Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 43

El teatrillo de títeres

 La Principita entró a la caverna donde Fenris la había dejado. Mei Ling, después de unas palabras con el Bonta, donde advertía al peluche que podrían perder la comunicación por un tiempo, alcanzó a la niña, que temerosa por la cerrada oscuridad había pegado la vuelta. La pequeña echó a reír, admirada por la diminuta varita que le alumbraba el rostro. La abeja voló en un círculo y exclamó alegremente:

 -¿No soy como una hadita?

 La niña, encantada por el trazo de la abeja con la varita, que había pasado a sus ojos como una estrella fugaz, respondió que sí. Luego acercó la cabeza a la abeja, observó con detenimiento el artilugio, y preguntó:

 -¿Qué es lo que parpadea? Parece una luciérnaga.

 -Así es, Principita. Es una luciérnaga.

 -¿Y la convertiste en piedra? Pobre luciérnaga. Eso no se hace.

 -¡Jo, jo! No, observa lo diminuta que es. Las luciérnagas son mucho más grandes.

 -¿Y entonces qué es?

 -Pues, una piedra con forma de luciérnaga, hecha por Silky a partir de una porción de luz de luciérnaga. No me preguntes cómo. Es cosa de magia. Fue un regalo de la niña para mí, para que tuviera lumbre por las noches.

 -¡Qué lindo!

 -¡Sí! Luego me encargué de incrustarla a una ramita, y así es que ahora puedo lucir como toda un hada de los bosques, ¡jo!. Pero bueno, preciosa, será mejor que nos pongamos en marcha. Ah, y no lo cuentes al Bonta de la varita.

 -¿Por qué?

 -Porque el osito habría preferido que te tuviera sacando chispas de una piedra y sudando como una mula si es que querías algo de fuego, ¡jo, jo!

 -¿Por qué?

 -¡Jo, jo! No te preocupes. Tú solo guarda el secreto, ¿de acuerdo?

 Mientras, el Bonta recibía un reporte de Mei Ling 2 desde La Casa de las Muñecas…

 -Oh, sniff, sniff. ¡Qué tierno el viejecito!

 -¿Pero qué cuernos? Mei Ling, qué ha pasado. ¿Por qué lloras?

 -Calla, Bonta. No puedo hablar ahora. Oh, sniff, sniff.

 La abeja reposaba sobre uno de los peluches del cabecero de la cama de Silky. Las persianas estaban bajas, la habitación en penumbras, solo iluminada por el resplandor que manaba del bullicioso teatrillo de títeres levantado al pie de la cama, que tenía las cortinas color cerezo del dosel atadas. Entre los almohadones, que hacían de butacas, las tres muñecas de Silky disfrutaban del espectáculo que el Espantapájaros, con sumo esfuerzo aunque no sin gusto, estaba representando para la niñita de trenzas que saboreaba una fresa, casi abrazada a ella, sentada feliz en el platillo del tazón para la leche que descansaba en el regazo de la muñeca del medio y cuyo nombre en la lengua se lee como «Rocío del árbol de fuego».

 -Rayos, Mei Ling.

 La abeja, en un susurro, dijo:

 -Calla, alcornoque, o las muñecas me descubrirán. Pulgarcita, eh, digo, Ëlen, está bien. Corto.

 El decorado del teatrillo representaba un bosque de bambú. Había una cascada y una redonda luna. Un largo muñeco de unos 30 centímetros se balanceaba gracioso, tirado de las manos por dos varillas que se hundían bajo el escenario. Se trataba de un viejecito, de amplia sonrisa pintadas, que vestía una túnica verde y un sombrero cónico. El viejecito, con voz achacosa, pues se había pasado la tarde cortando cañas, exclama:

 -Oh, ¿qué es que eso? Parece un llanto. Iré a ver. ¡Uy, mi pie!

 Las muñecas y Pulgarcitas rompieron en risas. El anciano se había dado el pie contra una caña mal cortada y estaba a los saltos por el dolor.

 -Ya estoy bien. ¡Ay, mi espalda! Estoy hecho un viejo maltrecho; dos paso más y quedaré deshecho.

 Más risas. El viejecito camina hacia un claro del cañaveral, donde justo se derramaba la luna, y exclama estupefacto:

 -¡Oh, por todos los cielos!

 Tirada por otra oculta varilla, asoma vacilante un segundo muñeco, una niñita de largos cabellos rubios, casi un bebé, y que, para suma hilaridad del auditorio, de la cintura hasta el cuello aparecía como acorazada por una caña de bambú; debajo llevaba un vestido rojo y naranja de amplias mangas. Ëlen exclamó:

 -¡Qué linda!

 Luego, señalando con el diminuto índice, algo embadurnado por el almíbar de la fresa, preguntó:

 -¿Qué son esos dos puntos violetas que lleva en la frente? ¿Y los cuernos de caña?

 «Rocío del árbol de fuego», recordando quizás alguna amonestación de Silky hacia ella o sus hermanas en circunstancias similares, respondió con la severidad que podía expresar:

 -Shh, Pulgarcita. No se habla en la obra. ¡Oh, mira! Ahora el viejito se lleva a la princesa a la casa, para que conozca a su mamá.

 La muñeca de la izquierda, «Luciérnaga en el jarro de las campanillas blancas», intervino quejumbrosa.

 -¡No le cuentes el cuento!

