Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 47

Sakuya

 Con paso ligero y andar gracioso, una hermosa mujer de cabellos negros se acercó para saludar con cariñoso abrazo a Ammy. La loba respondió con un tierno y corto aullido. La mujer reparó en la Principita, quien curiosa observaba las tres pacas de paja de arroz que llevaba de tocado en la cabeza; se reclinó hacia la niña con las manos en las rodillas y con dulzura preguntó:

 -¿Y tú quién eres, bichito?

 -Soy Eiko.

 -¿Y qué haces aquí? ¿Ammy te trajo para el festival de la aldea?

 -Hmm, no sé.

 -¿Cómo que no sabes? Pues, estás invitada. Nos la pasaremos en grande. ¿Quieres un «kimono» como el mío? Te verás monísima. Esas ropas raras que llevas no son muy adecuadas para el festival.

 -¿Qué es un «kimono»?

 La joven, confusa, miró a Ammy, que ladró divertida. Observó entonces que la oreja de la Principita titilaba y exclamó:

 -Oh, ¡qué hermoso arete! ¿Es una abeja?

 Mei Ling revoloteó de la oreja de la niña y dijo:

 -Hola, Kushinada. Hace mucho que no nos vemos.

 -¿Mei Ling? Oh, ¡qué alegría, amiga!

 La abeja y Kushinada charlaron un poco. La joven supo que llevaban prisa, y con pena dijo a Eiko:

 -Oh, qué lástima, bichito. ¡Quería que disfrutaras del festival! Pero ni modo, acompáñame, que te buscaré algo rico para que comas por el camino.

 Kushinada tomó de la mano a Eiko y la llevó hacia el molino de agua que había delante. Entraron a la habitación para la molienda, y al rato salieron animosas. Mei Ling y Ammy las esperaban a un lado de la plantación de arroz que crecía junto al molino. La Principita disfrutaba de un simpático bollo de arroz envuelto en una pequeña tira de alga y en la que Kushinada había dibujado con salsa dos por puntos por ojos y una línea por sonrisa. Kushinada abrazó a Ammy, rozó con el índice una de las alitas de Mei Ling y con cariño se despidió de Eiko.

 -Ha sido una alegría conocerte, bichito. Espero verte para el próximo festival.

 La Principita, Ammy y Mei Ling marcharon con el sol del ocaso en el camino. Kushinada agitó la mano y regresó canturreando a sus labores en la plantación. El grupo, con la mirada curiosa de los habitantes de la aldea, ocupados en ultimar los detalles para el festival que habría dar comienzo al día siguiente. Un perro se acercó meneando la cola. La Principita lo acarició. Tras él, corría un niño, con un rábano en la mano y cara de haber cometido una diablura. La miró a Eiko, extrañado por lo raro que vestía la niña. Iba a saludarla, pero entonces oyó un colérico grito:

 -¡Ven aquí, Mushikai! ¡Devuélveme ese rábano o te daré con la cuchara por la cabeza! A tí y a ese perro roñoso.

 El niño, después de saludar a la Principita con una reverencia, una costumbre en la aldea, echó a correr, con el perro adelante alborotando contento. La señora detuvo su airada carrera cuando observó a Eiko, algo intimidada por lo imponente de la mujer y por la cuchara para huerto que sostenía severa.

 -¡Vayas pintas que llevas, chiquilla! Tienes aspecto de traviesa. Como se te ocurra robar un rábano de mi huerto, te daré con la cuchara, ¿entendido?

 Sin decir más, la mujer reanudó su persecución. La Principita se había puesto a resguardo detrás de Ammy. Mei Ling comentó.

 -Esos eran Mushikai y su mamá. Siempre es divertido verlos corriendo a causa de los rábanos, ¡jua, jua! Luce hermosa la aldea, ¿verdad?

 La pequeña observó las farolas de papel que colgaban bajo las ramas de los cerezos y que conformaban una doble y extensa cadena que daba lumbre a ambos lados del camino.

 -Sí. ¡Qué lindas esas farolas! Son igualitas a la que encontré cuando salimos al bosque, solo que estas son rosas y más chicas.

 -Cierto. Se las usa para esta ocasión, cuando florecen los cerezos. La aldea estará de fiesta por unos días, agradecidas por tan bellas flores.

 El grupo, luego de dejar atrás la última de las casas, que pertenecía al jefe de al aldea, el señor Naranja, alcanzó el pie de la colina; el sendero serpenteaba hacia arriba. Ammy hizo un alto para que Eiko terminara el bollo de arroz. La niña se percató de que la punta de la cola de su amiga estaba manchada de gris y negro. Dijo.

 -Ammy, te ensuciaste la cola. ¡Parece tinta!

 La loba dio un ladrido, asintiendo. Eiko, con expresión de enfado, exclamó:

 -¡Seguro que fue el malvado de Issun!

 Más ladridos, alegres. Mei Ling, jocosa, intervino:

 -¡Jo, jo! No, no es cosa de alguna jugarreta de Issun. Así es la cola de Ammy en Kamiki, tal como lo demás que te he contado.

 -¿Por qué?

 -Pues, quizás pronto lo sepas, je.

 El grupo llegó a lo alto de la colina. Una puerta «torii» los recibía; de los extremos superiores manaba una fragante humareda. Un par de pasos delante, rodeado de piedras de diversos tamaños, se erguía un gigantesco cerezo. Mei Ling dijo:

 -Ese es Konohana, el árbol guardián de la aldea de Kamiki.

 -¿Qué es esa luz que sale del tronco?

