Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 55

Yumigami

 -¡Kazegami, vuela!

 Ëlen dio con el pico del bastón a la carta y echó a volar como una brujita por el largo pasillo de piso de madera que se abría ante la habitación de Silky. Kero volaba atrás, con Tomoyo que montada a su lomo transmitía, a través de la varita que no despegaba del ojo derecho, cuanto hacía Ëlen. Las muñecas, mirando a la pequeña a través de la bolita de cristal, vitoreaban. Mei Ling 3, medio oculta entres los almohadones de la cabecera de la cama, observaba, y con no menor emoción. El Bonta había encontrado peligroso que la abeja siguiera a Ëlen, así que le pidió que aprovechara la bola de cristal para mantenerlo al corriente de todo, especialmente en lo que refería al Espantapájaros.  El peluche encontraba sospechosa su ausencia y que no buscara vigilar con un mago negro los movimientos de Ëlen.

 Llegaron al fin del pasillo. Dieron con un panel de puertas corredizas en la que había dibujado un estanque con ranas que croaban, con algunas que chapoteaban y otras que estiraban la lengua hacia algún mosquito, entre almohadillas de lirio. Kero miró la farola de papel que pendía del techo y se encendía y apagaba para inquietud de Ëlen, que temía que en los instantes de oscuridad apareciera un fantasma. Las muñecas callaron. El peluche dijo:

 -Esto no está bien. La farola siempre está encendida. Sin dudas, una carta está haciendo de las suyas. Ëlen, ¿estás lista? Del otro lado habrá una Carta de Silky. Tenemos que capturarla.

 La niña, que había regresado el bastón a su forma normal, con este aferrado fuerte en las manos, con poca convicción respondió que sí. Imaginaba que tras la puerta habría un fantasma o un monstruo. Tomoyo, jovial, y siempre con la varita curiosa sobre el ojo, la alentó:

 -No temas, pequeña Ëlen. Verás que las cartas son muy traviesas. Nos divertiremos mucho, ji.

 La muñeca, que se había quedado muda observándola, melosa añadió:

 -¡Ay, no me canso de mirarte con tu disfraz de ranita! Sonríe, por favor. Así está mejor. Una carita de susto no va bien con tan hermoso vestido.

 Kero, impaciente, exclamó:

 -Entremos, pequeña. Iré a tu lado. No temas.

 Ëlen corrió la puerta. La recibió una habitación iluminada con farolas situadas en el piso. Las paredes eran paneles deslizables decoradas con paisajes y escenas de animales. Ëlen había estado antes en la habitación, cuando convertida en Pulgarcita había salido a pasear con las muñecas. Estas le habían dicho que el cuarto era para tomar el té. Silky solía traerlas todas las tardes. Las sentaba en los almohadones que había junto a la mesita baja del centro, y disfrutaban dichosas de la infusión. Como se trataba de un espacio para el silencio y el sosiego, cosa en verdad difícil para Silky como para las muñecas, a diferencia de otros sitios de la casa, se hallaba libre de juguetes y peluches que pudieran distraer a las niñas. Un par de cerezos enanos, plantados en macetas, a parte de las pinturas de los paneles, completaban con delicada sobriedad la decoración.

 Pero, a diferencia de lo habitual, el cuarto ahora era expresión viva del ruido y el desorden. Kero exclamó:

-¡Es la carta Yumigami!

 La niña la observó con embeleso. Se trataba de un conejo blanco de tamaño considerable. Tenía el cuerpo, tal como ocurría con Kazegami, salpicado por surcos carmesíes, pero con la diferencia que expresaban lunas menguantes, no remolinos. Alto y pesado sobre la cabeza, alzaba un potente mazo de madera. A sus pies, había un mortero con una pasta blanca dentro. Para asombro de la niña, el conejo parecía un dibujo, como si una pintura hubiese cobrado vida. Los ojos del conejo entonces brillaron feroces. Kero exclamó:

-¡Corre, Ëlen!