 La de la derecha, «Mariposa entre los girasoles de la mañana», por su parte advirtió:

 -¡Cállense o cuando regrese le digo a mamá Silky!

 Las hermanas entraron a pelear, por lo pronto con ademanes y amenazas, pero no tardarían en estar dándose con fogonazos o sapos si nadie las paraba. Pulgarcita, es decir, Ëlen, reía mientras se abrazaba a la fresa para no caer del plato y terminar desparramada, y empapada de crema y almíbar, en el regazo de la muñeca; Mei Ling, por lo bajo, también reía. Los títeres dejaron de moverse. Se oyó un ruido que retumbó pesado en la habitació. Las muñecas callaron inmediatamente y atendieron hacia el teatrillo. Ëlen, un poco amedrentada por lo grave y profundo del sonido, hizo igual. La abeja, jocosa, dijo para sí:

 -El «Gong» para callar a las muñecas. ¡Ay, hace tanto que no lo escuchaba! Al Bonta le gustaría tener uno para cuando la Principita se distrae con caracoles, ¡jo, jo! ¡Oh, qué tiernos!

 La viejecita, esposa del anciano, había entrado en escena, y lloraba con la niña en brazos. Ambos ancianos ven en la niña un regalo de los cielos para sus añejas vidas. La adoptan como hija y le dan el nombre de Kaguya. Las muñecas aplauden. Transcurre la historia, que el Espantapájaros adapta para la escasa edad del auditorio, pues en verdad que el relato gustaba de disfrutarlo Silky, que por alguna razón encontraba en Kaguya una joven con la que podía identificarse. Kaguya crece, y entra a pasar largas noches sentada a solas, mirando con tristeza hacia la luna. Su anciano padre no sabe qué le pasa, y pregunta a las niñas si acaso lo saben; las muñecas dicen que no. El anciano entonces se dirige a la muñeca que cuidaba de Ëlen:

 -¡Oh, perdón, pero es que estoy viejo y mis ojos no pueden distinguir bien! Señorita, la criatura que tiene sobre el regazo, sentada en el platillo para la leche, ¿es una niña fresa? Pues, qué cosa más curiosa, yo lo que veo es una fresa con piernas y hermosas trenzas de oro.

 Más risas. Ëlen se levanta y se pone a un costado de la fresa, cuidando de no tropezar con la cucharita con crema, y se presenta con alegría:

 -Hola, abuelito. No, no soy una fresa, soy Pulgarcita.

 -Oh, qué maravilla. Y tú, Pulgarcita, ¿acaso sabes por qué mi querida hija mira triste la luna?

 Pulgarcita, con naturalidad, responde:

 -Seguro que un ratón le robó un diente y lo escondió en la luna. Los ratones son muy traviesos.

 Mei Ling estalló en carcajadas. El anciano, agradecido con Pulgarcita pregunta a su hija si un ratón le había robado el diente, y que si era así él se encargaría de ir a la luna y traerlo de regreso para guardarlo, como a un tesoro, dentro de un cofrecito. Pero Kaguya, llorosa, responde que no, que está triste porque tendrá que regresar a la luna, que es su hogar y donde es una princesa. Ambos lloran. Las muñecas y Pulgarcita permanecen calladas pero ansiosas. El anciano deja la escena, Kaguya mira implorante hacia las niñas y pregunta qué debe hacer. Ellas responden que debe quedarse, o que de lo contrario su papá y su mamá estarán tristes. Kaguya, convencida y contenta, dice que así hará. Llama a su padre y le cuenta de su decisión. El anciano la abraza y llora. Las muñecas y Ëlen aplauden felices. El anciano se despide del auditorio y se marcha diciendo que irá al bosque de bambú por madera, porque piensa llevar a Kaguya de paseo por la luna para que ella esté a gusto por conocer la tierra en la que nació, y que para esto precisará de un espléndido palanquín, que es lo que corresponde a una princesa y que él mismo, en tanto su quejosa espalda lo permita, se encargará de cargar. Kaguya canta y danza feliz. Las muñecas la acompañan; Ëlen, con su voz de canarito, también canta, y con el abanico que pone en sus manos una de las muñecas, imita graciosa el paso de Kaguya. Mei Ling está encantada con el candor de la escena. Cuando la canción concluye, el Espantapájaros, agobiado por tanto color y risas, cierra el telón y deja, después de negarse con amabilidad a prestar el teatrillo y los muñecos, con alivio a las muñecas y a Pulgarcita. Éstas, como no podía ser más, inmediatamente se sientan a jugar a la «Princesa Kaguya», que en un palanquín de bambú irá de paseo por la luna, se entusiasman y planean las niñas; una luna que es un lejano país de leche y miel y que está habitado por traviesos ratones que roban los dientes a los niños, o al menos esto es lo que imaginaba que habría de encontrar Pulgarcita mientras se miraba en un espejo de mano y, toda sonrisas, disfrutaba con la caña de bambú que las muñecas le habían puesto como disfraz.

 Mei Ling, mientras se divertía con las muñecas que peleaban por peinar los cabellos de Pulgarcita, o más bien, de Pulgarcita Kaguya, detectó movimiento por fuera de la ventana. Acomodó las antenas y entonces oyó a alguien que decía para sí:

 -Kaguya, por fin, regresará a la luna. Namarië, niñas.

Kaguya en Okami.

 

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