Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.33

Pulgarcita

 Eiko, queriendo sacarse las ganas de jugar con su nuevo artilugio, procuró que el Bonta parloteara con ella. Le preguntó acerca de su color favorito, de la jalea de frambuesa, de si gustaba coleccionar piedritas y caracoles y de juegos como la carrera de embolsados, entre una incómoda batería de trivialidades infantiles. Y como el peluche permanecía callado e imperturbable, la Principita entró a insistir con que le prestara su abeja a Vivi, para que ambos cuchichearan a gusto. Pero los ruegos fueron en vano, y entonces la niña, rendida y sin la mediación de la abeja, pasó a curiosear:

 -¿Por qué la abeja repite lo que hablo, y con mi misma voz? ¿Es magia?

 Mei Ling voló de la oreja de la pequeña y a la altura de su nariz, respondió:

 -Es complicado para explicar, preciosa, y nos tomaría tiempo. ¿Ves mis antenas? Son hermosas, ¿verdad? Estas antenas son como pinceles; cuando hablas a traves de mí, ellas dibujan una nube en la que tú apareces hablando y que vuela hacia Mei Ling 2; entonces, cuando sus antenas encuentran la nube, puede repetir lo que estás diciendo, con tu propia voz, bueno, mucho más minúscula y finita, como si tú fueras una hadita que le habla al oído. Y no, no busques, pues los dibujos solo los podemos ver nosotras, tan geniales somos.

 La Principita no pareció entender del todo la explicación. Pero otra inquietud, natural y ciertamente de mayor importancia para un infante, la llevó a preguntar:

 -¿Y por qué la otra abeja se llama Mei Ling 2? Es un nombre aburrido. Tú te llamas Mei Ling, y la abeja del Osito tiene que tener otro nombre. Osito, ¿quieres que le ponga uno? Me sé muchos.

 Mei Ling rompió en carcajadas, dada la contrariada expresión del Bonta, y exclamó:

 -Lo pensaremos luego, Principita. Pero te diré un secreto: esta que ves no soy yo; tampoco Mei Ling 2. Yo estoy en un lugar del castillo que nadie conoce, ni siquiera el Bonta, y a través de las abejas es que miro y hablo.

 La Principita exclamó asombrada:

 -¿En serio? ¿Y quién eres?

 -Jojo. Te lo diré cuando rescates a Ëlen, ¿de acuerdo?

 La pequeña apucheró con desilusión, pero contenta aceptó el trato. El zumbido violento y persistente de Mei Ling 2 interrumpió la charla. Otra abeja llamaba. El Bonta calló a los niños con ademán nervioso y habló:

 -Mei Ling 3, aquí el Bonta. ¿Me copias?

 La abeja del peluche emitió un largo y monótono chirrido; todos estaban expectantes. En voz baja y presurosa, Mei Ling 2 finalmente transmitió:

 -¡Bonta! Por fin. Estoy en la habitación de Silky. ¿Me oyes?

 El peluche, con gesto de agobio, alejó la abeja y mirándola gritó:

 -Rayos, Mei Ling, ¿qué es todo ese griterío? Parece que transmites desde un circo.

 -Son las muñecas, felices con su niñita. ¿La oyes? ¡Qué lindo canta! ¡Se oye como una campanita!

 El Bonta, exasperado, volvió a gritar:

-Maldita sea, Mei Ling, déjate de tonterías. ¿De qué rayos hablas?

 No hubo respuesta. La abeja movía los labios, pero no emitía sonido. Transcurridos unos incómodos segundos, Mei Ling intervino:

 -Bonta, las muñecas están jugando y tienen la habitación saturada de magia, y hasta que no tomen un recreo, Mei Ling 3 podrá comunicarse, con suerte, a intervalos. Pero espera, no empieces con las maldiciones, que he recibido su informe y todavía puedo mirar a través de sus ojos. Les contaré. Tenemos, de momento, buenas noticias.

 La abeja contó que Ëlen había despertado horas atrás, y que las muñecas tuvieron trabajo para que entrara en confianza. El Espantapájaros había dado a las muñecas una tacita con hierbas de manzanillas, que ellas debían encender para que la niña inhalara del humo, pero las muñecas, que tenían unos cincuenta centímetros de estatura y la mente de una niña de cuatro años, como sabían que la hierbas quitaban a su «mamá», es decir, a Silky, las ganas de jugar durante largas e interminables horas, vaciaron la taza en una planta, confiando en que su magia haría que Ëlen quisiera jugar con ellas, cosa que finalmente sucedió, pues una nena pequeña como Ëlen no podía obrar de otro modo, y más cuando las muñecas le contaron que sus amigos, cuando fueran encontrados, estarían con ella. Esto último, interpretó Mei Ling, eran engaños del Espantapájaros.

 El Bonta, de brazos cruzados y harto de tanta niña y de tanta muñeca, interrumpía en ese punto del relato:

 -Suficiente, Mei Ling. Dime qué está haciendo la mocosa, descríbeme el lugar donde la tienen cautiva, y después háblame del maldito espantajo y de Silky. Continúa.

