Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 51

La Carta

 Vivi observaba en silencio al Bonta, con la tea de los ojos temblorosa. Había pasado un largo rato del último contacto con Eiko. El peluche le había dicho que no tenía de qué preocuparse, que sabía dónde podía estar la niña, y que pronto tendrían noticias de ella. Pero que el peluche estuviera mascando nervioso de su puro y caminando de aquí para allá, avivaba sus dudas. Todavía más cuando insistía a Mei Ling 2, que reposaba distraída en la mesa, con la pregunta:

-¿Nada?

 La abeja, no obstante, con su acostumbrada simpatía, daba al mago alguna tranquilidad.

 -Oye, Bonta, sabes que cuando Mei Ling pueda contactar lo sabré. ¿Por qué mejor no preguntamos a Mei Ling 3 por Ëlen? ¿O es que tienes miedo de otra historia de Pulgarcita, ji?

 El peluche, de mala gana, y mirando la pesadumbre en los ojos de Vivi, respondió:

 -Rayos, hazlo. Necesito que el mago se distraiga un poco, o no lo tendré entero para lo que vendrá.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 49

Kaguya

 Yomigami, después de recibir complacido el tierno saludo de Eiko y Mogu, continuó su charla con Ammy. La Principita se quedó mirando al dragón. Se preguntó si el dragón que buscaban con Ëlen a través de las esferas sería igual de grande y si tendría también la apariencia de un dibujo. Se preguntó luego si Ammy llamó al dragón para que los llevara hacia el otro lado del Río de los Cielos. Con ilusión, exclamó:

 -Mogu, ¿te gustaría volar en el señor dragón?

 -«Kupo».

 -¿No te daría miedo?

 -«Kupo».

 -A mí tampoco. Qué emoción. Mei Ling, ¿el señor dragón nos va a llevar hasta la puerta de allá?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 43

El teatrillo de títeres

 La Principita entró a la caverna donde Fenris la había dejado. Mei Ling, después de unas palabras con el Bonta, donde advertía al peluche que podrían perder la comunicación por un tiempo, alcanzó a la niña, que temerosa por la cerrada oscuridad había pegado la vuelta. La pequeña echó a reír, admirada por la diminuta varita que le alumbraba el rostro. La abeja voló en un círculo y exclamó alegremente:

 -¿No soy como una hadita?

 La niña, encantada por el trazo de la abeja con la varita, que había pasado a sus ojos como una estrella fugaz, respondió que sí. Luego acercó la cabeza a la abeja, observó con detenimiento el artilugio, y preguntó:

 -¿Qué es lo que parpadea? Parece una luciérnaga.

 -Así es, Principita. Es una luciérnaga.

 -¿Y la convertiste en piedra? Pobre luciérnaga. Eso no se hace.

 -¡Jo, jo! No, observa lo diminuta que es. Las luciérnagas son mucho más grandes.

 -¿Y entonces qué es?

 -Pues, una piedra con forma de luciérnaga, hecha por Silky a partir de una porción de luz de luciérnaga. No me preguntes cómo. Es cosa de magia. Fue un regalo de la niña para mí, para que tuviera lumbre por las noches.

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