Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.42

Fenrir

 Terminado el relato de los días de Silky con el Bonta, Eiko no tardó en dormirse. Avanzado el mediodía, el Bonta dio por suficiente la siesta de la pequeña y ordenó a Mei Ling que la despertara. La abeja llamaba con suma delicadeza a la Principita cuando notó una serie de objetos desparramados sobre el pantalón de la niña. Se acercó, examinó los objetos, vio que caían de un saco de tela de seda, y entonces rompió en risas.

 -¡No te imaginas, Bonta!

 -¿Qué cuernos?

 Mei Ling, riendo, pasó a detallar:

 -¿Recuerdas el caracol muerto que la Principita halló cuando salimos al bosque?

 -Sí.

 -Pues, que la niña lo guardó en un saquito y se lo trajo.

 -Rayos. ¿Y tú no la viste?

 -Claro que no, volaba por delante, atisbando el camino.

 -Maldita sea.

 -Pero eso no es todo. Un cerezo, un escarabajo pelotero, que calladito sigue su camino; una piedra ovalada y lisa con pasto y barro adheridos; una fresa, un huevo de codorniz, una alita rota de una libélula, una rama seca de arce, una cáscara de nuez roída, un diente de, espera… sí, de castor.

 El Bonta, exasperado, cortó a la abeja y ordenó:

 -Despierta ya a esa mocosa.

 La Principita despertó. Adormilada, no entendió bien el por qué de la retahíla del Bonta, y no fue hasta que Mei Ling preguntó para qué había juntado los objetos que contestó, orgullosa:

 -¡Son tesoros del bosque! Los guardé para enseñárselos a Ëlen. ¡Viste qué lindos!

 La abeja asintió, divertida. El Bonta juramentaba y maldecía por lo bajo; pero el peluche decidió que lo mejor sería no regañar a la Principita, cosa que hubiese dado lugar a una interminable cháchara con Mei Ling, y confiar en que la abeja haría que la niña no se distrajera cuando no fuera conveniente. Eiko, entonces, dejó la madriguera y prosiguió con la aventura.

 Mei Ling condujo a la niña a través del arroyuelo, que serpenteaba salpicado de piedras y apretujado a cada lado por una floresta de margaritas amarillas y ocasionales arbustos. La marcha de la pequeña era alegre, y cada tanto le daba por ir como un sapito sobre las piedras. Para su desencanto, Mei Ling no dejó que se demorara a cortar ninguna margarita, tampoco a que atrapara a una mariquita dorada que había avistado. Llegaron a un amplio claro, y la abeja ordenó un alto. Eiko, como pidió Mei Ling, se tumbó entre las margaritas; sacó el catalejo y echó a mirar. Pero el Bonta ordenó que lo guardara.

 -El sol está alto y hará que la lente del catalejo parpadee. Esto podrá delatar tu posición. Espera a que Mei Ling revise el área. No te muevas.

 La Principita asintió. La abeja, en tanto, avanzó un trecho, en dirección a una formación rocosa de la que manaba, entre una frondosa vegetación, una cascada. El arroyuelo nacía de ella. La abeja merodeó por el lugar; ascendió hasta lo alto de las rocas, dio un rápido vistazo a los alrededores y regresó, ansiosa por reunirse con la niña. Entonces quedó muda del susto. Había un enorme perro, quizás un perro lobo; de denso pelaje gris oscuro y aspecto fiero que sentado sobre sus cuartos recibía el parloteo de la Principita, que dichosa le presentaba a Mogu. El perro levantó la cabeza hacia la cascada, dejando expuesta una cicatriz que le atravesaba un ojo; olfateó el aroma a jazmines que le trajo el aire y dio un par de poderosos ladridos. Mei Ling supo que se trataba de Fenrir, el perro lobo de Silky, que habiendo reconocido el perfume que ella habituaba, la estaba llamando. La abeja, ya más aliviada, voló hacia ellos, pero se detuvo sorprendida; Fenrir cargaba a la Principita sobre el lomo y corría hacia la cascada, con la niña que iba a las risas. El perro llegó con Mei Ling, espero a que ésta se colocara en la oreja de la Principita, y retomó la carrera. El Bonta estaba a los gritos. Se oyeron graznidos de cuervos. Una bandada se aproximaba. Fenrir alcanzó la cascada y se paró a observar las rocas. Eiko habló alegremente a la abeja, entusiasmada por su nuevo amigo, pero Mei Ling, con indisimulado apremio, dijo que debía comunicarse con el Bonta. Entonces dijo:

 -Bonta, ¡cuervos! El Espantapájaros sospecha que Eiko está en el bosque. ¿Qué haremos? El trayecto que planeamos no será seguro. La niña no está preparada para sortear la batida de los cuervos.

 El Bonta maldijo por lo bajo. Contaba con la presencia de los cuervos, pero no antes de que Eiko estuviera en un área menos expuesta. Mientras cavilaba a toda prisa, la abeja añadió:

 -Una cosa más.

 -¿Qué?

 -Fenrir está con nosotros.

 El peluche se levantó de un salto, arrojó el puro que mascaba y exclamó:

 -¿Pero qué cuernos?

 -Lo que has oído. Fenrir ha hecho mucha amistad con la Principita, como no podía ser más. Parece que está buscando la manera de alcanzar la cima de la cascada. ¡Espera! ¡Fenrir aguarda!

 El perro no hizo caso y con la niña media tumbada en su lomo y asida fuertemente a su cuello dio un par de saltos sobre las rocas que le ofrecían una plataforma segura. Llegó a un pronunciado saliente, a poco más de un metro de la cima y se sentó. Eiko, a pedido Mei Ling, de mala gana se apeó. La pequeña, sonriendo, mojó sus manos enguantadas, que había olvidado que llevaba cubiertas, en la fría cortina de agua. Fenrir dio un corto ladrido, moviendo la cabeza hacia el agua. Mei Ling voló y examinó el sitio. Había una caverna oculta. El graznido de los cuervos se volvía pesado; no tardarían en llegar. La abeja, pues, dijo a Eiko que entrara. Fenrir entonces levantó una pata hacia la niña. Mei Ling dijo:

 -Anda, preciosa, Fenrir no podrá entrar a la caverna y quiere que lo despidas con una caricia.

 La pequeña lo miró con desilusión, pero no protestó, y dio un par de tiernas caricias a la cabeza del perro. Mogu saludó con un «kupo». Fenrir ladró contento. Luego, bajó de la cascada y se perdió en la espesura. La niña, mientras lo miraba marchar, preguntó:

 -¿Fenrir? ¿Era el perro de Silky?

 

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