Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 46

La aldea de Kamiki

 Issun, parado sobre la cabeza de Ammy, llamó a Eiko y a Mei Ling. El duendecito tenía ante sí la pintura dejada en el suelo y contra las cañas, aquella misma que por sus colores monocromos y sobriedad de tema, no más que bambúes y un sendero de piedra, había resultado aburrida y fea a Eiko, y de la cual el mismo Issun, como por arte de magia, había salido.

 -Bien, mocosa, no tenemos tiempo, así que nada de preguntas. Anda, toma ese pincel.

 La Principita observó la cajita abierta puesta a un costado de Ammy y que guardaba instrumentos para pintura, entre ellos pinceles, todos para caligrafía. La niña se quedó pensativa.

 -¿Cuál?

 Issun dio un par de brincos, furioso, y exclamó:

 -¿Cómo que cuál? Dije que nada de preguntas, cabeza de melón.

 -¡Pero es que hay tres pinceles!

 -Pues si hay tres pinceles, escoge el que te guste, y punto. Seguro que si eran caramelos no habrías preguntado.

 La Principita, después de apucherar a Issun, tomó el de mango carmín, y preguntó:

 -¿Tengo que hacer un dibujo?

 Issun meneó la cabeza, exasperado. Estaba por echar otra bronca a Eiko, cuando Mei Ling, entre risas, lo amonestó diciendo:

 -Anda, Issun, deja de pelear a la Principita, que pareces un niño.

 El duendecito, profundamente ofendido, exclamó:

 -Ay, ¡lo que el magnífico Issun tiene que soportar! ¡Que es un bicho, que se porta como niño! Pero en fin, no se puede esperar que una abeja y una mocosa sepan reconocer lo grandioso que es el sin par Issun, ¿verdad Ammy?

 La loba, que no pareció compartir la cháchara de su amigo, respondió con un gruñido. Issun, por fin, indicó a Eiko que se sentara ante la pintura, y dijo:

 -Toma el dibujo. Ahora, moja el pincel en la tacita que está en la caja. Cuida que no chorree la tinta. Bien. Puedes empezar a pintar.

 Eiko, perpleja, exclamó:

 -¿En la pintura? ¡Pero voy a manchar tu dibujo!

 -¡Ja, ja! No te preocupes. Trata de pintar sobre el sendero que hay entre los bambúes, aunque si te pasas del contorno, que lo harás, no habrá problema. Dibuja una niña cabezota, una abeja y una loba.

 La Principita, con suma alegría, preguntó:

 -¿Puedo dibujar a Ammy, a Mei Ling y a mí?

 -Pues sí, esa era la idea, ja.

 -¿Y a tí no?

 -¡Jua, jua! Muy atenta, pequeñaja. No, no hará falta. Luego lo entenderás.

 Eiko, pues, y después de tumbarse feliz en la hierba, se puso a pintar el pergamino. Como pudo, dado lo tortuoso que le resultó el uso del pincel, garabateó una niña, una loba y una abeja, que se esparcieron fantasmagóricos por la pintura. Pocos de los bambúes pintados por Issun quedaron a salvo de los joviales trazos de la Principita. La pequeña enseñó con orgullo el dibujo.

 Issun, que se esforzaba por contener la risa, comentó:

 -Ajá, nada mal. ¿Pero por qué ese sol?

 La niña, contenta, respondió:

 -¿Te gusta? Un dibujo queda más lindo con un sol.

 -No sé, ¿qué opinas, Ammy?

 La loba meneó la cola y ladró con entusiasmo.

 -Claro, ¿que esperar de tí, je? De acuerdo. Lo has hecho bien, mocosa. Es hora de partir. Si quieres, puedes quedarte con el pincel. Cuando tengamos otra oportunidad, te enseñaré a pintar como lo hace el gran Issun. Cuidate.

 Issun, con la Principita que lo miraba redonda, sin más sacó el pincel de la funda de su cintura y saltó hacia la pintura como si cargara con una espada. Alrededor de lo dibujado por Eiko, pintó una puerta, que en el castillo de Silky se conocía como de tipo «torii». Luego, añadió unos rayos a los que ya manaban del sol. El sol, para maravilla de la Principita, se tornó rojizo, como si hubiese cobrado vida, y brilló de una manera tal que encegueció a todos. La niña, la abeja y la loba había desaparecido del dibujo; la puerta también. Issun, riendo, dijo para sí:

 -Rayos, olvidé pedir a la mocosa que saludara a Sakuya de mi parte.

 La Principita abrió grandes los ojos. No comprendía qué había pasado; de parlotear con Issun en un cerrado bosque de bambúes, pasó a encontrarse sobre una roca, con un puentecito a un costado bajo el que corría un calmo curso de agua, que nacía de una cascada. Ante sí, observó que se levantaba una atareada aldea, de escasos habitantes. Caían multitud de pétalos de cerezo, arrastrados por una brisa cargada de olor a naranjas; esto, más la rueda del molino en el agua, la viejecita que lavaba en la orilla, el perro que correteaba con un niño y el cielo que el sol que enrojecía entre las casas había vuelto de un rosa como de pastel, conformaba un paisaje propio de una acuarela. Eiko preguntó:

 -¿Dónde estamos? ¿Estoy soñando?

 Mei Ling comentó:

 -¡Jua, jua! No, preciosa.

 La pequeña reparó en Ammy, que estaba sentada a su lado. Se la quedó mirando boquiabierta.

 -¡Ammy!

 La loba dio un corto aullido y ladró alegremente. Eiko, con los brazos en jarras, comentó:

 -¡Pareces más grande, y es como si brillaras! ¿Qué son esas rayas rojas que tienes en la cara y en el cuello? ¿Y eso que gira en tu lomo? ¿Y ese fuego?

 Ammy volvió a ladrar, divertida. La abeja comentó:

 -¡Jua, jua! Es la apariencia que tiene Ammy en esta tierra, Principita. Lo que gira es un espejo, un instrumento que le es de mucha ayuda. Luego te contaré para qué lo usa. La llama simplemente nace del movimiento del espejo. No te preocupes, no te quemará.

 La Principita, todavía con dudas, llevó el índice a la boca. Miró los alrededores y preguntó:

 -¿Y dónde estamos?

 -En la aldea de Kamiki. Para cruzar el bosque de bambúes, debemos atravesar la aldea, que está situada fuera del castillo, en la tierra de Ammy e Issun. Cosas de Silky, preciosa. Llevaría tiempo explicarte.

 -¿Y cómo llegamos aquí?

 -Pues, con el dibujo que hiciste en el bosque.

 -¿En serio?

 -¡Jo, jo! Claro, Principita. Issun te pidió que nos dibujaras precisamente para que luego él, gracias a su misterioso arte, ajeno para la Tierra Media, nos transporte hasta aquí.

 -Entonces, ¿estamos dentro de un dibujo?

 -Algo así, preciosa.

 -¡Qué lindo!

 -¿Verdad? Silky cuando tenía tu edad a menudo venía a pasar unos días en la aldea. Le encantaba robar los rábanos a la mamá de Mushikai y echar a correr montada en Ammy, mientras la oronda señora los corría con un cucharón, ¡jua, jua! También se divertía con las ocurrencias de Susano-O, cuando éste no apestaba a alcohol, je. Mucho de lo que has visto en el castillo proviene del saber que Silky obtuvo de la aldea de Kamiki. ¡Oh, mira, Kushina!

 

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