Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 50

Okami

 La almohadilla de lirio prosiguió plácida su curso por el Río de los Cielos. Eiko, que lucía jovial la sombrilla de Kaguya, parloteó con Mei Ling acerca de las constelaciones que Ammy iba descubriendo mientras pintaba estrellas con la cola. Pero a diferencia de lo ocurrido con Yomigami, las constelaciones no cobraron vida, se limitaron a enseñar sus formas. La abeja animó a la pequeña a adivinar qué animal representaban, y así se entretuvieron un rato.

 -¡Un conejo!

 -Muy bien, Principita. Ese conejo se llama Yumigami y es algo así como el hada de la luna. Lástima que tenemos prisa, porque de lo contrario Ammy te lo habría presentado.

Sigue leyendo

Anuncios

Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 37

Operación Muñeca de Trapo

 Eiko miraba con suspicacia a la arañita que caía de una interminable hebra hacia el pie del árbol del que acababa de asomar, como un conejo de cuentos, la niña. La mañana en el bosque estaba apacible, y la Principita creyó haberse topado con su primer contratiempo. La niña sintió que la oreja le picaba. A través de la abeja oyó gruñón al Bonta:

 -Una simple araña de saco. No te picará. Vamos, ponte a cubierto en el árbol, de cuclillas y con la espalda en la corteza como te enseñé.

 La Principita llevaba unos minutos en El Bosque de los Cerezos. La salida de la habitación de los trastos había resultado inesperadamente sencilla: un boquete en el ropero, un largo trecho a gatas en el túnel excavado por topos, y la Principita que emergió, como por obra de magia a su entender, del hueco en el tronco de un orondo árbol. Se encontraba a enorme distancia de la Casa de las Muñecas, como así lo había dispuesto el Bonta cuando accionó el mecanismo que controloba la red de túneles que solo él y Mei Ling conocían, pues consideraba riesgoso que la niña apareciera en las inmediaciones de la casa. El peluche ordenó a la pequeña que mirara de soslayo, quieta y a resguardo contra el tronco, y describiera lo que había a unos metros. La niña contó que solo veía árboles, que todo era árboles, todos de los más variados colores, tan altos y copiosos que el sol caía a pedacitos de las hojas; contó además de la bruma azul que manaba del suelo y que daba al bosque un aspecto «de hadas». Pero Mei Ling pidió a la pequeña que mirara bien, hacia el árbol de lila que tenía unos pasos a la derecha y que destacaba sobre sus vecinos porque emitía lumbre. Eiko, después de un momento, contó:

Sigue leyendo