Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 70

Moegami

 Ëlen contaba al Espantapájaros del pececito que había obtenido como premio después de jugar con Nuregami al Kingyo Sukui. Ambos merendaban en la habitación del té, aquella misma donde Ëlen había atrapado a Yumigami y que había sido rápidamente arreglada por los magos negros tras el destrozo causado por la carta de la luna. Estaban sentados sobre cojines, con una mesita de madera delante; a espaldas del Espantapájaros había un mago negro, Sombrerito como lo había apodado Ëlen; en el regazo de la niña, cruzado de brazos, estaba Kero, que escrutaba ceñudo al Espantapájaros. Para asombro de la pequeña, pues el peluche era todo un goloso, se había negado a comer la delicia servida por el mago con el té, un pastelito de arroz como el mochi que podía crear la niña con la magia de Yumigami y que se llamaba, le contó el mago, wagashi.

 En un rincón, sentada en la maceta de uno de los cerezos enanos que decoraban la habitación, Tomoyo transmitía encantada cuanto hacía Ëlen, con la bolita de cristal pegada a la varita que, cual catalejo, tenía puesta sobre el ojo. La muñeca estaba embelesada con las ropas nuevas que lucía la niña en reemplazo del traje de ranita que había llevado hasta el momento. Se trataba de un traje de conejito de nieve que consistía en un abrigo y pantalones abombados bordó, calzas amarillas y guantes y botas rojas y una capucha con orejas de conejo, también bordó. Unas bolas peludas amarillas en el pecho y las botas remataban la simpatía del disfraz.

 En tanto, en el dosel de Silky, Luciérnaga, Mariposa y Rocío miraban con atención lo recibido por la bola de cristal que tenían sobre almohadas en la cama, ansiosas por que Ëlen dejara de parlotear y fuera a cazar otra carta para poder lucir así el traje de conejito que ellas y Tomoyo le habían confeccionado. El pececito atrapado por Ëlen dormitaba en la colorida pecera que le habían hecho las muñecas y que reposaba a un costado en la mesita de luz. Mei Ling 3, siempre en las sombras, observaba para el Bonta.

 Cuando Ëlen terminaba su pocillo de té, el rostro de pronto se le ensombreció. Se había divertido tanto hasta entonces que no tuvo tiempo para caer en la cuenta de que estaba en una casa extraña y que estaba sola. Pero este pensamiento, como no podía ser más en una niña de su edad, apareció, quizás por la sombra siniestra del Espantapájaros, y le apagó rápidamente los ánimos. La niña hacía fuerza para no llorar. Las muñecas la miraban acongojadas, sintiendo propia su tristeza. Tomoyo se deshizo de la pena y ternura por la pequeña, y de no ser porque no podía interrumpir la transmisión, habría corrido a echarse a su regazo, para hablarle con la dulzura acariciadora que le era característica. Por lo que sabía por Kero, imaginó lo que afligía a la niña. Con delicadeza que enardeció al peluche, pues no tuvo dudas de que había sido largamente ensayada con Silky, el Espantapájaros preguntó:

 -¿Qué pasa, Ëlen? Extrañas a tu amiguita Eiko, ¿verdad?

 La pequeña, con la cabeza gacha y llanto bajito, asintió.

 -Oh, ¿no te he dicho? ¡Qué cabeza la mía! ¡Llena de paja y ni un pajarito amigo que recuerde las cosas a este viejo muñeco!

 La niña comentó entre risas y sollozos.

 -¡Es que los pajaritos te tienen miedo! ¡Espantapájaros es un nombre feo!

 Tomoyo era toda miel en los ojos. Kero en cambio, rabioso por la sutileza vil que entrevió en las palabras del Espantapájaros, se obligó a contenerse para no delatar sus sospechas y poner a la defensiva al muñeco. Necesitaba saber qué tramaba y si esto involucraba a las cartas. El Espantapájaros, riendo de buena gana, dijo:

 -Jo, muy acertada observación, señorita. Entonces pensaré en un nombre menos feo para que los pajaritos no huyan al verme. ¿Me ayudarías a buscar uno?

 Más animada, la niña respondió:

 -Sí.

 -Muy bien. Pero antes que lo olvide… Me han dicho que vieron a tu amiguita jugando en el Bosque de los Cerezos.

 Los ojos de Ëlen brillaron con alegría:

 -¿En serio? ¿El Bosque de los Cerezos?

 -Sí, el bosque que rodea a esta casa. Y creemos que Silky ahora está jugando con ella. Lamentablemente, no sabemos del maguito negro, Vivi, ¿verdad?. Seguro está jugando en otra parte. El bosque es enorme.

 Kero, aliviado por saber de Silky, comentó:

 -O sea que Silky no está en la casa… Lo que supuse…

 El peluche concluyó con fingida simplicidad:

 -La niña no se aguantó las ganas de ir a corretear con la otra mocosa, ja. ¡Pero vaya lío que armó al dejar que Ëlen pudiera abrir el libro de las cartas!

 El Espantapájaros miró fríamente a Kero; meditó sobre el sentido de sus palabras y respondió con cautela:

 -Sin dudas…

 Ëlen, que no había olvidado lo que le había hecho Silky, y también un poco celosa por ella, interrumpió a viva voz:

 -¿Pero si Silky no va a pelear a Eiko? ¡Ella es una niña mala!

 El Espantapájaros río nervioso. Kero también. Tomoyo, si bien complacida por el candor de la niña, había llevado una mano a la boca y ahogado un suspiro. Las tres muñecas no toleraban que se dijera nada malo sobre Silky y en otras circunstancias habrían aparecido terribles como el trueno. Pero era tal el cariño que habían tomado a Ëlen que simplemente quedaron confundidas. Buscando aligerar lo dicho por la niña, el Espantapájaros, jocoso, comentó:

 -Jo, jo. No, como te he dicho, Silky estaba celosa, creyó que venías a robarle sus muñecas y juguetes, y por esto fue descortés contigo. Ella en verdad es una niña muy amable. No tengas dudas de que si está con Eiko, ambas se estarán divirtiendo mucho. Sin embargo, he enviado a un mago negro, uno muy especial, pues tiene largas alas para volar, a buscarlas. El bosque es un sitio de maravillas, pero también peligroso como para que dos niñas solas…

 El Espantapájaros no pudo concluir la frase. Los ojos se le fueron desfigurando por el terror. Kero voló de la falda de Ëlen y gritó para que la niña retrocediera y sacara el Bastón de Sello. La pequeña, chillando, se echó para atrás. Pero estaba demasiado asustada para atender a lo que le pedía Kero y que era que usara la carta Nuregami sobre el gallo que había emergido abrasador del pocillo humeante del Espantapájaros. Se trataba de Moegami, la carta del fuego. Para cualquiera hecho a base de paja y trapos, las brasas de su larguísima pipa la hacían la carta más aterradora.

 En la habitación de trastos, el Bonta, con la mitad del rostro en sombras, mascó del puro y esbozó una sonrisa.


*Moegami, otro dios celestial de Okami.

*El traje de conejito de nieve. Ya que estamos, pues hace mucho que la describí, les recuerdo que Ëlen tiene 6 años y que es una niña rubia peinada en largas trenzas y que tiene grandes ojos celestes.

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