Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 52

Kero

 Con las palabras proferidas por Ëlen, el viento que emergía de la carta creció en intensidad hasta dar forma a un remolino. Este para una niña cualquiera no habría resultado más que un travieso remolino que alborota las hojas secas caídas de un árbol. Pero para Ëlen, que medía lo que un pulgar, resultó una verdadera calamidad. La niña, pues, azorada, se vio dando vueltas por el aire como una mariquita, incapaz de sortear el capricho del viento. Lo mismo el pobre conejo y su farola.

 -¡Ay, Bonta! ¡El viento se lleva a la niña!

 La abeja volaba en dirección a Ëlen. No tenía el tamaño para cargar con ella, pero podría con su cuerpo protegerla de la caída. Pero el Bonta, con tranquilidad que desesperó a Vivi, exclamó mientras callaba al mago con un ademán de impaciencia:

 -Dejala. Pondrás en peligro la operación si te revelas.

 -¡Bonta!

 -¡Rayos, Mei Ling! Sabes que ese peluche glotón irá por ella…

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 51

La Carta

 Vivi observaba en silencio al Bonta, con la tea de los ojos temblorosa. Había pasado un largo rato del último contacto con Eiko. El peluche le había dicho que no tenía de qué preocuparse, que sabía dónde podía estar la niña, y que pronto tendrían noticias de ella. Pero que el peluche estuviera mascando nervioso de su puro y caminando de aquí para allá, avivaba sus dudas. Todavía más cuando insistía a Mei Ling 2, que reposaba distraída en la mesa, con la pregunta:

-¿Nada?

 La abeja, no obstante, con su acostumbrada simpatía, daba al mago alguna tranquilidad.

 -Oye, Bonta, sabes que cuando Mei Ling pueda contactar lo sabré. ¿Por qué mejor no preguntamos a Mei Ling 3 por Ëlen? ¿O es que tienes miedo de otra historia de Pulgarcita, ji?

 El peluche, de mala gana, y mirando la pesadumbre en los ojos de Vivi, respondió:

 -Rayos, hazlo. Necesito que el mago se distraiga un poco, o no lo tendré entero para lo que vendrá.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 50

Okami

 La almohadilla de lirio prosiguió plácida su curso por el Río de los Cielos. Eiko, que lucía jovial la sombrilla de Kaguya, parloteó con Mei Ling acerca de las constelaciones que Ammy iba descubriendo mientras pintaba estrellas con la cola. Pero a diferencia de lo ocurrido con Yomigami, las constelaciones no cobraron vida, se limitaron a enseñar sus formas. La abeja animó a la pequeña a adivinar qué animal representaban, y así se entretuvieron un rato.

 -¡Un conejo!

 -Muy bien, Principita. Ese conejo se llama Yumigami y es algo así como el hada de la luna. Lástima que tenemos prisa, porque de lo contrario Ammy te lo habría presentado.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 49

Kaguya

 Yomigami, después de recibir complacido el tierno saludo de Eiko y Mogu, continuó su charla con Ammy. La Principita se quedó mirando al dragón. Se preguntó si el dragón que buscaban con Ëlen a través de las esferas sería igual de grande y si tendría también la apariencia de un dibujo. Se preguntó luego si Ammy llamó al dragón para que los llevara hacia el otro lado del Río de los Cielos. Con ilusión, exclamó:

 -Mogu, ¿te gustaría volar en el señor dragón?

 -«Kupo».

 -¿No te daría miedo?

 -«Kupo».

 -A mí tampoco. Qué emoción. Mei Ling, ¿el señor dragón nos va a llevar hasta la puerta de allá?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 48

Yomigami

 Eiko, jocosa con su kimono y deliciosamente torpe con cada esforzado pasito que le demandaban las sandalias okobo, atravesó con Ammy y Mei Ling la puerta que se abría cegadora del tronco de Konohana. Llegaron al Río de los Cielos. Del ocaso en la bulliciosa Kamiki, el grupo pasó a una callada noche, con una luna menguante próxima y alegre. En el suelo cubierto de hierba, había dos llamas que crepitaban en cuencos puestos sobre trípodes de madera y que abrían paso hacia un puentecito. El grupo fue hacia el. La pequeña exclamó:

 -¡Qué grande que está la luna!

