Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 54

 ¡Vamos a cazar cartas!

 Ëlen esperaba con el bastón en las manos, ansiosa por dar un golpe en cuanto Kero arrojara la carta Kazegami. Las muñecas estaban en silencio y expectantes.

  -¿Lista, pequeña? Ahí va…

 Kero dejó caer la carta. La niña entonces, antes de que la carta tocara el suelo, y como si golpeara con un pico, le asestó fuerte con el bastón mientras profería las palabras que le había enseñado el peluche:

 -¡Kazegami, vuela!

 La carta brilló cegadora. El bastón desapareció y la niña, perpleja, se encontró sentada en el aire sobre el, con las manos aferradas cerca de la base. La carta había desaparecido. Con maravilla, observó el par de grandes alas que salían de las gemas de la cabeza del bastón y que se batían leves a su espalda. Las muñecas gritaron felices cuando Ëlen, como una brujita de cuentos, a las risotadas echó a volar por la habitación.

 -¡Bravo, Ëlen! La carta Kazegami, por ser una carta de viento, te permite volar. Ahora, por favor, baja, o te estrellarás con algo.

 La pequeña, aunque no fue su intención, pues quería volar un ratito más, regresó con Kero dirigida por el bastón, o más bien, por Kazegami, que regresó a su forma de carta y a las manos de Kero. Las muñecas protestaron. Querían que Ëlen las llevara a volar de paseo por la casa. La niña se mostró de acuerdo. Porfiaron todas a coro un buen rato hasta que Kero logró convencerlas con que cuánto más se demoraran en capturar todas las cartas, más tarde habrían de descubrir y divertirse con sus maravillas. Sin embargo, el peluche tuvo una dificultad mayor que sortear, verdaderamente riesgosa por el berrinche que podría ocasionar en las muñecas:

 -Lo siento, niñas. Solo yo podré acompañar a Ëlen a capturar las cartas.

 Lluvia, con lo ojos encendidos, gritó:

 -¡No! ¡Yo quiero ir!

 Las otras reclamaron igual. Ëlen tomó partido por ellas. Kero sin embargo se mostró inflexible. Luciérnaga canturreó amenazante:

 -¡Si no nos llevas te convertiremos en sapo! ¡Si no nos llevas te convertiremos en sapo!

 Sus hermanas se sumaron al cantito de guerra. Pero Kero sabía lidiar con ellas. Con marcada indiferencia, sugirió:

 -Oh, bien, niñas. Acompañarán a Ëlen a buscar las cartas y yo me quedaré en la cama mirándolas con una taza de chocolatada y un plato de dulces todo para mí. Me prestarán la bola de cristal, ¿verdad? Ah, y ya que habré de quedarme, seré quién se pondrá a hurgar en el ropero de Silky para encontrar un hermoso disfraz para Ëlen, pues una Cazadora de Cartas tiene que vestir como para una ocasión especial.

 Las muñecas enmudecieron. Se miraron dudosas. Acompañar a Ëlen las entusiasmaba, pero sabían que no podrían entrometerse con sus labores de cazadora y que esto no tardaría en aburrirlas. Observar en cambio a la niña como en una obra de teatro, aunque mucho más emocionante, vistiendo las ropas que ellas habían elegido… Mariposa, por fin, exclamó:

 -¡Yo me quedo!

 Luciérnaga y Lluvia compartieron el parecer. Kero, jocoso, comentó:

 -Oh, ¿entonces quién acompañará a Ëlen? Ella no conoce la casa. No podemos dejarla sola.

 Las muñecas respondieron a una voz:

 -¡Kero!

 El peluche, satisfecho por haberse salido con la suya, entre risitas aceptó el encargo. Ëlen se mostró conforme. Quería ponerse ya a cazar cartas. Kero dijo:

 -En un ratito, pequeña. Mientras las muñecas preparan todo, saldré de la habitación a ver cómo andan las cosas. ¿Niñas?

