Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 53

La Cazadora de Cartas

 -¡Kero, Kero, Kero!

 Las tres muñecas alborotaban como cachorritos alrededor de Kero, que estaba sentado sobre un almohadón del dosel con Pulgarcita, dichosa, montada a su cuello. El peluche, con poca paciencia para tales fiestas, buscando apaciguar los ánimos dijo a la muñeca de largos cabellos negros, peinados en un espeso flequillo y adornados con un crisantemo en la sien izquierda, y enormes ojos azabaches que respondía al nombre, traducido a la lengua común, de Luciérnaga en el Jarro de las Campanillas Blancas:

 -Hola, Luciérnaga. ¡Tanto tiempo! ¡Qué hermoso vestido que te ha hecho Silky!

 La muñeca, de unos treinta centímetros y que tenía la cabeza bastante grande en relación al cuerpo y el aspecto de una niña pequeña, llevaba un conjunto floreado de seda violácea, de largas y amplias mangas y abrochada a la cintura con fajín. Con graciosa etiqueta, con las manos dentro de las mangas opuestas y una corta reverencia, ensayó un gracias. A su derecha, la muñeca de cabellos celestes, peinados también con flequillo y que le caían de las sienes en una cascada que terminaba en pesados bucles, y ojos azules, apucheró al oír a Kero. La muñeca, siempre según la lengua común, se llamaba Lluvia que despierta las Hortensias. El peluche, conociendo de lo rápido que la muñeca se daba a las rabietas, se apresuró a comentar:

 -Hola, Lluvia. También llevas un vestido muy hermoso. Silky ha progresado mucho como sastre.

 Lluvia vestía con no menos pompas que su hermana. Una chaqueta rosa suntuosamente adornada con motivos florales que se abombaba hacia la falda, bajo la cual a su vez caía una amplia falda negra con bordados celestes. La muñeca se mostró altivamente satisfecha. No creyó necesario decir gracias. Por último, a la izquierda de Luciérnaga, con los preciosos ojos castaños humedecidos, porque estaba segura que Kero no tendría un cumplido para ella, estaba Mariposa entre los Girasoles de la Tarde. Sus cabellos, no tan largos como los de sus hermanas, eran de un naranja intenso y también en flequillo, aunque más corto. A diferencia de las otras, no vestía como una princesita, sino que llevaba un sencillo vestido marrón a cuadros. Esto era así no porque Silky la tuviera en menos, sino porque la muñeca era la más revoltosa cuando tocaba jugar y siempre echaba a perder los vestidos a los que Silky demoraba días confeccionar y horas de paciencia ponerle. Kero, mirándola, dijo:

 -Hola, Mariposa. ¿Por qué esa cara? Llevas un vestido tan hermoso como el de tus hermanas, ¿verdad, Ëlen?

 No muy convencida, porque no entendía bien por qué el vestido común de una niñita podía ser igual de hermoso que el espléndido disfraz de princesa, movida por su natural simpatía la niña respondió que sí. Mariposa estaba feliz. Las otras muñecas, no obstante, con la total inocencia de sus cuatro años, quisieron mostrar su desacuerdo, simplemente porque Mariposa vestía menos colorido y con los cabellos peinados sin afectación o adornos. Pero Kero, que sabía que una rencilla entre las muñecas expondría a la habitación, como poco, a las llamas, inmediatamente pasó al asunto que lo llevó a despertarlas. Con precaución, pidió:

 -Niñas, necesitaré que por un ratito regresen a Ëlen a como estaba antes de jugar a Pulgarcita.

 Las tres, con los ojos que les echaron chispas, exclamaron:

 -¡No quiero!

 Tomó un rato a Kero convencerlas. Temían que les quisiera robar a Ëlen. No fue hasta que les contó que la niña tendría que capturar las cartas que accedieron. Hacía mucho que no veían a Silky jugar a la Cazadora de Cartas, y que la niña fuera a hacerlo las puso en estado de ebullición. Las muñecas se pusieron inmediatamente con la tarea. Ëlen entonces, y con algún desencanto, porque las muñecas no podrían ya tratarla como a su hijita, regresó a su tamaño normal. Esto trajo aparejado una incomodidad para Kero que el peluche lamentó no haber previsto. La pequeña no bien repuesta lo agarró de las patas delanteras y entre risas se lo llevó al regazo como a un cachorrito, donde lo tuvo medio sofocado con la espesa fragancia a melocotón y vainilla de sus trenzas y ropas y padeciendo sus mimos y vocecita acaramelada.

  A todo esto, Mei Ling 2 observaba. Contó al Bonta lo que ocurría:

 -¿Qué piensas?

 El osito dejó de mascar de su puro y dijo:

 -No hay nada que podamos hacer. Con suerte, las cartas darán un disgusto al Espantapájaros.

  Vivi, buscando entender qué pasaba, preguntó:

 -¿Qué son esas cartas?

  El Bonta, fastidioso, contestó:

 -La ocurrencia de una niña que crece entre peluches y muñecas, ¿qué más?

 -Pero…

 Mei Ling intervino:

 -Son dibujos que hizo Silky de las constelaciones que conoció en la tierra de Ammy, cuando aprendía a pintar con Issun. Por supuesto, no sabes de qué hablo, ji. Ten paciencia. Cuando sepamos de la Principita, podré explicarte.

 Pasado un rato, Kero pudo regresar la atención de Ëlen a las cartas. Salieron del dosel. Las muñecas, sentadas al borde de la cama, los miraban con ansiedad. Kero extrajo de su cuello una cadenita de la que pendía una llave con forma de cabeza de pájaro, de pico rojo y un par de alitas blancas a los costados, cada una adornada con una gema color cerezo que Ëlen tuvo por ojos. Lluvia exclamó:

 -¡Kero, no te tardes!

 El peluche se vio acometido por la duda. Había pasado dos años dormido. Algo malo pasaba con Silky, no sabía qué era del Bonta ni de Mei Ling, sospechaba del Espantapájaros, y temía empeorar las cosas. Pero con las cartas libres en la casa, no tenía opción. Por fin, indicó a la niña:

 -Ëlen, toma esta llave.

 Kero extendió las manos. Una burbuja flotó hacia la niña, con la llave, luminosa, dentro. Las muñecas chillaron. Ëlen tomó la llave, contenta. Entonces miró a Kero, que dijo:

 -Repite estas palabras…

 Bajo la bulla de las muñecas, la niña exclamó:

 -¡Libérate!

 La llave brilló con un fulgor rosa del que manó intenso el dulzor de los cerezos. La niña permaneció unos segundos como en sueños, embriagada por la fragancia, y entonces, para su asombro y maravilla, y el de las muñecas, entre sus manos halló un bastón, una larga vara rosa que terminaba en la cabeza de pájaro, crecida, de la llave. Kero, con las muñecas que gritaban felices, solemne dijo:

 -Como Guardián de las Cartas de Silky, yo, Kerberos, doy a esta niña el Bastón de Sello. Ëlen, pequeña, eres la nueva Cazadora de Cartas.



Estas son las muñecas:

Luciérnaga en el Jarro de las Campanillas Blancas (link )…

Lluvia que despierta las Hortensias (link)…


Mariposa entre los Girasoles de la Tarde (link)…

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