Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.37

Operación Muñeca de Trapo

 Eiko miraba con suspicacia a la arañita que caía de una interminable hebra hacia el pie del árbol del que acababa de asomar, como un conejo de cuentos, la niña. La mañana en el bosque estaba apacible, y la Principita creyó haberse topado con su primer contratiempo. Pero la niña sintió que la oreja le picaba, y entonces oyó a través de su abeja, siempre gruñón y terminante, al Bonta:

 -Una simple araña de saco. No te picará. Vamos, ponte a cubierto en el árbol, de cuclillas y con la espalda en la corteza como te enseñé.

 La Principita llevaba unos minutos en El Bosque de los Cerezos. La salida de la habitación de los trastos había resultado sencilla: un boquete en el ropero, un largo trecho a gatas en el túnel excavado por topos, y la Principita que emergió, como por obra de magia para su entender, del hueco en el tronco de un orondo árbol. Se encontraba a enorme distancia de la Casa de las Muñecas, como así lo había dispuesto el Bonta cuando accionó el mecanismo que controloba la red de túneles que solo él y Mei Ling conocían, pues consideraba riesgoso que la niña apareciera en las inmediaciones de la casa. El peluche ordenó a la pequeña que mirara de soslayo, quieta y a resguardo contra el tronco, y le describiera lo que había a unos metros. La niña contó que solo veía árboles, que todo era árboles, todos de los más variados colores, tan altos y copiosos que el sol caía a pedacitos de las hojas; contó además de la bruma azul que manaba del suelo y que daba al bosque un aspecto «de hadas». Pero Mei Ling pidió a la pequeña que mirara bien, hacia el árbol de lila que tenía unos pasos a la derecha y que destacaba sobre sus vecinos porque emitía lumbre. Eiko, después de un momento, contó:

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