Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 67

De paseo en bote

 Las niñas subieron al bote. Eiko, arropada como Silky, con el sombrero cónico y capa andrajosa que le había puesto la niña, exultaba con Mogu en brazos. La pequeña se sentó a un metro de su amiga, que se había parado en la popa del bote y abrazaba un largo remo. Silky habló hacia la cabaña:

-Puedes salir, Hahakigami. Nos vamos.

 Eiko y Mogu miraron sorprendidas. Silky no les había dicho que había alguien más en la cabaña a parte de las sandalias que dieron un buen susto a la Principita. Y lo que apareció no resultó para la pequeña menos inquietante que aquellos espantos. Una escoba de paja que andaba, con ojos de aspecto desquiciado y una boca con los dientes que le colgaban flojos y de la que salía una lengua como de lagartija. La escoba farfullaba inteligible y quejumbrosa, como una bruja cascarrabias imaginó la chiquilla. Eiko se echó hacia atrás y dio contra las rodillas de Silky, con Mogu que cruzada de brazos y con talante desafiante se había plantado graciosa entre la escoba y su amiga. Silky, divertida, dijo:

-Ja, no temas. Es otro Tsukomigami. Pero no salió para correrte a los escobazos. Las escobas no hacen bromas como los Bakezori. Le he pedido que barra el suelo para que ningún guardia pueda saber que anduvo por aquí una cría de olifante dejando sus torpes pisadas, je.

 La Principita abrió grandes los ojos y, con la escoba fuera ya de su preocupación, exclamó:

-¡Un bebé de olifante! ¿Y dónde está? ¡Quiero verlo!

 Silky meneó la cabeza. Se preguntó si a la edad de la pequeña era igual de cabezota.

 -Anda, olvídalo. Dejemos que el Hahakigami haga su trabajo. ¡En marcha!

 La niña, siempre de pie en la popa, después de cuidar que el sombrero estuviera ajustado, aunque esto más bien para recordarse que lo llevaba puesto, pues un viaje como el que estaban por emprender no podía, según ella, hacerse sin el sombrero que era de uso en Kamiki, movió con algo de esfuerzo el remo y el bote echó a navegar con la dulzura de un cisne. Eiko y Mogu dieron hurras. Silky sonrió. No estaba menos emocionada y feliz. Tan feliz estaba que pidió a Eiko que despertara por un ratito a Mei Ling y contara a la abeja, al Bonta y a Vivi que estaban navegando en bote. La niña lo hizo con gusto. Charlaron animadamente y, después de alguna reconvención y advertencia del Bonta, que les recordó que no estaban de paseo sino en una misión de rescate, siguieron disfrutando de la travesía.

 Llevaban un buen trecho recorrido entre las laderas de las montañas, trecho que les deparó la compañía de unas simpáticas nutrias que iban cargadas de troncos entre los dientes, para construir sus casas según contó Silky a la Principita, cuando la niña detuvo el bote. El sol estaba alto, pero la niebla en el curso estrecho que atravesaban se había espesado. Como Silky supuso que la imaginación estaba jugando una mala pasada a Eiko, pues la pequeña había parado su cháchara con Mogu en cuanto observó los cerezos macilentos que se retorcían temblorosos y borrosos hacia el río, pensó que sería bueno tenerla entretenida hasta que salieran de la niebla y así dejara de pensar que alguna aparición estaba merodeando. Aunque en verdad que Silky ciertamente había visto una entre los árboles, una criatura horrible que sabía habrá querido atrapar a la niña y usarla para estofado, y que si no lo hizo fue porque ella misma alguna vez lo puso en su lugar con la espadita de bambú; cuando tenía la edad Eiko, recordó con una melancólica sonrisa, el capitán del Batallón Pluto se había ocupado de el. Confiaba en que no lo hubiese visto. Dijo entonces:

 -Oye, Principita. ¡No se ve nada! Ven, que tengo una tarea para ti.

 La niña se apresuró a arrimarse a Silky. Miró inquieta hacia atrás. Aquella dijo:

 -Ten un momento el remo. Agárralo fuerte y no lo muevas. Y descuida, no hay monstruos por ahí.

 -Sí.

 La niña fue hacia el extremo de la popa y desenganchó la farola de papel de seda que colgaba de la punta y en la cual Eiko y Mogu no habían reparado hasta entonces. La Principita se admiró al verla. La lámpara era como las que conocía del castillo, con la forma que recordaba a un durazno y decorada con las letras raras de Kamiki y flecos amarillos en la base. Había tenido una por un ratito cuando salió al bosque y la ilusionó el poder jugar con ella, si es que Silky se la prestaba. Iba a pedírsela cuando Silky sopló bajo la lámpara y la vela que había dentro encendió mágicamente para dar un cálido resplandor naranja. La niña regresó y la tendió hacia la pequeña, que la miró con los ojos brillosos, tanto por la lumbre como por la alegría de hacerse con la farola, y dijo.

 -Toma. Dame el remo y ve a hacerme de luciérnaga, una luciérnaga cabezota, claro.

 La Principita, con una sonrisa de oreja a oreja, agarró farola del asa y, sentada de rodillas y con Mogu asomando de la chaqueta, se puso a echar luz según le iba indicando Silky: ora hacia a un costado, ora hacia el otro, o bien alto cuanto le daba el bracito para alumbrar delante del bote. Lo divertido de la tarea, a la que desde luego asumió con la seriedad esperable en los seis años, le hizo olvidar al monstruo que había creído ver sentado en un árbol y pescando con caña, una pesadilla que iba de humano a tortuga y que en Kamiki era conocido como Kappa, un monstruo que tenía por manjar a los niños. Sin embargo, en el Bosque de los Cerezos había aparecido algo mucho peor que un Kappa. El Espantapájaros había mandado al Vals nro 2 en busca de Silky, y ya escrutaba, con una magia terrible, al guardia que había sufrido la travesura de las niñas con las abejas.

 Eiko, a todo esto, con la niebla ya cediendo, exclamó mientras alborotaba con la farola:

 -¡Silky, mira, unas ranitas!! ¡Qué lindas!

 La niña levantó el remo, lo aseguró en la horquilla y fue con la pequeña y Mogu y se quedó mirando, con igual maravilla que ellas, pues amaba especialmente tales animales, a las minúsculas ranas que retozaban entre la multitud de lirios de agua. Extendió entonces la mano hacia la flor más cercana y con delicadeza retuvo una ranita sobre la palma y se la enseñó a la Principita. Esta, con alegría, abrió la mano libre de la lámpara y Silky dejó que la rana saltara hacia ella; ambas entonces, y también Mogu, rompieron en risas cuando la rana dio un latigazo con la lengua y se comió la polilla que merodeaba en la lumbre de la farola.


* Si quieren saber más de los Hahakigami, link. Y aquí del Kappa.

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