Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.37

Operación Muñeca de Trapo

 Eiko miraba con suspicacia a la arañita que caía de una interminable hebra hacia el pie del árbol del que acababa de asomar, como un conejo de cuentos, la niña. La mañana en el bosque estaba apacible, y la Principita creyó haberse topado con su primer contratiempo. Pero la niña sintió que la oreja le picaba, y entonces oyó a través de su abeja, siempre gruñón y terminante, al Bonta:

 -Una simple araña de saco. No te picará. Vamos, ponte a cubierto en el árbol, de cuclillas y con la espalda en la corteza como te enseñé.

 La Principita llevaba unos minutos en El Bosque de los Cerezos. La salida de la habitación de los trastos había resultado sencilla: un boquete en el ropero, un largo trecho a gatas en el túnel excavado por topos, y la Principita que emergió, como por obra de magia para su entender, del hueco en el tronco de un orondo árbol. Se encontraba a enorme distancia de la Casa de las Muñecas, como así lo había dispuesto el Bonta cuando accionó el mecanismo que controloba la red de túneles que solo él y Mei Ling conocían, pues consideraba riesgoso que la niña apareciera en las inmediaciones de la casa. El peluche ordenó a la pequeña que mirara de soslayo, quieta y a resguardo contra el tronco, y le describiera lo que había a unos metros. La niña contó que solo veía árboles, que todo era árboles, todos de los más variados colores, tan altos y copiosos que el sol caía a pedacitos de las hojas; contó además de la bruma azul que manaba del suelo y que daba al bosque un aspecto «de hadas». Pero Mei Ling pidió a la pequeña que mirara bien, hacia el árbol de lila que tenía unos pasos a la derecha y que destacaba sobre sus vecinos porque emitía lumbre. Eiko, después de un momento, contó:

 -Hay una linterna que cuelga del árbol. Es amarilla, tan grande como un cántaro, y guarda una velita que parpadea. Tiene un techito con mango arriba del tronco, y le caen flecos bajo la panza, y lleva unos dibujitos raros pintados, que son como letras, pero muy raras. Parece un hongo.

 El Bonta respondió:

-La linterna no está por nada en ese sitio. Alguien la dejó allí.

 -¿Quién?

 -Un guardia que habrá estado de patrulla por la noche. Pero también podrá ocurrir que la farola pudo haber sido puesta para cebo…

 Mei Ling, ante la inevitable pregunta, amplió:

 -Una trampa, preciosa, como una porción de queso para cazar ratones traviesos, y en este bosque, ocurre que tú eres la ratoncita traviesa, jojo.

 -Y por eso no nos confiaremos, e irás a hacia la lámpara tumbada entre los pastos. Vamos, rapaz, en marcha.

 La Principita se arrastró a través de los pastos como si fuera una culebrita. Llegó con cierto esfuerzo al árbol de lila, pues un par de espinos y una rana ocupada en un mosquito la obligaron a dar algún que otro rodeo, y el peluche dijo:

 -Lo has hecho bien, mocosa. Lenta como un ciempiés, pero más no podía esperar. Ahora, levántate y ponte a gachas, y ve rápido contra el árbol, como has hecho con el anterior. Bien. Guarda silencio. Mei Ling hurgará la zona con las antenas.

 La abeja revoloteó un par de segundos, zumbando, en torno al árbol, regresó a la oreja de la niña, y reportó:

 -Nada, Bonta.

 -Perfecto. Como Mei Ling no ha encontrado nada raro en los alrededores, ocurre, mocosa, lo que suponíamos, que la linterna fue dejada por un guardia, supongo que una o dos horas atrás. ¿Qué?

 La Principita, no muy puesta en su labor, preocupada por otros asuntos, preguntó:

 -Mogu quiere salir de la mochila. Dice que está aburrida y que quiere pasear por el bosque conmigo. ¿Puede? Promete portarse bien.

 Las risas de Mei Ling apaciguaron la ira que brotaba del Bonta. El peluche, no obstante, como sabía que el ruego por la moguri no iba a tardar en llegar, no puso reparos.

 -De acuerdo. Pero Mogu se queda bajo tu chaqueta, que no puedes tener las manos ocupadas, y en lo posible en silencio. Estará satisfecha ahí asomada mirándolo todo.

 La Principita, sin más, feliz sacó a Mogu de la mochila. La pequeña saludó al peluche, después de que le diera un apretón a la panza para que dijera «kupo», y le contó del bosque y de la linterna, le preguntó si tenía hambre, y la guardó entre las ropas con otro «kupo». La cabeza de Mogu, con el pompón que le caía saltarín, asomaba graciosa de la chaqueta de la niña. El Bonta no quería perder más tiempo, y pidió a Eiko que bajara la lámpara del árbol, pues dada la bruma y la poca lumbre que llegaba del sol, la iban a precisar para lo que tenía pensado, y que era enseñar a la Principita a entender las señales en el suelo. La niña asió el mango de la linterna con una rama, tal como le indicó Mei Ling; sin mayor esfuerzo que el ponerse de puntapiés, porque el artilugio estaba a poca altura y era ligero por la madera de caña de bambú con la que había sido elaborado, y tuvo la farola en sus manos, y entre risas se puso a echar lumbre.

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 Una captura de Eiko en Aion. El bosque no es tan así, pero como para tener alguna ilustración, je.

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