Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 64

Kingyo Sukui

 Kero voló hacia el estanque a echar un vistazo, con Ëlen corriendo tras él. Nuregami retozaba entre los peces kingyo, indiferente al peluche que lo observaba con lo brazos cruzados y expresión severa en el rostro. Ëlen, pese a la advertencia de Kero, se apresuró a correr al puentecito que atravesaba el estanque, desde donde sentada de cuclillas observó maravillada a los pececitos de colores que deambulaban erráticos de aquí para allá, atropellándose entre sí o dando de cabeza contra alguna decoración, como ser un caballito de mar, alguna estrellita o un barquito, desorientados por la intrusa que había pescado uno de ellos.

 La niña entonces dejó el bastón en el suelo y se puso a hurgar en los bolsillos. Kero suspiró cansado. Imaginó lo que se proponía la pequeña. Tomoyo, por su parte, sonrió con ternura. Ëlen sacó un resto de bolita mochi y la rompió en pedacitos. Los arrojó al agua, y se quedó esperando con ansiedad. Pasado un ratito, el desencanto se dibujó en el rostro de la pequeña, quien miró a Kero y Tomoyo en busca de una respuesta. Los pececitos no habían ido a comer lo que ella les había arrojado. Kero comentó:

 -Están asustados por Nuregami. No comerán mientras ella esté en el estanque. Tendremos que capturarla, Ëlen.

 La niña miró con pena los kingyo y agarró el bastón del suelo. Pero entonces, para su asombro y felicidad, Nuregami, que dormitaba en el fondo, nadó hacia los restos de mochi y los devoró. La pequeña se apresuró a arrojarle más. Después de un ratito, cuando Ëlen se había quedado sin más para dar de comer a Nuregami, esta asomó lentamente la cabeza, alargando su cuello hacia la niña, quien le tendió, encantada y feliz, el índice. Cuando rozaba una de las bellas aletas que le crecían de las sienes y que daban a la criatura una apariencia de hadas, la pequeña apartó bruscamente el dedo, asustada por Kero, que gritó:

 -¡Ëlen, aléjate! ¡No te confíes!

 Nuregami miró con ferocidad al peluche. Una serie de ondas se dibujaron en torno de la serpiente, el agua comenzó a borbotar. Una espesa burbuja emergió, creciendo poco a poco en tamaño, y vacilante y pesada se dirigió a Kero. La pequeña río, también las muñecas en el dosel. Kero volaba en largos y alocados círculos, con la burbuja, cada vez más oronda, yendo tras el. Tomoyo, en tanto, solo desesperaba por tener apartados sus ojos y varita de Ëlen. La burbuja, por fin, alcanzó a Kero, y lo atrapó dentro de sí. El peluche maldijo y pataleó. Gritó a Ëlen para que usara a Kazegami, pero la niña, naturalmente, no lo pudo oír. La pequeña, asustada por sus amigos, con los ojos llorosos, exclamó:

 -¡Nuregami, no seas mala! ¡Libera a Kero y a Tomoyo!

 La serpiente negó terminante con la cabeza. La niña no supo qué hacer. Miró a Kero, que golpeaba con los puños la burbuja, y a Tomoyo, que sonriendo la saludó con la mano, satisfecha por poder ya transmitir cuanto hacía la niña, que era todo cuanto le importaba. Ëlen se decidió a sacar a Kazegami. Nuregami entonces se sumergió rápidamente, como había ocurrido antes. Sin embargo, asomó al instante, sorprendiendo a la niña con una red de papel de seda asida de la boca con un mango. Era igual a la que usado antes para pescar los kingyo y que se había roto. Nuregami alargó el cuello, hasta dejar medio cuerpo fuera del agua, y le ofreció la red a Ëlen. La niña la agarró y la miró con entusiasmo. Había comprendido, aunque sin darse cuenta que por obra de la magia de la carta, tal como había ocurrido cuando pudo leer el nombre de Kazegami, lo que quería Nuregami. Desde la burbuja, Kero asintió. Tomoyo, por su parte, suspiró emocionada ante la oportunidad de ver, y de transmitir a las muñecas, que también exultaban a la par que peleaban por quién de ellas se haría con el premio, a Ëlen poniendo en práctica un hermoso juego infantil: pescar un kingyo. Cuando atrapara un dorado, Nuregami liberaría a sus amigos.