 La abeja comentó:

 -Es que estamos cerca del cielo. Fíjate que las estrellas también lucen más grandes.

 -Sí, se ven muy lindas. Parecen luciérnagas. Uy, ¡ahhh! ¡Gracias, Ammy! Casi me caigo. ¡Qué duras son estas sandalias! ¿No puedo ir descalza?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 47

Sakuya

 Con paso ligero y andar gracioso, una hermosa mujer de cabellos negros se acercó para saludar con cariñoso abrazo a Ammy. La loba respondió con un tierno y corto aullido. La mujer reparó en la Principita, quien curiosa observaba las tres pacas de paja de arroz que llevaba de tocado en la cabeza; se reclinó hacia la niña con las manos en las rodillas y con dulzura preguntó:

 -¿Y tú quién eres, bichito?

 -Soy Eiko.

 -¿Y qué haces aquí? ¿Ammy te trajo para el festival de la aldea?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 46

La aldea de Kamiki

 Issun, parado sobre la cabeza de Ammy, llamó a Eiko y a Mei Ling. El duendecito tenía ante sí la pintura dejada en el suelo y contra las cañas, aquella misma que por sus colores monocromos y sobriedad de tema, no más que bambúes y un sendero de piedra, había resultado aburrida y fea a Eiko, y de la cual el mismo Issun, como por arte de magia, había salido.

 -Bien, mocosa, no tenemos tiempo, así que nada de preguntas. Anda, toma ese pincel.

 La Principita observó la cajita abierta puesta a un costado de Ammy y que guardaba instrumentos para pintura, entre ellos pinceles, todos para caligrafía. La niña se quedó pensativa.

 -¿Cuál?

 Issun dio un par de brincos, furioso, y exclamó:

 -¿Cómo que cuál? Dije que nada de preguntas, cabeza de melón.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 45

Ammy

 La tinta derramada por el búho roció toda a la loba, luego de que ésta se interpusiera entre el dibujo y la niña. Eiko miró el animal con pena. Su hermoso pelaje salpicado por manchas de tinta. Pensó en dar su merecido a Issun, pero entonces vio que la loba se había agazapado y que gruñía al duendecito, y que se lanzaba hacia él.

 Issun reaccionó a tiempo y logró escapar de las fauces de Ammy, como así la había llamado, saltando hacia su hocico, al que dio fuerte con el pincel para alejarse entonces a largos brincos. Ammy con furia fue tras él, procurando a cada zarpazo atrapar entre los dientes al hombrecito, que no dejaba de parlotear cosas ininteligibles. Las risas de la Principita, por fin, pusieron un alto a la persecución. Ammy sacudió su pelaje y, para asombro de la niña, las manchas de tinta cayeron sobre la hierba. La pequeña con alguna timidez se acercó a la loba, ansiaba acariciarla, tocar su hermoso pelaje, blanco y puro como la nieve.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 44

  Issun

 Transcurridos algunos minutos, que se sucedieron sin sobresaltos y con poca charla, Eiko y Mei Ling dieron con la salida de la caverna, una escasa abertura enmarañada de zarzas. La abeja se adelantó para ver qué había fuera; una vez que regresó, indicó a la Principita que podía salir.

 -No levantes la cabeza, culebrita, o te darás un buen coscorrón con la roca. Y no abras los ojos hasta que salgas, que podrás lastimarte con las zarzas. Bien.

 La Principita, ya fuera de la caverna, miró los alrededores. Encontró que todo era verde. El murmullo de las cañas le resultó algo inquietante.

 -Es un bosque de bambú, preciosa. Sería riesgoso que intentaramos atravesarlo.

 -¿Por qué? ¿Hay fantasmas?

