Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.41

La medallita de Silky

 Eiko saboreó de los restos de ciruelas que le habían quedado en los dedos; se limpió las manos y se recostó contra la pared de la madriguera de castores abandonada que Mei Ling le había hallado para dormir la siesta en un margen del arroyuelo. La pequeña sentó a Mogu en el regazo y, para sorpresa de todos, preguntó por Silky. El Bonta mantuvo un hosco silencio. Mei Ling, sabiendo que al peluche le incomodaba el asunto, y viendo las ansias de Vivi por saber de su creadora, se dispuso a saciar la curiosidad de la niña, y contó:

 –Cuando Silky tenía tu edad, Principita, gustaba todas las mañanas escoger un peluche de los tantos que había desparramados por la casa para invitarlo a tomar la leche; llegado el momento, le encantaba garabatear alguna tostada con un largo palito de pan untado con mermelada y así enseñar a los peluches su progreso con la caligrafía de los extraños caracteres. Luego, llevaba al afortunado muñeco a jugar al jardín que antecede a la Casa de las Muñecas y que tú conoces…

 La niña comentó:

 -Sí, era un jardín muy lindo, y sabes, había soldaditos de juguetes que nos llevaron en un sapo horrible cuando Ëlen y yo éramos florecitas y Vivi…

 -Claro, son los guardias del Jardín del Sapo, del sapo Caronte, que es de quien me hablas. Pero no nos vayamos por las ramas, preciosa, que el Bonta se nos pondrá a bufar. Una de esas mañanas, guardado en un ropero olvidado, Silky dio con un osito de peluche con el que no recordaba haber jugado. Era un peluche de un tamaño enorme y de un aspecto gruñón como jamás había visto. Todos los peluches de la casa tenían rostros alegres o bonachones. Pero este se veía feroz, y la niña no creyó conveniente despertarlo para jugar, porque temía que el peluche la quisiera comer.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.40

La Puerta de los Fantasmas

 Eiko había dejado atrás el estanque de los sapos y se hallaba sentada entre unas enormes piedras. Todavía podía ver a Gamabunta y a su pipa que humeaba entre los cerezos. A unos metros de la niña, había un puentecito de madera levantado sobre un arroyuelo de furioso cauce y que conducía a una nueva espesura del bosque. El Bonta había pedido unos minutos a la niña, pues Mei Ling 3 se había reportado. Para alegría de la Principita, aunque también para su envidia, Ëlen se encontraba bien, a gusto como Pulgarcita y divirtièndose mucho con las muñecas de Silky en una casa que era todo muñecos, juguetes y dulces. Del Espantapájaros no hubo noticias. Esto no fue del agrado del Bonta, que pidió a Mei Ling 3 que tratara de ver en qué andaba el muñeco, y si podía también Silky, que lo último que supo de la niña era que había pedido que le llevaran el clavicordio a su habitación, cosa que tenía intrigado al peluche, que pensaba que la niña no tendría ganas para la música. Pero de todo esto el Bonta no dio cuenta a la Principita.

 -Bien, mocosa, en marcha.

 -¡Pero hay un guardia!

 La niña señaló el extremo opuesto del puente mientras miraba con el catalejo. Un guardia del Batallón Pluto recorría los alrededores. El Bonta la amonestó:

 -Oye, el catalejo no es para jugar. Puedes observar perfectamente al guardia desde donde estás sin el catalejo. Guárdalo en la mochila, y saca la Maza Chillona.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.39

Gamabunta

 La Principita, tumbada dentro de un tronco hueco que yacía en la hierba, cargó el tirachinas con una nuez de Kupo y apuntó hacia el estanque, cuidando que el arma no asomara de la abertura y la dejara al descubierto como le advirtió el Bonta. Las manos le temblaban. No podía apartar la vista de los guardias del Batallón Pluto que pescaban distraídos a unos pasos, a la sombra de la enorme estatua del sapo que fumaba pipa y que la niña se había esforzado por no mirar, aun cuando Mei Ling le insistió con que la estatua «no comía niños» y que no habría de despertar. La abeja creyó conveniente no contarle que las muñecas de Silky podían despertar al sapo si liberaban el sello impreso en su lengua.