 Luciérnaga miró hacia el panel de papel traslúcido y marco de madera decorado con una pintura en la que unos cervatillos retozaban entre cerezos. El Espantapájaros les había dicho que no debían abrir, pero no le importó. Los ojos de la muñeca brillaron y una de las puertas que componían el panel se corrió encima de la otra. Un mago negro hacía guardia. Miró, alarmado. Kero voló hacia el y Luciérnaga cerró.

 Kero regresó al rato, después de advertir al mago negro que las cartas habían escapado y que Ëlen saldría a capturarlas. El mago se había visto desbordado por la situación y pidió al peluche que aguardara, que iría a informar al Espantapájaros. Pero Kero dijo que daba igual, que a no ser que se presentara Silky, él como guardián de las cartas tenía libertad para decidir qué hacer cuando ellas escapaban. Las muñecas además, y enfatizó en esto, estaban emocionadas por ver a Ëlen como Cazadora de Cartas. El mago tembló. No dijo más. El peluche, pues, encontró a Ëlen parada ante el espejo oval que colgaba a un lado de la cabecera del dosel, con las muñecas que le revoloteaban como hadas mientras ultimaban detalles del disfraz. La niña se divertía poniendo caretos. Al ver a su amigo, dio la vuelta y radiante preguntó:

 -Kero, ¿te gusta mi disfraz?

 El peluche la examinó caviloso. La pequeña llevaba un vestido verde que le caía acampanado a poco de las rodillas. Los hombros los tenía al descubierto y de los antebrazos le bajaban unas mangas que se ambombaban hacia la mano. Calzaba largas medias blancas y botitas al tono del vestido. La cabeza la tenía cubierta por una amplia capucha con forma de cabeza rana. Kero, encantado por la gracia infantil del disfraz, comentó:

 -Ji, estás monísima. Toda una ranita.

 La pequeña río feliz. Las muñecas, no obstante, apucheraron. Kero se apresuró a agregar:

 -Un hermoso vestido, niñas. Perfecto para una Cazadora de Cartas. Las felicito. Ejem, ¿listas?

 Las muñecas entraron al dosel, tenuemente iluminado por la medialuna que pendía del techo, y se recostaron con la espalda reclinada hacia los almohadones que daban a la cabecera de la cama. Los cabellos les caían largos y sedosos, pues Ëlen las había terminado de peinar, y vestían camisones para dormir. La niña las tapó hasta la cintura con la manta, que era color cerezo, y dejó sobre las rodillas de la muñeca del medio, Mariposa, un plato repleto con variedad de dulces. A la izquierda estaba Luciérnaga y a la derecha Lluvia. En medio de la cama, sobre otro almohadón, había una bola de cristal. Ëlen le echó un vistazo. Pero para su desencanto no vio más que su reflejo. Kero la llamó. Corrió hacia él.

 Una muñeca, que tendría alrededor de unos quince centímetros y el aspecto de una niña de diez años, sorprendió a la pequeña. Estaba montada al lomo de Kero. Tenía los cabellos azabache peinados con flequillo y ataviados con una vincha rosa. La cabeza, como ocurría con Luciérnaga y sus hermanas aunque todavía más, era grande en relación al cuerpo. Vestía una chaqueta negra con un moño en el pecho, una falda corta blanca, medias blancas y zapatos negros. La niña la miró con curiosidad. La muñeca llevó sobre el ojo izquierdo una varita que terminaba en una bolita de cristal con la que al parecer la podía mirar, pues el otro ojo lo cerró. Mientras le sonreía y la saludaba con la mano, dijo con tono jovial y meloso:

 -Hola, pequeña Ëlen. Mi nombre es Tomoyo. ¡Qué hermosa luces con tu traje de ranita! ¿Quieres, por favor, mandar un saludo a las muñecas?

 La niña, con algo de desconcierto, agitó alegre la mano. El dosel entonces resonó con los gritos felices de las muñecas, que a través de la bola de cristal que tenían en la cama, y por mediación de la varita de Tomoyo, podrían observar a Ëlen por toda la casa jugando a la Cazadora de Cartas.



Tomoyo…
tomoyo sakura muñeca

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