 La niña quedó tiesa. El conejo dio salto y le cayó con la maza, terrible. La muñecas en el dosel gritaron. También Mei Ling. Se taparon los ojos. Los abrieron y encontraron, para su alivio, a la pequeña a salvo, aunque con el conejo que la corría por la habitación a los mazazos. Para mayor sufrimiento de la niña, con cada golpe en el suelo todo se oscurecía por un segundo dando lugar a una escena fantasmagórica. Pero entonces un mazazo dio de lleno en la mesita. La maza quedó atrapada. Mientras el conejo procuraba liberarla, Kero exclamó:

 -Ëlen, ¡ahora! Usa a Kazegami como te enseñé.

 La niña, toda llorosa, dejó de correr. Permaneció unos segundos aturdida y temblando. Las muñecas gritaban, la animaban como si estuvieran a su lado y no viéndola a través de una bola de cristal. También Mei Ling, que había dejado a un lado la discreción, aunque la bulla de las muñecas ahogaba su vocecita. Por fin, la niña se animó. Se restregó las lágrimas de los ojos con el puño y sacó la carta del bolsillo. Levantó el alto el bastón y dio a la carta mientras profería:

 -¡Kazegami, encadena al conejo malvado!

 Tomoyo emitió una risita. Kero se rascó la cabeza. Lo del conejo malvado no estaba en la línea que la niña que debía decir. De la carta emergió la forma de un caballo, que parecía hecho de tinta y que se abalanzó hacia el conejo como una ráfaga que iba adquiriendo la forma de un lazo. Pero el conejo, cuando el lazo lo ceñía, logró extraer el mazo de la mesa. Escapó de un salto. Cayó a uno pasos del mortero. Kero dijo:

 -No importa, Ëlen. Kazegami irá de nuevo por el conejo. No lo dejará en paz hasta que lo atrape.

 La ráfaga retomó la persecución. El conejo, sin embargo, no se movió. Serio, señaló con la maza el mortero. Kero lo escrutó unos largos segundos. Por fin, viendo lo que buscaba el conejo y temeroso de que con Yumigami capturado se perdiera algo importante, urgido exclamó:

 -¡Ëlen, regresa a Kazegami! ¡Todavía no debemos capturar la carta!

 La niña miró perpleja al peluche, que observaba el mortero como si se le hiciera agua la boca. Tomoyo le sonrió. Le dijo que hiciera como le pedía. Miró al conejo. Este asintió con la cabeza repetidas veces. Ëlen, pues, dubitativa regresó a Kazegami a la forma de carta. El conejo entonces se paró a dos pasos del mortero. Kero dijo:

 -Anda, Ëlen. Siéntate de rodillas delante del mortero. Yumigami dará un mazazo. Descuida. Lo asestará al contenido del mortero.

 La niña se acercó despacito. Observó con curiosidad la pasta que había dentro. Tomoyo comentó:

 -Es pasta de arroz, pequeña Ëlen. Cuando Yumigami le pegue con la maza, revuelve la pasta con las dos manos. Pero no te demores. Tócala apenas y quita las manos.

 Kero, viendo las dudas de la pequeña, que todavía desconfiaba del conejo, dijo.

 -Yumigami es una carta muy traviesa, aunque puede pasarse de pesado con sus bromas, ji. Lo que en verdad buscaba era ayuda para machacar el arroz. Por esto hacía titilar el pasillo, para llamar la atención y que alguien acuda al cuarto. Como se trata de la carta, digamos, de la luna, tiene el poder de volver de noche el día o de apagar las farolas. También puede crear unos pastelitos deliciosos…

 Ëlen río divertida. Curiosa por lo último que dijo el peluche, se dispuso a echar una mano a Yumigami. Este entró a machacar el mortero. Daba un golpe, Ëlen entre risas revolvía la pasta, y repetían. La niña se la pasó a gusto. En el dosel, Mariposa, con los ojos que relampaguearon suspicaces y tormentosos, advirtió:

 -¡Kero, si te comes todos los pastelitos te convertiré en sapo!

 Sus hermanas, ceñudas, repitieron lo dicho. Mei Ling estalló en risas, que se apresuró por sofocar. El Bonta, del otro lado, exasperado preguntó:

 -¿Qué rayos, Mei Ling? Habla.

 -La niña y Yumigami están preparando mochi.

 -Maldita sea. No quiero saber de tonterías. Corta.