 Eiko marró el disparo, que dio en un guardia cuando debía haber caído en el agua para distracción. La pequeña cerró fuerte los ojos y se cubrió la cabeza con las manos, creyendo que la habían descubierto; pero para risa de Mei Ling, el guardia echó la bronca a su compañero, que lo miró atónito. La abeja animó a que la niña observara la escena. Ambos guardias discutían acaloradamente, con gestos tan ampulosos y expresivos que hicieron reír a la Principita. El Bonta, que no estaba para teatrillos, exclamó irritado:

 -Oye, mocosa, ¿qué rayos estás esperando? Aprovecha que esos dos tontos te han dado la oportunidad y ponte en marcha. ¡De prisa! ¡Y no levantes la cabeza hasta que Mei Ling te lo diga!

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.38

 El Batallón Pluto 

 Eiko examinó el suelo con la lumbre. No sabía qué debía buscar. El Bonta se había limitado a pedirle que contara de cualquier cosa que le llamara la atención. La niña dio con un caracol. Sin consultar al osito, lo agarró y se lo quedó mirando contenta; pero para su decepción, el caparazón se le partió entre los dedos. La pequeña se apenó, y preguntó a Mei Ling por cómo podría reparar la «casita» al caracol. El Bonta cortó raudo el asunto:

 -El caracol está muerto. Alguien lo pisó. Mei Ling cuando recorrió el árbol no detectó signos de vida, no al menos de nada que tuviera un tamaño relevante, así que tú no puedes haber sido. Procuraremos saber quién fue.

 El Bonta ordenó a la Principita que se «deshiciera» del caracol y que continuará recorriendo el suelo con la farola. La niña con cuidado dejó el caracol bajo una mantita de hierba, y prosiguió con la tarea. Pasó un rato dando breves círculos, y halló unas pisadas, según le había advertido Mei Ling, que había volado de la oreja de la niña para echarle una mano con la pesquisa, y se demoró en ellas. Con el aliento y la guía de la abeja, pudo contar al osito que las huellas no pertenecían a un animal y que correspondían a alguien que vestía gruesas y grandes botas. El Bonta dijo:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.37

Operación Muñeca de Trapo

 Eiko miraba con suspicacia a la arañita que caía de una interminable hebra hacia el pie del árbol del que acababa de asomar, como un conejo de cuentos, la niña. La mañana en el bosque estaba apacible, y la Principita creyó haberse topado con su primer contratiempo. Pero la niña sintió que la oreja le picaba, y entonces oyó a través de su abeja, siempre gruñón y terminante, al Bonta:

 -Una simple araña de saco. No te picará. Vamos, ponte a cubierto en el árbol, de cuclillas y con la espalda en la corteza como te enseñé.

 La Principita llevaba unos minutos en El Bosque de los Cerezos. La salida de la habitación de los trastos había resultado sencilla: un boquete en el ropero, un largo trecho a gatas en el túnel excavado por topos, y la Principita que emergió, como por obra de magia para su entender, del hueco en el tronco de un orondo árbol. Se encontraba a enorme distancia de la Casa de las Muñecas, como así lo había dispuesto el Bonta cuando accionó el mecanismo que controloba la red de túneles que solo él y Mei Ling conocían, pues consideraba riesgoso que la niña apareciera en las inmediaciones de la casa. El peluche ordenó a la pequeña que mirara de soslayo, quieta y a resguardo contra el tronco, y le describiera lo que había a unos metros. La niña contó que solo veía árboles, que todo era árboles, todos de los más variados colores, tan altos y copiosos que el sol caía a pedacitos de las hojas; contó además de la bruma azul que manaba del suelo y que daba al bosque un aspecto «de hadas». Pero Mei Ling pidió a la pequeña que mirara bien, hacia el árbol de lila que tenía unos pasos a la derecha y que destacaba sobre sus vecinos porque emitía lumbre. Eiko, después de un momento, contó:

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.36

Mogu

 Eiko, tumbada sobre almohadones, con Vivi sentado a su lado, se divertía practicando con el Tirachinas. Acertar al muñeco que el mago había dejado a un par de pasos, un tronco de aspecto asustadizo y que tenía una recta y larga nariz que terminaba en un ciruelo seco, le demandó una bolsita de nueces, pero como el Bonta dijo que bastaba con que la munición no diera lejos, pues cualquier animal echaría a correr cuando sintiera que algo chasqueaba en los alrededores, la niña no dio importancia a su mala puntería.

