Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 60

El plan de Silky

 Silky, a unos pasos del cerezo y con Eiko que exultaba a su grupa, gritó a la pequeña que recostara fuerte la cabeza contra su hombro y que cerrara los ojos. La niña obedeció, ya algo inquieta ante el árbol que se erguía imponente y con Silky que corría rápido hacia el. De pronto, sintió como si la tiraran violentamente del cuello; dio un grito por el susto. Pero entonces sintió denso el aroma a cerezo, tanto que le cosquilleó la nariz y le hizo dar un estornudo. Habían dejado de correr. Silky dijo:

 -Puedes abrir los ojos. No temas.

 La Principita se sorprendió arriba del cerezo, con Silky agachada sobre una rama como una monita y asida a otra con la diestra. Con maravilla, acarició el ramillete de flores que tenía a la mano y preguntó:

 -¿Cómo trepamos al árbol?

 -Pues, corriendo por el tronco.

 -¿En serio?

 -Ja, te lo he dicho, “soy el Kitsune”. ¡Soy una niña con muchas habilidades! Pero por más magnífica que sea, no puedo cargar contigo todo el día. Vamos, enana, quítate.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 59

Eiko y Mogu

 Eiko miraba al peluche con maravilla y felicidad. ¡Mogu había cobrado vida! Mogu, con los brazos cruzados, las alitas de murciélago que se batían incansables y el pompón de la cabeza que botaba a su aire, miraba desafiante a Silky, como si a su espalda se levantara la poderosa sombra de una bestia mítica. Silky, que por su parte no estaba viendo en Mogu más que a su peluche amado, se quitó la máscara, a la que dejó caer a la hierba, y con la voz entrecortada por la emoción dijo:

 -Mogu… ¿Cómo puede ser? Jamás te animé con mi poder. Siempre quise que permanecieras como cuando llegamos de…

 La niña miró a Eiko y cortó apenada la frase. Entonces, con ansiedad,  preguntó:

 -Soy Silky… ¿Puedes reconocerme?

 Con dulce vocecita, clara y alegre como la de una niñita, Mogu, para felicidad de la niña y el asombro y la gracia de Eiko, respondió:

 -¡Hola, kupo!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 25

La muñecas y el mago negro

 La bruja, sentada ante el clavicordio, ensayaba la partitura que el espantapájaros de sombrero de ala ancha y parado a un lado del mueble le enseñaba. Había un amplio ventanal a la derecha, entrecortado de madreselvas y bañado por la luz de la luna. La bruja dio un tamborileo a las teclas e impaciente y caprichosa dijo:

 -Esta pieza es para lluvia. ¡Quiero que llueva!

 El espantapájaros respondió con una seca reverencia:

 -Lloverá, mi ama.

 El espantapájaros miró al mago negro que se sostenía el cofre que la bruja a través de la música del clavicordio procuraba abrir, y dijo:

 -Has oído.

 El mago negro asintió y caminó hacia el dosel de la habitación. Descorrió una de las cortinas rosas y encendió la medialuna que pendía del techo de seda violácea. Tumbadas entre las almohadas, reposaban tres muñecas. Con mano temblorosa, rozó la mejilla sonrosada de una de ellas. Esperó a que abriera los ojos y dijo:

 -Silky desea que llueva.

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