Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.40

La Puerta de los Fantasmas

 Eiko había dejado atrás el estanque de los sapos y se hallaba sentada entre unas enormes piedras. Todavía podía ver a Gamabunta y a su pipa que humeaba entre los cerezos. A unos metros de la niña, había un puentecito de madera levantado sobre un arroyuelo de furioso cauce y que conducía a una nueva espesura del bosque. El Bonta había pedido unos minutos a la niña, pues Mei Ling 3 se había reportado. Para alegría de la Principita, aunque también para su envidia, Ëlen se encontraba bien, a gusto como Pulgarcita y divirtièndose mucho con las muñecas de Silky en una casa que era todo muñecos, juguetes y dulces. Del Espantapájaros no hubo noticias. Esto no fue del agrado del Bonta, que pidió a Mei Ling 3 que tratara de ver en qué andaba el muñeco, y si podía también Silky, que lo último que supo de la niña era que había pedido que le llevaran el clavicordio a su habitación, cosa que tenía intrigado al peluche, que pensaba que la niña no tendría ganas para la música. Pero de todo esto el Bonta no dio cuenta a la Principita.

 -Bien, mocosa, en marcha.

 -¡Pero hay un guardia!

 La niña señaló el extremo opuesto del puente mientras miraba con el catalejo. Un guardia del Batallón Pluto recorría los alrededores. El Bonta la amonestó:

 -Oye, el catalejo no es para jugar. Puedes observar perfectamente al guardia desde donde estás sin el catalejo. Guárdalo en la mochila, y saca la Maza Chillona.

 La Principita hizo como pidió el peluche y preguntó:

 -¿Y ahora qué hago?

 -Cuando Mei Ling te lo diga, pulsarás el mecanismo para abrir la maza e irás a paso ligero hacia el guardia, y le asestarás un golpe en la cabeza. No será difícil, porque lo tendrás de espaldas.

 Vivi, preocupado, preguntó al peluche:

 -¿Crees que pueda hacerlo? ¿Y si el guardia la oye ir?

 -No lo hará. El torrente del arroyuelo y los pájaros ocultarán los pasos de la niña. Y ten por seguro que la chiquilla lo logrará. Que sea tan mocosa es nuestra ventaja. ¿Pero qué rayos?

 Mei Ling respondió, con voz baja y sofocada:

 -¡Bonta! La Principita está yendo hacia el guardia. ¡Ay, qué miedo!

 Eiko caminaba a hurtadillas, con la Maza Chillona levantada y lista para el golpe. Sus amigos guardaron un interminable silencio. La Principita llegó a un paso del guardia, que silbaba distraído; aferró fuerte la maza con las dos manos, y con la carita radiante de travesura dio un salto y pegó un terrible mazazo al guardia. Se oyó el ruido del piar de los pajaritos característico en la Maza Chillona, y el guardia cayó redondo al suelo, justo donde comenzaba el puente, con la maza que le caía a un costado. La Principita echó a correr dando risas como un duende, y se escondió tras lo primero que tuvo a la vista, un arbusto. Luego de unos segundos, le cayó el regaño del Bonta, pero Mei Ling lo interrumpió hilarante y burlona:

 -Pues tenías razón, Bonta. Que la Principita sea tan pequeña, sin dudas que ha sido nuestra ventaja. ¡No contabas con que no se iba a aguantar las ganas de jugar una travesura con la Maza Chillona, ¡jua, jua! ¡Muy bien hecho, Principita!

 El Bonta mascó furiosamente del puro. Deseó tener delante a Eiko, para darle una buena lección. Pero se obligó a calmarse. Consideraba importante que la niña tomara confianza de cara a los guardias, así que la felicitó con discreción. Vivi, por su parte, pidió a su amiga que tuviera cuidado e hiciera caso al Bonta. El peluche se mostró complacido con el mago.

 -¿Qué es ese ruido?

 -¿De qué hablas, mocosa?

 Eiko miró hacia la puerta que tenía a unos metros y que consistía en dos columnas con un par de travesaños que se curvaban levemente hacia arriba en los extremos. La puerta era color carmesí, tenía la altura de un árbol medio y clavado entre los travesaños le colgaba un pequeño cartel de madera, escrito con los extraños caracteres pictográficos que la Principita había visto anteriormente en varios sitios del Castillo de Silky. La puerta, iluminada a cada lado por lámparas de piedra, abría paso a un empedrado que se perdía entre los árboles. La niña encontró que los árboles tenían un aspecto fiero y tenebroso; creyó ver rostros en los troncos, fauces que se abrían y cerraban hambrientas; el resplandor que proyectaban las lámparas los hacía más siniestros. Mei Ling percibió el creciente temor en la pequeña, y dijo con tono dulce y tranquilizador:

 -No mires hacia los árboles, Principita, y tampoco des importancia a los tambores y flautas que oyes, tampoco a ese canto monótono y sombrío. No te preocupes, que no tendrás que ir por allí, ¿verdad, Bonta?

 -Supongo que no podremos contar con ello… Lástima, La Puerta de los Fantasmas lleva a un atajo hacia La Casa de las Muñecas… ¿Y ahora qué?

 -¡Eres un bruto, Bonta!

 No bien oyó la palabra «fantasma», la Principita salió disparando por donde había venido. Tropezó con una piedra antes de llegar al puente, y armó un buen alboroto con el llanto. La abeja la convenció para que sacara a Mogu; después de algunos «kupo-kupo» y de risas que se iban imponiendo a los lloriqueos, la pequeña pudo calmarse. Fue a regañadientes por la Maza Chillona, y entonces Mei Ling la condujo hacia la derecha del puente, con Mogu que caía tirada de la mano; descendieron la corta pendiente que llevaba a la orilla del arroyuelo, y la abeja dijo:

 -Bonta, la Principita necesitará un descanso. Han sido muchas experiencias nuevas para ella.

 -De acuerdo. Encuentrale un sitio seguro. Dile que se eche una siesta después de comer. Tenemos tiempo.

 El Bonta mascó un poco de su puro. Vivi notó molesto al peluche; entendió que no había querido asustar a Eiko con los fantasmas. Preguntó:

 -¿La Puerta de los Fantasmas?

 El peluche, que no tenía muchas ganas de hablar, respondió enigmático:

 -¿Qué? Ah, sí. En un bosque como este no pueden faltar los fantasmas, ¿no, mago?

 -¿Y los tambores y flautas? ¿Y el canto?

 -De unos pobres duendecillos que por las mañanas en torno a una fogata y a través de danzas rituales procuran tontamente que vaya a jugar con ellos la «niña-zorro», al «Kitsune» como la llaman. Hace largo tiempo que no se muestra, o que no tiene permitido mostrarse más bien.

 El mago preguntó:

 -¿La «niña-zorro»? ¿Kitsune?

 El Bonta dio un barrido con la mano, exasperado:

 -Oye, mago, déjame en paz un rato, y ponte mejor con este libro de ilustraciones. Toma. Te ayudará a saber de muchas de las cosas que pueblan el Bosque de los Cerezos, entre ellas el «Kitsune».

 Vivi echó un vistazo al libro. El Bonta miraba al mago con aire pícaro; pasados unos segundos, sonriendo exclamó:

 -¡Con que puedes leer los caracteres, eh! Maldito mago, me has arruinado la broma. ¡Jua, jua!

torii-puerta

*La puerta es así. Un torii.

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