Juana, la Pucelle

 En estos días me enganché leyendo sobre Juana de Arco, que como se puede apreciar en esta entrada significa mucho para mí, y me gustaría compartir algo de estas lecturas.

 Lo que leí, entre otras cosas, fueron retazos de webs y un extracto del prefacio que Bernard Shaw escribió para Santa Juana, drama que por cierto recomiendo para obtener una idea poética de la personalidad de la santa. Pues bien, pasaré precisamente a transcribir unas citas del texto de Shaw, y así aportar mi granito de arena por la Pucelle.

 Las citas son de la edición de Altaya de Santa Juana. Las imágenes, del dominio público o bajo Creative Commons (créditos requeridos en el primer comentario). Dejó aquí una biografía sobre Juana para una rápida referencia.

 Parte de la cita de abajo tuve la suerte de conocerla con el libro que me infundió la admiración por Juana, el tomo XV de la Historia Universal de Carl Grimberg, que se titula La Guerra de los Cien Años y cuya tapa está decorada con una conocida pintura de Juana. Así que estas palabras me son muy queridas:

 «Es la santa guerrera más extraordinaria del calendario cristiano, y la más singular entre las excéntricas personalidades de la Edad Media. A pesar de ser una católica declarada, y muy piadosa, y la que proyectó una cruzada contra los husitas, fue en realidad uno de los primeros mártires del protestantismo. También fue uno de los primeros apóstoles del nacionalismo y el primer francés que puso en práctica el realismo napoleónico en el arte militar, tan diferente del sistema de su época, basado en el juego de rescates de la caballería de su tiempo.»

 Juana y sus rasgos heroicos

 «Y ella no fue una heroína melodramática, es decir, una mujer hermosa, prendada locamente de un héroe no menos hermoso, sino que fue un genio y una santa, totalmente opuesta a una heroína melodramática.»

 Para Shaw Juana fue una persona de genio, alguien con ideas adelantadas o extrañas para su época y que tuvo la capacidad y determinación para imponerlas o ponerlas en movimiento. En cuanto al rasgo de «santa», el dramaturgo habla en sentido puramente católico, que no es poco, pues la santidad cristiana demanda virtudes de fe, compasión, abnegación y sacrificio. Juana, desde luego, expresó estas virtudes en grado sumo. 

  Juana y Socrates

 «Sócrates era un hombre dialéctico, que actuaba lenta y pacíficamente sobre las mentes humanas, mientras que Juana era una mujer de acción, actuando siempre con impetuosa violencia sobre sus cuerpos. Por eso los contemporáneos de Sócrates le soportaron tanto tiempo, y Juana fue condenada antes de llegar a ser adulta. Pero ambos combinaban una inteligencia abrumadora con una franqueza, modestia y benevolencia que hicieron absurda, y por tanto incomprensible para ellos, esa antipatía furiosa de que fueron víctimas.»

 Shaw encuentra que Juana abordó a sus jueces con la ingenua imprudencia de Sócrates. Dice que ambos se sabían en lo correcto y que la ingenuidad natural en ellos (en Juana producto de la edad) les impedió ver que sus jueces no gustaban de ser corregidos ni puestos en ridículo, cosa que los complicó gravemente de cara al juicio. El paralelo además nos brinda una idea de la inteligencia y estatura ética que Shaw concede a Juana.

 Juana y las voces 

 «Las inspiraciones, las intuiciones y las conclusiones del genio, inconscientemente razonadas a veces, toman forma de ilusiones similares (a las voces de Juana). Sócrates, Lutero, Swedenborg y Blake, vieron visiones y oyeron voces al igual que San Francisco y santa Juana. Si la imaginación de Newton hubiera sido tan viva, podría haber visto el espíritu de Pitágoras caminado por el huerto y explicar por qué cae la manzana.

 Del mismo modo, debe considerarse a Juana como una mujer en su sano juicio, a pesar de sus voces, porque nunca le daban consejo alguno que no pudiera haber recibido de su genio innato.»

 Ilustro con el mismo Shaw, que escribe en Santa Juana:

 «-Roberto. ¿Voces?, ¿qué quieres decir?
  -Juana. Oigo voces que me dicen lo que tengo  que hacer. Vienen de Dios.
  -Roberto. Vienen de tu imaginación.
  -Juana. Claro, así es como vienen todos los mensajes de Dios.
  -Poulengney. Jaque mate.»

 Juana, el soldado

 «Su padre trató de quitársela de la cabeza (a los deseos de combatir) amenazandola con ahogarla si se escapaba con los soldados, y ordenó a sus hermanos que la ahogasen si él no estaba presente. Esta amenaza extravagante no iba en serio; debía ir dirigida a una muchacha lo bastante niña como para creer que su padre hablaba en serio. Juana de niña debió, por ello, querer escapar y hacerse soldado…»

 Juana, su valentía y sentido militar

 «En batalla desafiaba a la muerte como Wellington en Waterloo y como Nelson, que en pleno combate solía pasear por el castillo de popa, luciendo todas sus resplandecientes condecoraciones.

