Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 66

El Tsukumogami

 Terminado el recreo con los pastelitos daifuku, las niñas retomaron la marcha. Dejado atrás el campo de lilas y hortensias, dieron con una formación de montañas de media altura en cuyas cumbres se erguían, apartados y solitarios, unos cerezos. Entre las laderas, serpenteaba un río de aguas pardas sobre el que ascendía una cerrada niebla. Las niñas se tumbaron entre los pastos, estaban en terreno elevado, y echaron a mirar con el catalejo. Al cabo de un rato, Silky, convencida de que la pedregosa ribera, cubierta por multitud de margaritas, estaba despejada, se levantó y dijo:

 -Iremos hacia esa cabaña…

 La niña señaló la cabaña para pesca hecha a base de paja y barro que adelantaba a las montañas y de la que asomaba un muelle con un estrecho y alargado bote amarrado.

 -O mejor dicho, tú irás, enana.

 -¿Yo? ¿Y tú no vendrás conmigo?

 Silky sonrió con el nubarrón que ensombreció el rostro de la niña.

 -No.

 -¿No? ¿Y me vas a dejar solita?

 El urgido afecto en las palabras de la pequeña y su expresión a punto de llanto tomó por sorpresa a Silky. Se sintió abrumada. Ella también era una niña y entendió que había asumido una responsabilidad hacia Eiko para la cual no había advertido su completa dimensión. Todo no podría ser un juego. Rápidamente, pues temió una escena para lo que no sabría lidiar, buscó tranquilizarla:

-No seas cabezota, no te dejaré sola. Te seguiré a unos metros. Simplemente quiero que aprendas a acercarte con sigilo a una casa…

 -¿Qué es sigilo?

 -¡Diablos…!

 La pequeña, con el índice apuntado a la niña, advirtió con seriedad:

 -Si dices palabrotas como el Bonta, Mei Ling te va a retar…

 -¡Maldición…! ¡Argh, escucha, mocosa!

 La niña finalmente pudo explicar a Eiko lo que quería. La pequeña, habiendo comprendido que se le había encargado una tarea importante, se dispuso a ello con entusiasmo. Mogu además, como le recordó Silky, estaba en su chaqueta. No tenía nada que temer, siempre que hiciera como había indicado la niña y que era quedarse pegadita a un paso de la puerta de la cabaña y escuchara sin moverse. Así, pues, en tal faena se hallaba la Principita, con un oído en la puerta abierta de la cabaña, buscando saber si había guardias dentro. Silky observaba agazapada en el bote, con una mano hacia la espalda, puesta en el mango de la espadita por si se presentaba alguna dificultad, aunque en verdad lo hacía así por que tal acechante postura era lo que convenía para alguien que llevaba puesta la máscara terrible del Kitsune, o al menos es lo que creía.

 La niña miraba divertida a la Principita, parada de lado junto a la puerta, seria, atenta y con las mejillas arreboladas por el temor. Con sus ásperas ropas para camuflaje y la bandana desgastada que le caía en flecos hacia los lados del cuello, en contraste con la moguri que asomaba simpática de su chaqueta husmeando como un hurón, la pequeña le resultó una miniatura de montaraz adorablemente cómica y tierna. Pensó en sus tres muñecas, y se apenó por que no podrían estar viéndolas a través de la bola de cristal. Sin embargo, tal graciosa escena llegó a una brusca interrupción, pues desde las sombras de la cabaña brincó ante Eiko una criatura grotesca que con voz retorcida y burlona canturreó con malicia:

-¡Kararin, Kororin, Kankororin!

 La Principita dio un grito y asustada echó a correr. Una sandalia de paja con brazos y piernas de tres dedos, un ojo avieso entre las correas y una boca de la que vivoreaba una larga y asquerosa lengua iba tras ella.

