Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 52

Kero

 Con las palabras proferidas por Ëlen, el viento que emergía de la carta creció en intensidad hasta dar forma a un remolino. Este para una niña cualquiera no habría resultado más que un travieso remolino que alborota las hojas secas caídas de un árbol. Pero para Ëlen, que medía lo que un pulgar, resultó una verdadera calamidad. La niña, pues, azorada, se vio dando vueltas por el aire como una mariquita, incapaz de sortear el capricho del viento. Lo mismo el pobre conejo y su farola.

 -¡Ay, Bonta! ¡El viento se lleva a la niña!

 La abeja volaba en dirección a Ëlen. No tenía el tamaño para cargar con ella, pero podría con su cuerpo protegerla de la caída. Pero el Bonta, con tranquilidad que desesperó a Vivi, exclamó mientras callaba al mago con un ademán de impaciencia:

 -Dejala. Pondrás en peligro la operación si te revelas.

 -¡Bonta!

 -¡Rayos, Mei Ling! Sabes que ese peluche glotón irá por ella…

 La abeja se detuvo en seco. Jo, cierto. Ya está despierto… ¿Qué hago?

 -Observa y mantenme al tanto.

 El peluche que dormía junto al libro despertó al sentir la magia de Kazegami. Con los puños sobre los ojos, desperezándose y desorientado preguntó:

 -¿Ya es hora del desayuno? Tengo hambre.

 Pero la vocecita que le llegaba lastimosa lo puso en alerta. De pie sobre el borde del ropero, exclamó:

 -¿Silky? No puedes despertarme para jugar. ¿Dónde estás?

 El peluche reparó con estupor que el libro que tenía a su lado estaba abierto. Observó el remolino que avanzaba hacia la cama, y raudo voló hacia el.

 Ëlen despertó. Habían pasado un par de horas del susto que había tenido con el remolino. Era medianoche, y estaba tendida sobre el cojín de una silla. Ante sí, tenía monstruoso el clavicordio de Silky. Parte del cojín lo ocupaba el libro de cartas; parado sobre el, con los brazos cruzados, la observaba un peluche amarillo de tamaño mediano. El muñeco, con voz aflautada y alegre, preguntó.

 -Hola. ¿Quién eres, pequeña?

 -Soy Ëlen. ¿Y tú?

 -Me llamo Kerberos. Soy el guardián…

 La niña interrumpió:

-¿Kerberos? ¡Qué nombre raro! No es un nombre para un peluche.¡Es muy difícil!

-Es que no soy un simple peluche. Soy el guardián…

 La niña volvió a interrumpir:

 -Te llamaré Kero. ¿Te gusta?

 El peluche agachó la cabeza, desolado.

 -Silky me ha llamado así antes… No dudo ya que de toparme con otra niña también me llamará Kero… ¡Qué tristeza estar condenado a un nombre para peluche!

 -Es que Kero es más lindo. ¿Y qué peluche eres?

 Cuando el muñeco iba a responder, Pulgarcita con seriedad añadió:

 -Pareces un gatito, pero tu cabeza y orejas son grandes como las de un osito. Tu cola además termina en un pompón. Eres un peluche raro, pero sabes, también muy lindo y gracioso.

 El comentario de la pequeña contrarió todavía más al peluche, que por su aspecto ciertamente recordaba a un gato, aunque su voluminosa cabeza y el extremo espeso del rabo llevaban a pensar que representaba a un gato enorme y más fiero que los corrientes. El muñeco, ofendido, dijo:

 -Eres una niñita muy insolente.

 Pero viendo que la corta edad de Ëlen lo expondría a una serie interminable de preguntas y respuestas y a nuevas impertinencias infantiles, decidió cortar con el asunto por más que le pesara.

 -Ejem, de acuerdo, soy algo así como un peluche de gato, pero de uno grande y feroz, ¿verdad?

 -¿Qué es feroz?

 -Ay, no. Esto será difícil. Eh, feroz es que da miedo.

 -¡Pero los peluches no dan miedo! No son como los lobos. ¿Y por qué llevas alitas?

 Kero se rascó la cabeza, impaciente. Después de decir a la niña que llevaba alas simplemente porque las necesitaba para volar y de dar unas piruetas en el aire para contentarla cuando le pidió que hiciera una demostración, preguntó:

 -Ëlen, tienes mucho de qué contarme. Primero, ¿por qué estás así de pequeña?