 Ëlen probó la bolita que había moldeado con la indicación de Tomoyo, un pastelito de arroz que en la aldea de Kamiki se conocía como mochi. La niña lo encontró delicioso. Yumigami sonrió, satisfecho. Negó amablemente cuando la pequeña le quiso convidar con uno. Kero, por su parte, se había echado tres y se encontraba saboreando el cuarto. Desde el dosel, las muñecas chillaban. Luciérnaga se puso a zamarrear la bolita de cristal y a darle airados golpecitos. Kero estaría en problemas si no les dejaba nada. Ëlen, seria, dijo:

 -¡Kero, no seas malo! ¡Les tenemos que guardar unos pastelitos a Mariposa, Luciérnaga y Lluvia!

 Las muñecas dieron hurras. Luciérnaga dejó en paz la bolita de cristal. Aguardaron atentas la respuesta de Kero. De mala gana, el peluche aceptó.

 -De acuerdo, pequeña. Tenemos que regresar. Es tarde además. Debes dormir, porque mañana nos espera un largo día con las cartas. Pero antes, tienes que capturar a Yumigami.

 Ëlen se levantó. Con el bastón en las manos, miró con pena al conejo. Este le sonrió. La niña comentó:

 -Kero, Yumigami no es un conejo malvado. Nos enseñó además a hacer estos pastelitos. ¿Y si lo dejamos? ¿Y si quiere ser nuestro amigo?

 Kero negó con la cabeza. Dijo con delicadeza:

 -No, el lugar para Yumigami es con las demás Cartas de Silky. Mira, te está diciendo que es así, que debes hacerlo.

 Ëlen miró a Yumigami, que asintió con la cabeza. La niña, pues, se decidió. Se despidió de la carta agitando la mano y alzó el Bastón del Sello. Las muñecas dieron unos saltitos, emocionadas. Miraron expectantes. La pequeña entonces exclamó mientras descargaba el bastón:

 -¡Yumigami, regresa a la forma humilde que mereces!

 El pico del bastón se detuvo a poco de la cabeza del conejo, contenido por una carta vacía que emergió mágicamente. Yumigami se fue desdibujando y en un reguero de tinta la carta poco a poco lo fue absorbiendo. Desapareció. La carta cayó al suelo. Kero fue por ella.

 -Toma, Ëlen. Has capturado tu primera carta. Buen trabajo.

 La niña, contenta, la observó detenidamente. Estaba dibujada con el mismo estilo de acuarela que Kazegami y representaba a Yumigami tal cual lo había conocido: un blanco conejo de surcos carmesíes que machacaba un mortero en una redonda luna. También reconoció el nombre de la carta escrito en los mismos caracteres raros que Kazegami. Iba a preguntar por ellos a Kero cuando Tomoyo dijo:

  -Ay, pequeña Ëlen, no olvides saludar a las muñecas, que te están mirando desde la bolita de cristal y seguro te han dado ánimos para que puedas capturar la carta.

 La niña, alegre, agitó la mano. Saludó a cada una por el nombre. Las muñecas gritaron, felices. Tomoyo, sin embargo, con simpática pesadumbre añadió:

 -Oh, ahora que lo pienso, esto no está bien. Una Cazadora de Cartas necesita una pose y saludo pintorescos, y más cuando viste un trajecito de ranita tan mono. Pero es tarde. Mañana antes de partir nos tomaremos unos minutos para ensayar poses. Y por supuesto, con Lluvia, Mariposa y Luciérnaga te buscaremos nuevos disfraces. ¿Quieres?

 La niña se mostró de acuerdo con entusiasmo, aunque de ser por ella no se quitaría más el trajecito de rana, ni para dormir. Entonces, pues, con la indicación de Kero dio con el bastón a Kazegami y, siempre como una brujita de cuentos, se encaminó volando hacia la habitación de Silky. Las muñecas, en tanto, se habían dormido. Kero, para su pesar, tendría que esperar hasta la mañana para comer los pastelitos mochi. Aunque seguramente se los comería a todos en cuanto Ëlen se durmiera. Total, por la mañana pediría a la niña que con la carta Yumigami creara más.



*Yumigami es uno de los dioses celestiales de Okami.

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