Juana de Arco por Shakespeare

 Cuando supe que Shakespeare había escrito un drama en el que aparecía Juana de Arco mi entusiasmo fue grande. Como no leo en inglés, la belleza musical de los versos de Shakespeare me es desconocida, pero en castellano igual se puede disfrutar de la belleza pictórica de las imágenes, comparaciones y metáforas con las que magistralmente abundaba el dramaturgo, y también, claro, del drama. De ahí mi entusiasmo.  

 Sin embargo, no tardé en sospechar que la Juana de Shakespeare no debía ser la pastorcita de la Lorena amada por los franceses, y por esto postergué largo tiempo la lectura del drama. La Pucelle en Enrique VI es una bruja. Aún así, algo para mí alegría he podido hallar.

 Juana es protagonista de la primer parte de Enrique VI, que abarca lo relativo a la historia que conocemos de la Pucelle, que por cierto es el nombre que Shakespeare da al personaje. Juana se presenta a Carlos como enviada de Dios por mandato de la Virgen. Le dice que si la acepta como comandante de sus ejércitos, ella expulsará a los ingleses del suelo francés y le dará el reino. El Delfín quiere una prueba y la reta a un duelo. Juana lo vence fácilmente. Carlos se rinde ante el prodigio y se pone en sus manos.

 Inmejorable presentación para Juana, ¿no? Al menos en términos heroicos y de piedad cristiana. Es llamativa la recurrencia con la Virgen. Por cuestiones personales, me dio gusto eso. La Juana de Shakespeare en lo esencial principia siendo como la histórica, aunque la fuerza de una amazona de la Pucelle adelanta que algo no va bien con ella.  

 Con Juana al mando y ya en el asedio de Orleans, con los ingleses que retroceden con pavor ante los franceses y la furia de la Doncella, ocurre el primer encuentro entre Juana y el héroe de la obra, Lord Talbot. Ambos se desafían e insultan; Juana se burla de la fuerza de Talbot, éste acusa a Juana de diabólica, de hija o concubina del Diablo. Prometen que volverán a encontrarse. La Pucelle marcha victoriosa en Orleans. Talbot se lamenta por lo ocurrido; habla de que una hechicera puso en vergüenza a los ingleses, y entonces llama airado a sus compatriotas a dar batalla con estas terribles palabras:

 «O renováis el combate, o arrancad los leones del manto de Inglaterra.»
(Hark, countrymen! either renew the fight,
Or tear the lions out of England’s coat)
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 Por estas cosas me encanta leer a Shakespeare. «¡Arrancad los leones del manto de Inglaterra!» ¡Qué imagen! ¡Qué genial imaginación para condenar la cobardía e ignominia que habrán sentido los ingleses, pero a la vez qué bravas palabras para Juana! Perfectas para un monumento. Por más que la Pucelle en Enrique VI se irá manifestando como bruja o súcubo, que es es la visión que los ingleses tendrían del personaje hasta, según se cuenta, fines del siglo XVIII con un poema de Robert Southey, esas palabras igual no hacen más que engrandecer lo hecho por Juana de Arco. Lo de Juana fue tan grande que los ingleses por deshonra, durante el tiempo de la Doncella, «tuvieron» que renunciar a los leones de su bandera. Brutal.

 Es todo. No era mi intención hablar de toda la obra, sino simplemente de esa soberbia imaginación de Shakespeare.

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