 A todo esto, el Bonta recibía un reporte de Mei Ling 3. La abeja contó que el Espantapájaros había hablado con Ëlen y que el muñeco no tuvo mayores dificultades para ganar la confianza de la niña, todavía convertida en Pulgarcita. El Espantapájaros, relató la abeja, un tanto avergonzado por la situación, de tener que agacharse y poner el rostro casi a la altura del suelo para hablar con la pequeña, que lo miraba entre curiosa y temerosa por la ventana de su casita de duende, con un regadero en las manos y habiéndose negado a salir porque «no debía abrir la puerta a extraños», comentó que estaban buscando a sus amigos, y que cuando los encontraran convencería a Silky para que regresaran a la aldea y que en disculpa del mal rato, los cargaría con cuantos juguetes pudieran llevar. Entonces las muñecas, después de que se marchara el Espantapájaros, y con la condición de que un mago negro las acompañara, llevaron a pasear a Ëlen por el castillo. La abeja concluyó:
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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.35

 Preparando a Eiko para el bosque II

 Al cabo de un rato de parloteos y de risas, el Bonta consideró suficiente el recreo que había tomado la Principita para lucir las ropas nuevas, y ordenó a Vivi:

 -Mago, cubre con este trapo la voluta del báculo y enciéndela. Descuida, lo apagaremos enseguida.

 Vivi, pues, prendió el báculo en el cántaro de en medio de la mesa que todavía chisporroteaba con los restos de muñeca. Como la magia habría puesto en alerta a las muñecas de Silky, el mago no podía valerse de un hechizo para hacer del báculo una antorcha. El Bonta entonces indicó al maguito que lo siguiera. Caminaron hacia un rincón; había un baúl, el peluche lo abrió y a espaldas de la tea que lo iluminaba, extrajo unos artilugios. Vivi apagó el báculo, y regresaron con Eiko y la abeja. La Principita abrió grandes los ojos cuando miró la carga sobre la mesa, y preguntó ilusionada:

 -¿Y estos juguetes? ¿Son para mí?

 El osito, tal habituaba, contestó secamente:

 -Creo haberte dicho que terminó el tiempo para jugar. Este será tu equipo para la misión. Como todas las cosas en este castillo de infantes, guardan la apariencia de juguetes, pero han sido preparados por mí para operaciones de sigilo, claro está, a llevar a cabo por una chiquilla como tú.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.34

Preparando a Eiko para el bosque I

 Pasado a Eiko el capricho de que Vivi la convirtiera en Pulgarcita, el Bonta explicó lo que había planeado para rescatar a Ëlen. Se trataba de un plan temerario, y Vivi se mostró contrario a que Eiko tuviera que llevarlo a cabo, pues la niña tendría que atravesar el bosque sola para después entrar inadvertida, siempre que no la pescaran los guardias, a La Casa de las Muñecas. Pero el Bonta terminó por convencerlo.

 -La mocosa no dará un paso sin que Mei Ling y yo sepamos qué es lo que pisara. Mago, has visto de lo que son capaces las abejas; tendremos cubierto los movimientos de la chiquilla, y de lo único que tendrá que preocuparse es de no estornudar sin mi permiso. Eh, tú, ¿oíste?
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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.33

Pulgarcita

 Eiko, queriendo sacarse las ganas de jugar con su nuevo artilugio, procuró que el Bonta parloteara con ella. Le preguntó acerca de su color favorito, de la jalea de frambuesa, de si gustaba coleccionar piedritas y caracoles y de juegos como la carrera de embolsados, entre una incómoda batería de trivialidades infantiles. Y como el peluche permanecía callado e imperturbable, la Principita entró a insistir con que le prestara su abeja a Vivi, para que ambos cuchichearan a gusto. Pero los ruegos fueron en vano, y entonces la niña, rendida y sin la mediación de la abeja, pasó a curiosear:

 -¿Por qué la abeja repite lo que hablo, y con mi misma voz? ¿Es magia?