 En la guerra era tan realista como Napoleón; como él, supo apreciar el valor de la artillería y cómo sacarle el mejor partido. Sabía engatusar o imponerse, pues podía dar a su voz un tono dulce y otro tajante. Era una mujer competente: un caudillo nato.»

 Recomiendo este artículo en inglés que habla de Juana en lo militar y donde se destaca su talante agresivo para lo táctico y el buen uso que daba a los cañones. Esto, claro, habiendo dado por descontando lo fundamental en ella, que fue la capacidad para levantar a un país de la derrota y de unir a sus gentes bajo un temprano sentido de nación. Existe un libro dedicado a la faceta militar de Juana, escrito por Kelly DeVries, un experto en la guerra medieval, que otorga a la Doncella un papel de relevancia histórica en relación a la artillería. Lástima que no está en castellano, así que más no puedo decir. El libro es Joan of Arc a Military Leader. Ahora, hay que decir que otros historiadores se muestran cautos, o decididamente contrarios, en cuanto a la incidencia de Juana fuera de lo moral.

 Completo con unas palabras del duque de Alencon:

 «En lo cotidiano, Juana era joven y simple; pero en las cosas de la guerra, en la carga con la lanza, a la hora de preparar las tropas para la batalla y en la disposición de la artillería, se mostró muy hábil. A todos nos sorprendía su pericia para lo militar. Era tan diestra que parecía un capitán con veinte o treinta años de experiencia, sobre todo con la artillería, donde se mostró magnífica.»

 Juana, la enviada de Dios 

 «Tras reafirmarse a sí misma con tal energía que se hizo famosa en toda Europa Occidental antes de cumplir los veinte años (en realidad nunca llegó a cumplirlos) no debe sorprendernos que fuese quemada por la justicia. A la edad de dieciocho años sus pretensiones dejaban atrás a las del Papa más orgulloso o del emperador más altivo. Se proclamó embajadora plenipotenciaria de Dios (…) y protectora de su propio rey, y llamó al rey inglés al arrepentimiento y a la obediencia. Aleccionó, reprendió y subyugó a estadistas y prelados. Despreció los planes de los generales y condujo sus tropas a la victoria según sus propios planes.»

 Describen George y Andreé Duby en Los procesos de Juana de Arco, en relación al juicio a Juana, que para Inglaterra no debía tener otra resolución que la muerte de la Doncella:

 «Juana sería suprimida de todas formas. Había que deshacerse a toda costa del pánico que hacía que las mejores tropas huyesen en desbandada cuando aparecía Juana y reducir los temores de los refuerzos que se quedaban paralizados cuando debían atravesar la Marca. Pero, además, había que anular las virtudes de la coronación de Reims y convencer así a todos de que el poder mágico que visiblemente tenía la Doncella no provenía de Dios, sino del diablo…»

  Juana, una chica contra la Edad Media

 «Juana era solo una adolescente. Todavía ignoraba aquello de “mano de hierro en guante de terciopelo”, y se limitó a usar los puños…

 Su carencia de educación académica la dejó indefensa cuando tuvo que hacer frente a estructuras tan sofisticadas como las instituciones eclesiásticas y sociales de la Edad Media. Le horrorizaban los herejes, sin sospechar que ella misma era una hereje, un precursor del cisma que partió a Europa en dos. Se opuso a los extranjeros por el razonable motivo de que Francia no era la tierra que les correspondía; pero ni siquiera podía imaginarse que se exponía a enfrentarse con el catolicismo y el feudalismo, fenómenos ambos esencialmente internacionales.

 Esa combinación de juventud sin experiencia y falta de instrucción académica, junto con sus capacidades naturales, valor, empuje, coraje, devoción, originalidad y excentricidad, explica perfectamente los acontecimientos en la vida de Juana y hacen de ella un fenómeno histórico y humano creíble; pero choca frontalmente tanto con la leyenda idealizadora que ha surgido en torno a ella, como con el escepticismo empequeñecedor de que contradice esa leyenda.»

 Juana y una carta a los ingleses

 Para terminar, transcribo parte de una carta que Juana dictó para que fuera enviada a los ingleses y con la que conminó a los invasores a que entregaran Orléans por las buenas. La carta la encontré traducida en el libro mencionado de George y Andrée Duby. Como para darme el gusto de cerrar con las (bravas) palabras de Juana.

 «Jesús, María. 

 Rey de Inglaterra y vos, Duque de Bedford, que os denominaís regente del Reino de Francia. (…) Entregad a la Doncella, que ha sido enviada por Dios, Rey del Cielo, las llaves de todas las ciudades que habeís usurpado y violado en Francia. (…) Y vosotros, arqueros, compañeros de guerra, caballeros y otros que estáis ante la ciudad de Orléans, marchad por Dios a vuestro país. En caso de que no obreís así, esperad noticias de la Doncella…»
 

 Es todo, por ahora. ¡Larga vida a la Pucelle!

 

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Un comentario en “Juana, la Pucelle

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