Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.26

Jaque a la bruja

 Vivi se puso a un costado de la cerradura y miró con odio a la bruja, que caminaba hacia el cofre; no reparó en su aspecto, solo quería vengar a los suyos. El maguito susurró a las niñas:

 -El cerrojo está abierto. ¿Recuerdan lo que debemos hacer?

 No hubo respuesta. Vivi notó los pétalos húmedos; las pequeñas lloriqueaban, y esto lo apaciguó. No podía poner en riesgo a sus amigas, confrontando bajo dolor e ira a la bruja. Entrevió que el Espantapájaros era lo que las tenía asustadas, y trató de darles confianza. Consiguió hacerlo, no supo cómo, quizás porque les había hablado como no habituaba, con decisión y firmeza, y las nenas sintieron que a su lado nada malo les podría pasar; en fin, la bruja se reclinó ante el cofre, y los niños deshicieron los conjuros.

 La bruja asió la tapa del cofre y permaneció pensativa; había ansiedad en su expresión, temor a un posible desencanto; esto no pasó desapercibido al Espantapájaros, que retrocedió unos pasos, desconfiado por lo inusual del proceder de su ama. Ella no se tardaba en abrir un regalo. La bruja por fin levantó la tapa unos centímetros, haciendo que rechinara el cerrojo, y cayó de bruces dando un grito. La madera crujió, y de los trozos del mueble brotó una espesa humareda, abierta a fuego por el báculo que Vivi levantó colérico hacia Silky; a su lado, estaban las niñas, despojadas del conjuro que las había convertido en flores; ambas no vestían los uniformes de soldaditos, las ropas que las presentaban como a las pequeñas custodias de Ithil y Anor.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.04. Parte 2

 Era de mañana. Los pájaros cantaban, y la Principita despertó. Isil dio a la niña los buenos días y le ofreció unas frutillas para que desayunara; señaló un saliente y dijo que podía beber de las gotas que caían. La niña armó una tacita con las manos y bebió; una vez saciada la sed, mientras chupeteaba los dedos manchados con frutillas, preguntó a Isil acerca del arpa. La gata dijo que había que hacer lo que la nota indicaba, que no tenían que dar más vueltas. La pequeña estuvo de acuerdo, y salieron al bosque.

 Investigaron durante un buen rato y al pie de un árbol, junto a una cascada, hallaron las margaritas. La Principita, divertida, enseñó a las flores el arpa y preguntó si pertenecía a una de ellas; no obtuvo respuesta, y entonces, como sugirió su amiga, puso el instrumento en el pasto y esperó. Al cabo de unos segundo, el arpa relumbró, como si el Sol la hubiese despertado, y de sus cuerdas surgieron unas minúsculas centellas que columpiaron como bichitos y crearon desordenadas y vivarachas notas. Una margarita desperezaba. La Principita río con entusiasmo y se sentó de cuclillas; con una oreja hacia la flor, oyó la vocecita que saludaba:

 -¡Hola, Eiko! ¿Cómo estás?

 La Principita, sorprendida porque no recordaba que conociera a ninguna margarita, preguntó:

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