Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 76

Sakigami

 Ëlen jugaba con las muñecas en la cama del dosel de Silky. Con el permiso de Kero, se divertían haciendo burbujas con Nuregami, la carta de agua. La pequeña las conjuraba con el bastón y las muñecas a los saltos peleaban por hacerlas estallar sobre sus hermanas en un rocío iridiscente que les llenaba de ilusión los ojos y las cosquilleaba agradablemente. Tomoyo, mientras daba las últimas puntadas al nuevo trajecito para Ëlen, las observaba con una sonrisa y con muchas ganas de participar de la gritería de las pequeñas. Al fin y al cabo, por más madura que se comportara, era un muñeca que representaba a una niña de diez años y como tal, jugaría encantada con ellas.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 75

El caballero de la princesa

 Eiko miró con ilusión al guerrero con pesada armadura que las había salvado del Vals y que se inclinaba reverente hacia su amiga. Steiner reparó en la pequeña, y la escrutó con desconfianza; recelaba de cualquier desconocido que tratara con la princesa, no importaba si fuera una niña, un peluche de la casa o alguna alimaña del bosque. Para él, en tanto no supiera de sus motivaciones, todos eran bribones.

 Sin embargo, Steiner sospechaba por otra cosa; dada la corta edad de la niña, el asombro que había en sus ojos lo advertía de una inminente insolencia infantil, que ya había padecido con Silky cuando pequeña, y que efectivamente ocurrió en cuanto la Principita exclamó:

 -¡Silky, mira! ¡Es el Hombre de Hojalata!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 74

El Vals Negro 2

 Contentas por saber de Ëlen y por el tierno y hermoso mensaje que les dejó con el barrilete, Eiko y Silky subieron al bote y se prepararon para partir. Silky, parada sobre la popa y con Mogu sentada en su hombro, hundió el remo en el agua y preguntó:

 -¿Todo despejado, contramaestre Eiko? ¿Podemos zarpar?

 -¿Qué es zarpar?

 Silky meneó la cabeza. Temió que debiera explicarle a Eiko cada palabra de la jerga pirata que pensaba usar y que había aprendido de sus paseos en Kamiki. La niña quiso echarle más emoción al viaje y había propuesto a Eiko jugar a los piratas. La pequeña aceptó encantada. La Principita miraba con el catalejo hacia el horizonte del río como se lo había ordenado la niña, la capitana del barco al que acordaron llamar Princesa Kaguya. La moguri constituía el resto de la tripulación y estaba a las órdenes de Eiko, aunque de momento, a la falta del, según Silky, como mandaban las historias necesario loro, hacía las veces de mascota del capitán.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 73

Un mensaje para Eiko

 Mogu, con un trozo de pescado a medio morder en la boca, voló hacia la bola de cristal, curiosa por lo que tenía emocionada a Eiko y sorprendida a Silky. La moguri vio a Ëlen dando con el bastón al hilo del barrilete y preguntó:

-¡Qué monada, kupo! ¿Quién es esa niña, kupo?

 Antes de que Silky respondiera, la Principita, feliz, comentó:

 -¡Es mi amiga Ëlen! ¿Viste que linda que está con ese disfraz de conejito?

 La pequeña entonces reparó en que no sabía qué estaba haciendo su amiga y por qué la estaba viendo a través de la bola de cristal. Silky mientras miraba, todavía perpleja, cómo la niña liberaba a Kazegami en un escueto torbellino que impulsaba el barrilete hacia el cielo, comentó:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 72

¡Moegami, vuela!

 Las muñecas hicieron las mantas a un lado y abrazadas a sus almohadas fueron a sentarse ante la bola de cristal. No podían más de la ansiedad por ver que Ëlen no podía remontar el barrilete. Un jardín no era un lugar apropiado para tal tarea, y menos cuando el espacio para que la niña pudiera correr para darle impulso consistía en un corto tramo de césped y en un puentecito en arco. Y esto sin contar que el pretencioso tamaño que Moegami había adoptado para cometa hacía que esta se le estrellara apenas la elevaba.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 71

Una sorpresa para Ëlen 

 El Espantapájaros miró suplicante a Ëlen y a Kero. Moegami, aún cuando había aparecido en un tamaño reducido, no mayor al de un polluelo, se erguía con bravura. La carta batía lentamente las alas hacia el Espantapájaros, que azorado recibía el humo de la pipa que crepitaba, a sus ojos, con el fuego del Orodruin. Una ceniza que lo alcanzara y estaría perdido. El muñeco sabía que las cartas gustaban de jugar bromas, pero ahora vio en Moegami a un dios furioso, decidido a castigarlo después de ver cómo había jugado con las emociones de Ëlen.