 -¡Kararin, Kororin! ¡Te atraparé niña traviesa! ¡Y te daré diez chancletazos en la cola! ¡No, que sean veinte! ¡Así aprenderás a que no hay que husmear en casa ajena, Kankororin!

 La amenaza, inquietante para cualquier niño, alborotó todavía más a la pequeña, que había disparado hacia donde estaba Silky. Sin embargo, esta caía como una rapaz detrás la sandalia y, ante la azorada mirada de la criatura, la niña dio un puntapié y la echó lejos al agua. La sandalia, arrastrada por la corriente, seguía canturreando. Eiko, abrazada a Silky y una vez que no oyó más la cantinela ominosa de la sandalia, preguntó:

 -¿Esa sandalia era un monstruo? ¿En serio me iba a dar chancletazos en la cola?

 La niña, jocosa, respondió:

 -Jo, jo. Era un Tsukumogami.

 -¿Un qué?

 -Ja, un Tsukumogami. Son cosas de la casa que después de un tiempo que no son usadas cobran vida y aspecto de persona, como la sandalia que te atacó, ji, que son conocidas como Bakezori.

 -¡Qué nombres raros! ¡No me saldría decirlos! ¡Son muy difíciles!

 -Son todos nombres de la aldea de Kamiki. Ya te tendrían que ser familiares, ja.

 Mogu, que había saltado de la chaqueta de Eiko, parada sobre uno de los postes del muelle, preguntó:

-¿Y hay más cosas raras en la cabaña, kupo? ¿Habrá otra sandalia de espanto? La gente normal usa dos sandalias, kupo. Si hubo una, habrá otra, kupo.

 La Principita palideció y miró con preocupación a Silky. Esta sonrió y dijo:

 -Pues ahora veré, ya que al parecer hace tiempo no pasan guardias por aquí y no sería extraño que haya más Tsukumogami. De paso iré por algo… Mogu, cuida de Eiko y no dejes que asome al río.

 -Entendido, kupo. ¡Eiko, mira, kupo!

 La niña miró hacia donde le indicaba la moguri y el rostro se le iluminó de maravilla. A unos metros al costado del muelle, sobre una roca que había en la parte profunda de la orilla, una alta y esbelta ave rosada hundía violentamente la cabeza, para sacarla luego con un pez retorciéndose dentro su ancho y aplanado pico.

-¡Mogu, está pescando! ¡Qué linda! ¿Qué es?

 -Puede que sea una garza, kupo. Los moguris no sabemos mucho de aves, kupo.

 Una vez devorado el pez, el ave levantó vuelo. La Principita y Mogu la miraban encantadas volando río abajo, en dirección a las montañas, cuando la niña, con consternación, oyó que llegaba de la cabaña:

 -¡Kararin…! ¡Auch!

 Otra sandalia buscaba escarmentar a la Principita. Sin embargo, para alivio de la pequeña, esta apareció volando alto sobre su cabeza y yendo, y sin dejar nunca de canturrear como la otra, a toda velocidad hacia el agua. Mogu, haciendo visera con la mano, pues el sol había asomado entre los cerros comentó:

 -Ahí va la segunda, kupo. Silky seguro se la sacó de encima con otro patadón, kupo.

 -¡Si! ¡Se lo merecen, sandalias malvadas, blu!

 Cuando Eiko concluyó burlona el inconfundible gesto infantil con la lengua, Silky salió de la cabaña. La niña apareció envuelta en una roída y polvorienta capa gris que llevaba anudada al cuello y que le caía hasta las rodillas. Entre los brazos cargaba otra capa y un sombrero cónico de paja verdoso; en la cabeza, ajustado a la barbilla con cordón, llevaba uno igual aunque algo más grande. La máscara del Kitsune la tenía oculta, puesta de revés. La niña, feliz, quizás por la emoción por algo que hacía rato no disfrutaba, exclamó:

-¿Qué esperan, pequeñajas? ¡Al bote!


 * Aquí podrán saber más de los Bakezori y los Tsukogami: link.

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