Eiko en Final Fantasy IX (III)

 Otra vez con Eiko. En la anterior oportunidad conté del divertido encuentro entre Eiko y el profesor Toto, el maestro de Garnet, que derivó en una carta que por accidente citaría en el embarcadero de Alexandria a Beatrix y a Steiner, en secreto enamorados. La pequeña, sin quererlo, había preparado el teatrillo para una de las escenas más recordadas del juego: Steiner y Beatrix defendiendo Alexandria espalda contra espalda del asedio de los monstruos de Kuja mientras proferían solemnes juramentos de amor bajo una inolvidable melodía caballeresca.

 Ahora pasaré a hablar de otra escena de Eiko con el profesor Toto.

 Previo al desastre en Alexandria, el grupo, sin Garnet ni Steiner, se traslada a Treno. Estaba pronto a comenzar el torneo de cartas. El profesor Toto, interesado en saber del pueblo de Eiko, invita a la pequeña a su casa, situada en Treno; bueno, en verdad, la niña se había invitado sola cuando el profesor quiso preguntarle en Alexandria. Ella quería conocer nuevos lugares, así que lo propuso a Toto charlar en su casa. Que quedara en la lejana Treno, a varias horas en barco volador, para la niña era lo de menos, ¡ja, ja! Toto accedió encantado.

 Ya en casa de Toto, Eiko cuenta al profesor sobre el pueblo de los invocadores; le habla, entre otras cosas, de los eidolons y del cuerno que ella llevaba en la frente, natural en los nacidos en Madain Sari. Toto, por supuesto, recordaba que Garnet cuando niña también llevaba un cuerno. De ahí el interés del profesor en Eiko, pues con ella podía resolver las dudas de años. Pero la niña no tarda en llevar la conversación a terrenos más triviales y pregunta:

 «…tú eras el tutor de Daga, ¿no es cierto? Dime, ¿cómo se hace para ser femenina y delicada como ella?»

 ¿Qué decir? Más kawaii, imposible. Eiko, naturalmente por su edad, quería parecerse a Garnet. El profesor entonces responde con palabras que siempre que las recuerdo, tal como conté que me ocurre con las anteriores frases que he citado, me arrancan una sonrisa. Dice Toto:

 «¡Jo, jo! De pequeña. la princesa también era un barril de pólvora…»

 ¡Un barril de pólvora! ¡Qué comparación tan ilustrativa y entrañablemente lapidaria para referirse a Eiko! ¡Ja, ja! Como ya he dicho, enorme el trabajo de traducción para el juego. El diálogo ganó mucho en castellano, pues en inglés Toto dice «The princess used to be a rumbustious girl, just like you»; en mi opinión, «una chica bulliciosa» tiene bastante menos gracia que «un barril de pólvora» a la hora de describir a Eiko.

 La conversación prosigue con Eiko contenta porque algún día podría ser como Garnet y luego con más asuntos relativos a los invocadores. Esto será todo en cuanto a Eiko y el profesor Toto.


 Y ya que estoy, aprovecho y dejo un breve texto que escribí para el primer concurso de relatos de Zona Delta. Es un relato a modo de épilogo para Eiko en Final Fantasy IX y donde me di el gusto de imaginar otro encuentro entre la niña y Toto.

*********************

                                         El dibujo de Eiko

 Era una mañana soleada, en casa del profesor Toto. Eiko estaba sentada en el balcón y convidaba con migas de pan a los pajaritos que piaban en las madreselvas. El profesor oyó los cuchicheos y las risas y, cuidando de no caerse del banquito sobre el que estaba parado y que tenía arrimado a la biblioteca dijo con tono amable de abuelo:

 -Señorita Eiko, la manito en el pincel, por favor. Cuando termine la clase, podrá jugar todo lo que quiera con los pájaros.

 La niña corrió hacia donde estaba Toto y con los brazos en jarras y expresión de gravedad dijo:

 -Profe Toto, ¡es que los pajaritos me dijeron que me iban a contar un cuento si yo les daba pan!