 Pero el Espantapájaros, con su mente retorcida por el miedo, no pudo suponer que lo que había en Moegami no era más que reproche, encono de una intensidad y naturaleza infantil. La carta había sido confeccionada por las manos de una niña y atesoraba el recuerdo de los celestiales benévolos de Kamiki. No habría sido capaz de una crueldad con él, de reducirlo a cenizas como temía el muñeco. Moegami en realidad había aparecido queriendo aliviar la pena de Ëlen, no para castigar al Espantapájaros. Por esto, y después, y ya con travesura, de dar un corto soplido a la pipa ante la cara espantada del muñeco, que tembló al ver chisporrotear el tabaco y las cenizas, volteó hacia la niña para entonces, con un graznido amistoso, echar a volar. Tras sí dejó una estela de humo.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 70

Moegami

 Ëlen contaba al Espantapájaros del pececito que había obtenido como premio después de jugar con Nuregami al Kingyo Sukui. Ambos merendaban en la habitación del té, aquella misma donde Ëlen había atrapado a Yumigami y que había sido rápidamente arreglada por los magos negros tras el destrozo causado por la carta de la luna. Estaban sentados sobre cojines, con una mesita de madera delante; a espaldas del Espantapájaros había un mago negro, Sombrerito como lo había apodado Ëlen; en el regazo de la niña, cruzado de brazos, estaba Kero, que escrutaba ceñudo al Espantapájaros. Para asombro de la pequeña, pues el peluche era todo un goloso, se había negado a comer la delicia servida por el mago con el té, un pastelito de arroz como el mochi que podía crear la niña con la magia de Yumigami y que se llamaba, le contó el mago, wagashi.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 69

El tesoro de Silky

 Eiko, sentada sobre los talones con Mogu en el regazo, observaba admirada y expectante a Silky. La niña había desamarrado el bote y se encontraba a unos metros del melocotón. Con el sombrero cónico puesto, de pie miraba concentrada hacia el agua, a la que apuntaba con la lanza que había improvisado con una rama afilada sujeta a la espadita de bambú. A un costado de la Principita, crepitaba la fogata que habían encendido las niñas en un círculo de piedras amontonadas y en la cual Silky pensaba cocinar el pez que estaba queriendo pescar.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 68

El melocotón

 Pasada las risas con la ranita que había devorado la polilla que rondaba la farola, Eiko, a pedido de Silky, dejó que la rana regresara a los lirios con sus hermanas, y se dispusieron a seguir navegando. La niebla se había disipado, el sol se derramaba radiante en el agua. La Principita sopló la farola, no sin haber protestado lo suyo hasta que Silky le dijo que cuando oscureciera podría volver a jugar con ella, y la dejó apagada a un costado. Silky entonces dio una larga y pesada palada y echó a andar el bote.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 67

De paseo en bote

 Las niñas subieron al bote. Eiko, arropada como Silky, con el sombrero cónico y capa andrajosa que le había puesto la niña, exultaba con Mogu en brazos. La pequeña se sentó a un metro de su amiga, que se había parado en la popa del bote y abrazaba un largo remo. Silky habló hacia la cabaña:

-Puedes salir, Hahakigami. Nos vamos.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 66

El Tsukumogami

 Terminado el recreo con los pastelitos daifuku, las niñas retomaron la marcha. Dejado atrás el campo de lilas y hortensias, dieron con una formación de montañas de media altura en cuyas cumbres se erguían, apartados y solitarios, unos cerezos. Entre las laderas, serpenteaba un río de aguas pardas sobre el que ascendía una cerrada niebla. Las niñas se tumbaron entre los pastos, estaban en terreno elevado, y echaron a mirar con el catalejo. Al cabo de un rato, Silky, convencida de que la pedregosa ribera, cubierta por multitud de margaritas, estaba despejada, se levantó y dijo:

 -Iremos hacia esa cabaña…

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 65

El panal de abejas

 Las niñas se pusieron en marcha. Silky iba delante tirando de la mano a Eiko, que recelaba del sombrío empedrado que se hallaban transitando, un cerrado sendero enmarañado de cerezos llorosos donde no había más luz que la dada por las farolas de piedra puestas a lo largo del camino. El sol comenzó a titilar en las flores más altas, cubiertas de rocío. La senda, para tranquilidad de la Principita, se fue abriendo. Silky se detuvo de golpe; agazapada, indicó a que Eiko hiciera lo mismo, y señalando hacia delante pidió que mirara. La Principita exclamó:

 -¡Un guardia!

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