 Mei Ling voló de la oreja de la pequeña y a la altura de su nariz, respondió:

 -Es complicado para explicar, preciosa, y nos tomaría tiempo. ¿Ves mis antenas? Son hermosas, ¿verdad? Estas antenas son como pinceles; cuando hablas a traves de mí, ellas dibujan una nube en la que tú apareces hablando y que vuela hacia Mei Ling 2; entonces, cuando sus antenas encuentran la nube, puede repetir lo que estás diciendo, con tu propia voz, bueno, mucho más minúscula y finita, como si tú fueras una hadita que le habla al oído. Y no, no busques, pues los dibujos solo los podemos ver nosotras, tan geniales somos.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.32

Mei Ling

 -Vamos, niña remolona, ¡arriba! Tenemos mucho trabajo.

 La Principita sintió que la llamaban; era un osito de peluche, uno que tenía aspecto gruñón y que hablaba, cosa que la hizo reir, pues nunca supo de un peluche que hablara, con excepción de aquellos a los que ella y Ëlen solían prestar sus voces. Pero no le dio más atención; era la hora de dormir, no para jugar, y se tapó con la capa que la cobijaba, se abrazó a la muñeca que tenía a un costado y con una plácida sonrisa prosiguió con lo suyo, prometiendo al peluche que cuando despertara, jugarían todo el día.

 El Bonta, viendo que el asunto no iba por las buenas, levantó a la niña de los pies y la zamarreó como para que le saliesen pajaritos por las orejas, y la mandó derechito a la mesa, con la cabeza despierta y un poco dada vueltas. Le puso entonces un cuenco para que se lavara la cara, y sirvió un sobrio desayuno, mirado por la pequeña con desaprobación; Vivi, por su parte, dio las gracias. Los niños observaron la pizarra verde oscuro que colgaba de la pared. Eiko, mientras saboreaba la cucharita todavía pegajosa de miel, leyó: “Operación Muñeca de Trapo”.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.31

  Los caprichos de Eiko

 El Bonta no parecía estar jugando, y Eiko se sentó, como le indicó el peluche con la ballesta, temerosa y callada en la silla que le arrimó Vivi. La niña, queriendo algo de cobijo, tomó de la mano a su amigo, y el mago preguntó:

 -Señor Bonta…

 -Cierra la boca, mago. Yo haré las preguntas.

 El peluche, viendo que Eiko estaba al borde del llanto, añadió:

 -Y tú, que no te oiga llorar, eh. Llora lo que quieras, pero en silencio.

 El Bonta extrajo de su chaqueta una ciruela, de grandes ojos y amplia sonrisa que divirtieron a la Principita, y la dejó en la mesa. Vivi abrió grande los ojos. El peluche dijo, burlón:

 -Veo que la conoces. Llevo muchas. Bien, dejaré la ballesta en la mesa, sabiendo que tendrás las manos quietas.

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Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.30

Subsaga de la Niña Serpiente

El Bonta

 Vivi hurgaba en la pila de almohadas, muñecas y peluches a la que cayeron cuando cerró el portal. Estaba oscuro. El mago supuso que se hallaban en un cuarto para depósito de trastos, de cosas que habían aburrido y hartado a Silky. Muchos de los muñecos tal vez fueron experimentos malogrados, y esta idea lo apenó; un bosquejo de Vivi podría estar entre ellos. La  Principita, por su parte, repicaba incansable, con intervalos de gimoteos y moqueos, el nombre de su amigo; con la paciencia que le era habitual, el mago dijo que debía encontrar el báculo, para que tuvieran lumbre, y que pronto estaría con ella,

 Vivi por fin dio con el báculo. Se arrimó a Eiko y tomó a la niña de la mano; ésta se calmó, y el mago se dispuso a encender el báculo. Para decepción de la Principita, iluminó lo que una luciérnaga.

 -Ten paciencia, Eiko. Hay demasiados muñecos por aquí y debo ser cauto con el fuego. ¿Ahora está mejor?

 -Sí.

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