 Así, Ëlen bajó del puentecito y corrió hacia el extremo del estanque donde los kingyo se apretujaban empujados por Nuregami, y sentó de rodillas junto a las piedras. La niña llevaba en una mano la red y en la otra una pequeña y ancha vasija con tapa y que estaba media llena con agua. Después de destaparla, dejó la vasija a un costadito y miró con atención los peces; halló al kingyo dorado que buscaba. Con cuidado fue arrimando la red al agua, y la hundió rápidamente. La pequeña exultó. Había atrapado uno, aunque no el dorado, sino uno azul. Sin embargo, cuando miró radiante hacia Kero y Tomoyo, la red de le rompió y el pececito cayó al agua. La pequeña miró con desconcierto a Nuregami. Esta le sonrió. La niña volvió a intentarlo. Como había muchísimos peces, no le costó pescar otro, en esta ocasión uno rojo veteado de blanco, que tuvo el mismo destino que el anterior. La red, para suerte de Ëlen, se reparaba con la magia de Nuregami, así que la pequeña se la pasó a gusto echándola una y otra vez al agua mientras se regocijaba con el pececito que había pescado, por más que este le durara unos segundos en la red. Las muñecas daban hurras con cada kingyo pescado por la niña, y suspiraban desencantadas toda vez que la red de rompía y el pez se le escapaba de las manos.

 Pero por fin, inspirada por la magia de Nuregami, que llevó a que la niña pasara la red con todo el cuidado que podía para que el papel de seda pudiera resistir el peso del agua, Ëlen logró pescar un kingyo sin que se rompiera la red. Lo echó a la vasija, y se lo quedó mirando feliz. No le importó que no se tratara de uno dorado; era un hermoso kingyo naranja de ojos desmesurados, tanto que le sobresalían hacia fuera, y a la niña le pareció el pececito más hermoso que había visto. Nuregami, al parecer, también se sintió satisfecha, por que la burbuja que tenía atrapados a Kero y a Tomoyo estalló. El peluche voló hacia Ëlen. Tomoyo felicitó con viva alegría a la niña; con la varita sobre la vasija, las muñecas pudieron observar con detalle el pececito que había pescado Ëlen. Brincaron de alegría en la cama. Kero miró a Nuregami. Esta asintió con la cabeza, y el peluche dijo:

 -Nuregami se da por satisfecha con el kingyo que te llevas, pequeña. Por lo visto, deseaba verte jugar con una tradición que aman los niños de su tierra, el kingyo sukui. No quería comerse a los peces. Y sabes, ese que llevas creo que es el que había devorado, ji. Pero en fin, está lista para regresar a su forma de carta.

 La niña miró apenada a la serpiente. Pero, como había ocurrido con Yumigami, ella parecía decirle que debía hacerlo, así que, pues, Ëlen, bajo la mirada atenta de Luciérnaga, Mariposa y Lluvia, las tres sentaditas ante a la bolita de cristal con las palmas en las rodillas, se dispuso a usar el bastón con ella. Sin embargo, y para nueva frustración de Kero y la gracia de Tomoyo, la niña insistió con el lioso gesto de bastón que le había enseñado la muñeca, y que tuvo igual resultado antes, el bastón cayendo de sus manos, aunque ahora para terminar en el agua después de haberse dado con el en la cabeza. La pequeña río, ajena al resignado lamento del peluche. Nuregami le alcanzó el bastón. Entonces, con Kero que la conminó a que se dejara juegos, la niña lo descargó hacia la serpiente mientras exclamaba:

-¡Nuregami, regresa a la forma humilde que mereces!

 El pico del bastón se detuvo ante la cabeza de Nuregami, dando en la carta que había aparecido, y entonces, entre un reguero de tinta negra, la criatura desapareció. Ëlen tomó la carta en el aire y se la quedó mirando con admiración. Se trataba de un hermoso dibujo en acuarela, donde se podía apreciar a Nuregami dentro de una especie de bola de cristal llena de agua y que, para curiosidad de la niña, en el extremo superior tenía una abertura cerrada con un corcho. Como en las demás, tenía escrito el nombre en extraños caracteres pictográficos. La niña le enseñó la carta a Kero y Tomoyo, y recibió contenta sus felicitaciones. Preguntó al peluche si podía usarla, para ver qué maravilla podría obrar con ella, pero Kero dijo que sería mejor hacerlo en la habitación de Silky, que las muñecas estarían ansiosas por ver el kingyo y de prepararle un sitio hermoso para que habitara. La pequeña se mostró conforme. Entonces conjuró a Kazegami y, después de tapar la vasija y de estrecharla con cuidado bajo el regazo, se sentó sobre el bastón y echó a volar tras Kero y Tomoyo como una brujita de cuentos, feliz con el pececito de colores que había obtenido de premio.


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