 -Es la entrada que conduce al Río de los Cielos. Para regresar al castillo de Silky y llegar al otro lado del Bosque de los Bambúes, tendremos que cruzarlo.

 Ammy atravesó la puerta, con Eiko a su lado. Un resplandor que emergió sobre la entrada del tronco los detuvo; entre pétalos de cerezo, suspendida en el aire como una mariposa, una joven de larguísimos cabellos negros, peinados con un alto rodete que se derramaba de las sienes en una doble cascada, salió a recibirlos. La joven, alta y esbelta, que vestía un minúsculo conjunto de hojas en el pecho y una corta falda rosa, exclamó con voz dulce, casi de niña, con los ojos negros puestos reverentemente en Ammy:

 -Oh, Gran…

 La joven dejó inconclusa la frase. Observó a Eiko, y vio que era extraña en Kamiki. La pequeña la miraba con embeleso. Con timidez, la Principita preguntó:

 -¿Eres un hada?

 La joven sonrió a la niña y respondió:

 -Algo así. Soy Sakuya, el espíritu de Konohana, este hermoso árbol que protege Kamiki. ¿Quién eres?

 -Soy Eiko.

 -¡Qué hermoso nombre! ¿Y a qué debo tu visita, pequeña Eiko?

 La niña no supo qué decir. Mei Ling se mostró y respondió:

 -Con tu permiso, amable Sakuya, queremos atravesar el Río de los Cielos.

 -Mei Ling, ¿verdad? Hace mucho que Silky no viene de paseo. Por supuesto. Cuentan con el favor de Okami Amaterasu, no precisan mi permiso. ¿Qué sucede, Eiko? ¿Quieres decirme algo?

 La Principita recordó una cosa que debía decir a Sakuya por encargo de Issun, pero la joven la turbaba. Sakuya era un «hadita», y la pequeña moría de ganas por jugar con ella. Ammy dio un par de ladridos. La joven, sonriendo, exclamó:

 -Oh, entiendo, Gran… Ejem. Mei Ling, me lo he pensado mejor. Los dejaré pasar, siempre que Eiko juegue a la «mancha» conmigo y pueda tocarme.

 La niña, con el rostro que le brilló feliz, preguntó:

 -¿En serio?

 -Claro. Pero, como soy un espíritu, tendrás que usar una pluma que te daré para que puedas darme «mancha». Toma.

 Sakuya extendió los brazos y con las palmas abiertas hacia Eiko soltó una larga pluma blanca, como de grulla. La niña dejó la mochila en el suelo, y estuvo lista para jugar. Sakuya descendió hacia la hierba y con risa cantarina huyó de la Principita. La pequeña corrió tras ella, procurando dar a Sakuya con la pluma entre chillidos de diversión y numerosos tropezones con las raíces de Konohana. Por fin, con la ayuda de Ammy, que saltó cargando a Eiko cuando la joven se elevó hacia una rama, la Principita pudo dar «mancha» a Sakuya.

 -¡Hace mucho que no me divertía así! Gracias, Eiko.

 La pequeña, aun con ganas de jugar, preguntó:

 -¿No vas darme mancha a mí?

 -Otro día, ¿de acuerdo? O se les hará tarde. Pero no te irás sin un obsequio de Konohana.

 Sakuya elevó desde la cintura una mano en dirección a Eiko, con la palma hacia arriba.  La Principita de pronto se sintió fresca, como recién lavada, y con las ropas suaves y fragantes. Los cabellos le olían dulces a cerezos. Mei Ling exclamó:

 -¡Qué hermosa, Principita! Toda una florecita de Konohana.

 Ammy ladró con aprobación. Sakuya, riendo, pues la pequeña no se había dado cuenta qué sucedía y miraba a todos confusa, dijo mirando a la loba con expresión implorante:

 -¡Oh, me parece que esta niña precisa un espejo!

 Ammy dio un ladrido y se paró delante de Eiko. Sobre su cabeza, apareció un magnífico espejo de mano ante el cual Sakuya ofreció una leve reverencia. La Principita abrió grandes los ojos; pasado el asombro, era toda sonrisas. Preguntó:

 -¿Qué es este disfraz?

 Sakuya respondió:

 -¡Jo, jo! No es un disfraz, es un vestido que usan las niñas en Kamiki para ocasiones especiales.

 La niña se observó detenidamente. Llevaba los cabellos recogidos en dos bollos anudados con cintas rosas y en flequillo; sobre la sien izquierda, un cerezo de seda del que pendía una cadena hecha con minúsculas mariposas, también de seda, que llegaba hasta la oreja. El rostro lo tenía todo maquillado de blanco, como los payasos se divirtió en pensar la pequeña, las mejillas sonrosadas y los labios dulcemente enrojecidos. Vestía un kimono rosa con motivos florales y bordados amarillos, ajustado con una ancha faja violeta atada a la parte baja de la espalda en un nudo mariposa. En los pies, calzaba medias blancas y unas sandalias de alta suela de madera y tira roja a las que Sakuya mencionó como «okobo».

 La Principita se puso a caminar en cortos círculos agitando divertida las largas mangas del kimono, con pasos torpes debido a lo duro de las sandalias. La niña parecía una muñeca tirada como títere, cosa que causó la gracia de todos. Sakuya la despidió diciendo:

 -Bueno, pequeña Eiko, recuerda que el vestido lo perderás cuando estés en tu tierra. Disfruta de la travesía por el Río de los Cielos. Ah, y recuerda caminar con cuidado, o te darás un porrazo, ji. Ve con la bendición de Konohana.

Kushinada, Mushikai, Sakuya, etc. son todos personajes de Okami.

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