu fue por la mochila, volando torpe como un polluelo. Las niñas y Mei Ling estaban embelesadas. Silky entonces se colocó la máscara y la dejó de costado, por encima de la sien, cosa que extrañó a la Principita.

 -¡Te pusiste mal la máscara! ¿Quieres que te la acomode?

 Con desdén, la niña comentó:

 -Ja, es que no sabes nada del Kitsune…

 La niña, sin decir más, tomó tomó la espadita de bambú del suelo y la arrojó a Eiko, que la recibió con entusiasmo.

 -Ni lo sueñes. No te la presto. La llevarás hasta que estemos en el árbol. Ahora sube.

 La niña volteó y se hincó de rodillas. Eiko, después de dudarlo un poco y con alguna timidez, rodeó el cuello de Silky con los brazos y se acomodó a su espalda. Río bajito mientras la niña se erguía lentamente y la aseguraba bajo las rodillas con las manos. La pequeña asomó sobre el cuello de Silky, del lado contrario al de la máscara. El perfume de sus cabellos era dulcísimo, olía a jazmín y vainilla. Se sintió feliz. Silky, con regocijo y emoción que no le fue posible disimular, exclamó:

 -¿Lista, Principita? ¡No te sueltes! ¡Vamos!

 Con ligereza y gracia, con la punta de los pies pisando apenas la hierba, Silky echó a correr hacia los cerezos, con Eiko que reía a su espalda. Mei Ling, con los ojos que le brillaban, murmuró:

 -Dejaste tu peluche favorito, pero a cambio, hallaste una hermanita…

Ep Sig:

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