Juana de Arco por Asimov

 ¿Asimov? ¿Y qué tiene para decir sobre Juana el escritor más celebrado de la ciencia ficción? No mucho, y para mi pesar no todo lo apologético que hubiese querido, es decir, que el Buen Doctor no se dedica a «cantar» a nuestra Juana. La reconoce, la presenta como la persona que torció el rumbo de la Guerra de los Cien Años y, dada su juventud, como una personalidad única en la historia, y no mucho más.

 Pero lo dicho, que se puede leer en La Formación de Francia, tomo que forma parte de la Historia Universal de Asimov, me basta para una nueva entrada dedicada a la pastorcita de Domremy. 

 ¿No es preciosa la estatua? ¿No es precioso el gesto casi infantil con el que Juana parece estar saludando, desde su apacible pueblito de Domremy, a Francia y a toda la posteridad? Esta Juana es la Juana que habría de padecer un amargo juicio, la Juana «en sus propias palabras», no la Juana de las poesías y las novelas, tampoco la Juana de las estatuas y de los templos. Esta Juana, muchos parecen coincidir, es la Juana que se aprende a amar.

 Lo anterior tenía que escribirlo o reventaba. Cuando lees algo de las actas del proceso a Juana de Arco, o cuando ves La Pasión de Juana de Arco de Dreyer, ay, ¡qué pequeña te parece Orléans! Pero vamos con lo prometido, con el gran Asimov. El escritor contaba que Francia estaba a un paso de caer a manos del rey de Inglaterra (que por derecho también lo era de Francia); Orléans, el último bastión de importancia en poder de Carlos VII, había sido abandonada a la suerte después de otra amarga derrota que había reafirmado en los franceses la malsana convicción de que no se podía derrotar a los ingleses, aun cuando éstos opusieran un puñado de hombres a cientos. La batalla de Agincourt, aquella que Shakespeare inmortalizó en Enrique V, había hecho estragos a la moral francesa. Asimov escribe:

 «Y entonces ocurrió una cosa muy extraña, una de las más extrañas de la historia, y de la que se habría hecho mofa por considerarla increíble si hubiese aparecido en una obra de ficción. Una muchacha campesina apareció en la escena. Su nombre era Jeanne D’arc…»

 Asimov comparte la perplejidad de muchos historiadores. Juana rompe la narración de la Guerra de los Cien Años. No solo porque obliga a lidiar con una historia propia de cuentos, sino también porque hasta la irrupción de la Pucelle el curso de los acontecimientos para los franceses, a raíz de casi un siglo de desaciertos, cabezonería y mala suerte, parecía inevitablemente encaminado a favor de Inglaterra. Pero el Buen Doctor se las arregla para bajar a Juana y su contexto a tierra, y procura comprenderlos a partir de la superstición imperante en la Edad Media y la utilidad política y militar que el Delfín y los nobles franceses posiblemente pudieron haber visto en la Doncella. No emite juicio en relación a las «voces». Juana se pone al frente del ejército en Orléans, y Asimov dice:

 «Cuando llegó la noticia de que una doncella milagrosa iba a acudir en ayuda de los franceses, la situación respecto a la moral cambió súbita y espectacularmente, y lo que siguió fue inevitable. Aunque pocos sucesos de la historia han parecido tan milagrosos como el realizado por Juana, realmente no fue tan milagroso como parecía.»

 Asimov entiende que la recuperación de Orléans había sido imposible para los franceses por una cuestión anímica. Juana, pues, logró que un ejército recuperara los deseos de pelear, pero nada más (que igual no es poco). El escritor, no obstante, añade un matiz de color en relación al asedio a Orléans:

 «…Juana se lanzó a las murallas orientales. Los soldados franceses, estimulados por su aparición, lucharon salvajemente y los ingleses retrocedieron.»

 Llega el momento de la coronación para el Delfín. Los comandantes eran partidarios de que la ceremonia fuera en París, y Asimov comenta:

 «…pero Juana insistió en que debía ser en Reims, e indudablemente tenía razón. Hacer coronar a Carlos VII con todo el boato religioso que en la tradición había formado parte de la coronación en Reims durante mil años presentaba una abrumadora ventaja psicológica.»

 Juana por entonces tendría entre diecisiete y dieciocho años, es decir, que una chica, que además era iletrada, impuso su criterio a un rey y a sus comandantes. Asimov entonces habla de la marcha del ejército de Juana a Reims:

 «…franceses delirantes aclamaban al primer ejército francés victorioso y confiado que habían visto nunca. Con Juana de Arco marchando a la cabeza, Francia pasó por una especie de conmoción religiosa. Muchos se unieron al ejército como si fuesen a una peregrinación o una cruzada.»

 Cuando el relato va llegando a su fin, y después de afirmar severo que el martirio de Juana tuvo como mayor responsable a Carlos, puesto que el rey no había movido un dedo por ella, y que la mayor deshonra fue para el mando francés, Asimov (y la entrada con él) concluye con:

 «Ella vive en la historia como la salvadora de Francia y su nombre se ha convertido en símbolo de cualquiera que combate por la salvación nacional. (…) Ninguna persona, de cualquier sexo, que murió siendo adolescente, o poco más, ejerció una influencia tan decisiva en la historia o impresionó tanto a tiempos contemporáneos o posteriores.»

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3 comentarios en “Juana de Arco por Asimov

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