Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 71

Una sorpresa para Ëlen 

 El Espantapájaros miró suplicante a Ëlen y a Kero. Moegami, aún cuando había aparecido en un tamaño reducido, no mayor al de un polluelo, se erguía con bravura. La carta batía lentamente las alas hacia el Espantapájaros, que azorado recibía el humo de la pipa que crepitaba, a sus ojos, con el fuego del Orodruin. Una ceniza que lo alcanzara y estaría perdido. El muñeco sabía que las cartas gustaban de jugar bromas, pero ahora vio en Moegami a un dios furioso, decidido a castigarlo después de ver cómo había jugado con las emociones de Ëlen.

 Pero el Espantapájaros, con su mente retorcida por el miedo, no pudo suponer que lo que había en Moegami no era más que reproche, encono de una intensidad y naturaleza infantil. La carta había sido confeccionada por las manos de una niña y atesoraba el recuerdo de los celestiales benévolos de Kamiki. No habría sido capaz de una crueldad con él, de reducirlo a cenizas como temía el muñeco. Moegami en realidad había aparecido queriendo aliviar la pena de Ëlen, no para castigar al Espantapájaros. Por esto, y después, y ya con travesura, de dar un corto soplido a la pipa ante la cara espantada del muñeco, que tembló al ver chisporrotear el tabaco y las cenizas, volteó hacia la niña para entonces, con un graznido amistoso, echar a volar. Tras sí dejó una estela de humo.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 70

Moegami

 Ëlen contaba al Espantapájaros del pececito que había obtenido como premio después de jugar con Nuregami al Kingyo Sukui. Ambos merendaban en la habitación del té, aquella misma donde Ëlen había atrapado a Yumigami y que había sido rápidamente arreglada por los magos negros tras el destrozo causado por la carta de la luna. Estaban sentados sobre cojines, con una mesita de madera delante; a espaldas del Espantapájaros había un mago negro, Sombrerito como lo había apodado Ëlen; en el regazo de la niña, cruzado de brazos, estaba Kero, que escrutaba ceñudo al Espantapájaros. Para asombro de la pequeña, pues el peluche era todo un goloso, se había negado a comer la delicia servida por el mago con el té, un pastelito de arroz como el mochi que podía crear la niña con la magia de Yumigami y que se llamaba, le contó el mago, wagashi.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 69

El tesoro de Silky

 Eiko, sentada sobre los talones con Mogu en el regazo, observaba admirada y expectante a Silky. La niña había desamarrado el bote y se encontraba a unos metros del melocotón. Con el sombrero cónico puesto, de pie miraba concentrada hacia el agua, a la que apuntaba con la lanza que había improvisado con una rama afilada sujeta a la espadita de bambú. A un costado de la Principita, crepitaba la fogata que habían encendido las niñas en un círculo de piedras amontonadas y en la cual Silky pensaba cocinar el pez que estaba queriendo pescar.

 La Principita se estiró de golpe ahogando un suspiro. Mogu hizo igual. Silky había hundido la lanza con un movimiento cegador. Se oyó un chasquido; la niña extrajo la lanza y chilló triunfante. Había pescado un amago, una trucha marrón dorado y de motas verdosas de un tamaño considerable. Eiko y Mogu vitorearon y se arrimaron a la orilla, ansiosas por mirar el pez. Silky regresó. Antes de bajar a la orilla, y de espaldas a Eiko, dio una rápida muerte al pez con una técnica que le había enseñado el Bonta para que los peces no sufrieran. Al peluche en verdad no le importaba dejar a los pescados retorciéndose fuera del agua hasta que quedaran listos para el fuego, pero Mei Ling no quería que Silky tomara por natural ninguna crueldad con los animales, así que se vio obligado a enseñarle un método para que los pescados murieran sin sufrir, idea que al Bonta desde ya resultaba absurda.

 Después de haber limpiado el pescado y de ensartarlo a una brocheta, bajo la atenta mirada de Eiko que se esforzaba por aprender lo que la niña le enseñaba, Silky lo echó a las brasas, y propuso a la Principita mientras se quitaba el sombrero:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 68

El melocotón

 Pasada las risas con la ranita que había devorado la polilla que rondaba la farola, Eiko, a pedido de Silky, dejó que la rana regresara a los lirios con sus hermanas, y se dispusieron a seguir navegando. La niebla se había disipado, el sol se derramaba radiante en el agua. La Principita sopló la farola, no sin haber protestado lo suyo hasta que Silky le dijo que cuando oscureciera podría volver a jugar con ella, y la dejó apagada a un costado. Silky entonces dio una larga y pesada palada y echó a andar el bote.

 Dejados atrás los lirios de agua, con el bullicio de las ranas que las acompañaron un largo tramo, las niñas vieron un árbol de flores rosas sobre una lomita que asomaba del río, a un costado de la montaña derecha. Eiko observó que el árbol no era un cerezo, o que al menos no se parecía a los que había visto en el castillo. Silky, sin dejar de darle al remo, dijo:

 -Eiko, pararemos bajo el melocotón. ¿Tienes hambre?

 -¿Melocotón? ¿Qué es eso?

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