 -Porque soy Pulgarcita.

 -Pero siempre no estás así, verdad?

 La niña contó a Kero que las muñecas la habían convertido en Pulgarcita. Como no sabían leer, y como ella apenas comenzaba a aprender, se les ocurrió que podían contarle el cuento de Pulgarcita con ella haciendo de la misma Pulgarcita.

 -Es muy divertido estar así de chiquita. ¿Quieres que te enseñe mi casita? Es esa que está allá, en la mesita de luz.

 -Luego. Todavía tenemos que hablar de muchas cosas. Pero tengo hambre.

 -Yo también.

 -De acuerdo. Espera que iré por el trozo de torta que está en la mesa. Por suerte queda mucho para los dos, aunque comí algo mientras dormías, je.

 Ëlen, alegre, comentó:

 -Es la torta de manzanas que comimos a la tarde mientras jugábamos a la Princesa Kaguya.

 -¿Kaguya? Ya veo. Por eso había un palanquín y un conejo en el remolino que te arrastraba. El conejo está bien. No te preocupes. Ya regreso. ¡Y no toques el libro!

 Kero fue por la torta. Llegó con una porción en un platillo. Trajo además una cucharita. Entonces cortó un minúsculo trozo y se lo dejó a Ëlen en la cucharita, que la niña acomodó sobre la falda. Mientras comían, Kero, jocoso, exclamó:

 -Es bueno que estés como Pulgarcita.

 -¿Por qué?

 -Porque tengo toda la torta para mí.

 Ëlen río divertida. Terminada su porción, Kero con gravedad preguntó:

 -¿Cómo llegaste aquí?

 La pequeña se demoró en contestar. No sabía por dónde empezar. Pero por fin, de una manera bastante desordenada, contó de lo ocurrido a partir de su llegada al castillo. El relato preocupó a Kero. Había pasado un par de años dormido, y no le gustó lo que oyó. Pero como no quiso turbar a la niña, se cuidó de expresar sus dudas y temores. Lo urgía además otra cosa.

 -Ëlen, tú abriste este libro, ¿verdad?

 La niña, creyendo haber sido atrapada en una travesura, con timidez respondió que sí.

 -¿Y recuerdas que ocurrió antes que te arrastrara el viento?

 La pequeña, más segura, pues no había reproche en las palabras de Kero, contó:

 -Estaba mirando la carta del caballito blanco…

 -Y entonces…

 -Dije unas palabras raras, que no conocía…

 -¿Las recuerdas? ¿Puedes repetirlas?

 -Sí.

 -Pues dilas. Es el nombre de la carta.

 -¡Kazegami!

 Kero se quedó mirando largamente a Ëlen. Era una niña demasiado pequeña, y no precisamente por su tamaño, para la tarea que tendría que encomendarle. Pero con Silky fuera de la Casa de las Muñecas, sospechaba, no tenía opción. La niña, por otra parte, se divertiría mucho poniendo patas para arriba la casa. Por fin, dijo.

 -Tiene facilidad para la magia. Por esto es que has podido, aunque no te dieras cuenta, descubrir el nombre de Kazegami. Lo malo, es que has armado un gran embrollo, ji.

 -No entiendo.

 -No importa. Mira.

 El peluche se elevó sobre el libro sobre el que estaba sentado. Lo abrió y dijo.

 -Este libro, como has podido comprobar, guarda una serie de cartas. Estas atesoran un gran poder mágico, de cuyo origen te hablaré luego. Kazegami por ejemplo, que es la que conoces, brinda el poder de crear ráfagas de viento.

 -¡Qué lindo!

 -No tanto. Como ya sabes, Kazegami te puede dar un disgusto. Y en esta ocasión, para peor, resulta que ha hecho que volaran por la casa las once cartas restantes.

 -¡Once!

 -Sí. Tu deber, pequeña, será atraparlas antes que pase algo malo.

 La niña se imaginó persiguiendo las cartas con una red atada a un palo. Rió divertida. Con emoción ante lo que creyó por un juego, preguntó:

 -¿Cómo?

 -Con un bastón. Serás una Cazadora de Cartas. Pero para esto, Pulgarcita, tendremos que hacer algo con tu tamaño, ji.



Kero y Sakura en el capítulo 24 de Card Captor Sakura

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