  El profesor se ajustó las gafas y rascándose la larga barba comentó jocoso:

 -Oh, eso es muy interesante, señorita Eiko. Pájaros parlanchines, todo un hallazgo. Lo anotaré en mi diario de notas y daré a usted el debido reconocimiento.

 -¿Ese cuaderno donde escribes cosas serias y aburridas?

 -Jojo, ese mismo. Bien, ¿por qué no le habla a los pájaros y les ruega ya por el cuento? Podrá decirles que hará un dibujo de ello y que en recompensa, les convidará un trozo de torta; una muy rica, con crema, frutillas y vainilla.

 La carita de la niña brilló con alegría y apuradísima y sin que oyera el “cuidado con mancharse la ropa” echó a correr hacia el balcón, y se puso a pintar con entusiasmo y fervor y la algarabía de los pájaros de fondo la tela con óleo, repartiendo la tarea ora con el pincel ora con los dedos.

 Pasó un rato. Toto leía sentado en un sillón y de pronto oyó a Eiko que venía a la carrera imitando el “chuuu, chuuu” de los barcos a vapor que construía el duque, para enseñarle, contenta y con orgullo, lo que había pintado. El profesor miró con aprensión las manitos manchadas; dio un vistazo al hermoso vestido, confeccionado por el mejor sastre de Lindblum, y suspiró con alivio: no le esperaría un colérico beso carmín y el castigo en la forma de un sapo o de un bicho buri, castigo que el mismísimo duque había tenido que sobrellevar hacía no mucho con resignación y amargura. El profesor entonces, después que diera a la niña un pañuelo para que se limpiara las manos, estudió el dibujo y exclamó:

 -¡Qué curioso! Los pajaritos que le contaron la historia parecen venidos de Madain Sari.

 Eiko abrió grandes los ojos y, con toda la credulidad esperable de los seis años, preguntó asombrada:

  -¿En serio?

 -Parece. El dibujo habla de moguris que comen pescado en cuencos y con, qué curioso, palillos, en una tierra árida, digamos, seca como un desierto, y de una niña, de cabellos violáceos y cara de traviesa, que pesca con caña, acompañada por un niño con sombrero, que cocina los peces con el fuego de una vara, un báculo entiendo. Como debe ser, todo bajo un sol de grandes ojos y amplia sonrisa. Vaya, ¡que imaginación la de esos pajaritos!

 La niña se quedó muda. Toto la vio ruborizada hasta las orejas; tosió un poco y concluyó divertido:

 -Bueno, señorita Eiko, cosas más raras se han visto. Si tenemos ladronzuelos con rabo, orondas cocineras que andan con la lengua afuera y que combaten a  dragones con un tenedor, y niñas alborotadoras que corretean por las calles de Lindblum con un precioso cuerno en la frente, por qué no pajaritos, y pajaritos cuentacuentos, que vienen de la perdida aldea de los invocadores.

 Eiko, entonces, preguntó con las manos bajo la espalda y un zapato restregando el suelo, ansiosa y con alguna timidez:

 -Profe Toto, ¿y la torta? ¡Los pajaritos deben tener hambre! En Madain Sari no hay mucho para pescar, porque los moguris se comen todo, tanto que Momocha y Chimomo tienen la barriga como un melón; Mogu también…

 La niña agachó el rostro, entristecida por los recuerdos; Toto se apresuró a decir:

 -Señorita Eiko, dígales, por favor, a los pajaritos que ahora comeremos la torta. Iré por la tetera, las tazas y las servilletas, y serviremos un te delicioso.

 Eiko puso cara de asco y exclamó:

 -¡Pero a mí no me gusta el té! ¡Es amargo y quema la lengua!

 -Oh, cuánta razón. Descuide, habrá jugo de zarzamora, para usted y si así lo desean, también para los pájaros.

 Eiko marchó contenta hacia el balcón, tarareando una canción que había aprendido de la reina de Alexandria. Los pajaritos se habían ido. Igual, les iba a guardar un trozo grande de torta, pues Eiko pensaba en pedirles que, cuando regresaran a Madain Sari, llevaran una carta para los moguris, cosa que ellos adoraban, y que, seguramente, la niña daría a que escribiera el profesor Toto.

 

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