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 43

El teatrillo de títeres

 La Principita entró a la caverna donde Fenris la había dejado. Mei Ling, después de unas palabras con el Bonta, donde advertía al peluche que podrían perder la comunicación por un tiempo, alcanzó a la niña, que temerosa por la cerrada oscuridad había pegado la vuelta. La pequeña echó a reír, admirada por la diminuta varita que le alumbraba el rostro. La abeja voló en un círculo y exclamó alegremente:

 -¿No soy como una hadita?

 La niña, encantada por el trazo de la abeja con la varita, que había pasado a sus ojos como una estrella fugaz, respondió que sí. Luego acercó la cabeza a la abeja, observó con detenimiento el artilugio, y preguntó:

 -¿Qué es lo que parpadea? Parece una luciérnaga.

 -Así es, Principita. Es una luciérnaga.

 -¿Y la convertiste en piedra? Pobre luciérnaga. Eso no se hace.

 -¡Jo, jo! No, observa lo diminuta que es. Las luciérnagas son mucho más grandes.

 -¿Y entonces qué es?

 -Pues, una piedra con forma de luciérnaga, hecha por Silky a partir de una porción de luz de luciérnaga. No me preguntes cómo. Es cosa de magia. Fue un regalo de la niña para mí, para que tuviera lumbre por las noches.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 42

Fenrir

 Terminado el relato de los días de Silky con el Bonta, Eiko no tardó en dormirse. Avanzado el mediodía, el Bonta dio por suficiente la siesta de la pequeña y ordenó a Mei Ling que la despertara. La abeja llamaba con suma delicadeza a la Principita cuando notó una serie de objetos desparramados sobre el pantalón de la niña. Se acercó, examinó los objetos, vio que caían de un saco de tela de seda, y entonces rompió en risas.

 -¡No te imaginas, Bonta!

 -¿Qué cuernos?

 Mei Ling, riendo, pasó a detallar:

 -¿Recuerdas el caracol muerto que la Principita halló cuando salimos al bosque?

 -Sí.

 -Pues, que la niña lo guardó en un saquito y se lo trajo.

 -Rayos. ¿Y tú no la viste?

 -Claro que no, volaba por delante, atisbando el camino.

 -Maldita sea.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 41

La medallita de Silky

 Eiko saboreaba de los restos de ciruelas que le habían quedado en los dedos. Saciada, se limpió las manos en las ropas y se recostó contra la pared de la madriguera de castores abandonada que Mei Ling le había hallado para dormir la siesta en un margen del arroyuelo. La pequeña sentó a Mogu en el regazo y sin más, y para sorpresa de todos, preguntó por Silky. El Bonta mantuvo un hosco silencio. Mei Ling, sabiendo que al peluche le incomodaba el asunto y viendo las ansias de Vivi por saber de su creadora, se dispuso a complacer la curiosidad de la niña y contó:

 –Cuando Silky tenía tu edad, Principita, gustaba todas las mañanas escoger un peluche de los tantos que había desparramados por la casa y lo invitaba a tomar la leche. Entre otras cosas, le encantaba garabatear alguna tostada con un largo palito de pan untado con mermelada y así enseñar a los peluches su progreso con la caligrafía de los extraños caracteres. Terminado el desayuno, llevaba al afortunado muñeco a jugar al jardín que antecede a la Casa de las Muñecas y que tú conoces…

 La niña comentó:

 -Sí, era un jardín muy lindo, y sabes, había soldaditos de juguetes que nos llevaron en un sapo horrible cuando Ëlen y yo éramos florecitas y Vivi…

 -Claro, son los guardias del Jardín del Sapo, del sapo Caronte, que es de quien me hablas. Pero no nos vayamos por las ramas, preciosa, que el Bonta se nos pondrá a bufar. Una de esas mañanas, guardado en un ropero olvidado, Silky dio con un osito de peluche con el que no recordaba haber jugado. Era un peluche de un tamaño enorme y de un aspecto gruñón como jamás había visto. Todos los peluches de la casa tenían rostros alegres o bonachones. Pero este se veía feroz y la niña no creyó conveniente despertarlo para jugar, porque temía que el peluche la quisiera comer.

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