  La abeja, antes de proseguir, preguntó a Eiko:

-Principita, ¿conoces la historia de Pulgarcita?

 La pequeña, con el rostro radiante, y después de buscar complicidad en los ojos, que titilaron alegres, de Vivi, contó que sí, que justo la noche anterior el maguito se lo había leído, aunque como tenía sueño, no pudo saber el final, pues se había quedado dormida.

 -Bien, preciosa. ¿Y a que no sabes a qué está jugando tu amiguita Ëlen? Eso mismo, Ëlen está jugando a Pulgarcita. Resulta que Ëlen, mientras desayunaba unas frutillas en la cama, vio que en la mesita de luz de Silky había un libro; la tapa le llamó mucho la atención, no la describo, Principita, pues es la misma que conoces. Ëlen, entonces, preguntó a las muñecas, que estaban sentadas a su lado, qué cuento era ese, que no sabía de él. Las muñecas le contaron que se llamaba Pulgarcita

 -Mei Ling…

 La abeja dio un rápido giro en dirección al Bonta, le enseñó como si esgrimiera el aguijón, y con las risas cómplices de los niños, prosiguió:

 Ëlen, pues, quiso saber de Pulgarcita, y tomó el libro; pasó con cuidado las páginas, se demoró en las hermosas ilustraciones pintadas con carbonilla, y preguntó a las muñecas si le podían leer el cuento. Éstas, con desilusión, ya que esperaban que Ëlen les leyera, respondieron que no podían, porque no sabían leer y que «mamá» Silky era la que les leía; la pequeña comentó que ella estaba aprendiendo, y que no sabía más que las vocales. La niña y las muñecas se quedaron pensativas, mirando anhelosas el libro que descansaba en la falda de Ëlen. Pero entonces una de las muñecas, la que había capturado a la nena…La misma, Principita, la muñeca de larguísimos cabellos negros y cuyo nombre, como los de sus hermanas, se escribe en letras rarísimas, que ni yo puedo entender, y que según sé, en la lengua común, quiere decir algo como «Luciérnaga en el jarro de las campanillas blancas»; esa muñeca, que ahora cuidaba como a una hijita de Ëlen, preguntó a la niña si quería jugar a Pulgarcita, que ellas la volverían, gracias a su magia, tan pequeña como la niñita del cuento.

 Como imaginarás, la idea puso feliz a Ëlen, y de inmediato se pusieron a llevarla a cabo; salieron de la cama, corrieron hacia la redonda mesa en la que Silky, alumbrada por unas farolas de seda, que colgadas del techo daban una apacible lumbre color cerezo, acostumbraba a cocer las ropas de las muñecas; cubrieron la mesa con la cortina, color violeta, de la ventana, y entonces Ëlen se descalzó, dejó las pantuflas en la silla y se sentó en la mesa, esperando con ansiedad que la convirtieran en Pulgarcita.

 El Bonta mascaba violentamente el puro. Estaba reclinado en la pared, resignado.

 -Y entonces, Principita, las muñecas, valiéndose de un hechizo que nuestro amigo Vivi conoce, volvieron a Ëlen tan pequeña como Pulgarcita. La niña era toda felicidad; saltaba, reía, bailoteaba, cantaba; las muñecas también estaban felices, y aplaudían cada gracia de su Pulgarcita. Pero la mesa lucía desierta y aburrida para tan linda criaturita, y entonces las muñecas recrearon para ella, con las cosas de la habitación, el mundo del cuento. Así, trajeron una maceta con jazmines, y con cuidado sentaron a Ëlen en la corola de una de las flores, y con un sencillo encantamiento cerraron los pétalos. Esperaron unos segundos con los ojos cerrados, el jazmín se abrió, y entonces las muñecas pudieron ver recreado el nacimiento, tal como ocurría en el cuento de manera tan bella y maravillosa, de Pulgarcita. Ahora sí, podían jugar a gusto.

 La abeja, después de haber ido a mojar los labios en las gotitas de agua que había en la mesa, siguió:

 -Las muñecas luego, a un lado de la maceta, prepararon una fuente con agua, y recordando los detalles del cuento, y mientras Ëlen las miraba, columpiando las piernas desde la palma de una de una de ellas, partieron la cáscara de una nuez y sentaron a la niña dentro. Principita, no te imaginas la alegría de Ëlen cuando la muñeca dejó la nuez en el agua, y todavía más cuando la muñeca comenzó a soplar, despacito, para que Pulgarcita, mientras daba paladas con un trozo de pétalo de jazmín, navegara en su hermosa barquita. Después de un rato, Ëlen quiso meterse en el agua, pero no se animaba, pues para una niña del tamaño de un pulgar, una fuente es como un hondo lago. Entonces, las muñecas fueron por la madeja de hilo que Silky usaba para cocer, la cortaron y ataron la larga hebra a la cintura de Ëlen, y la hebra, como mandaba el cuento, a una blanca mariposa, y así la pequeña Pulgarcita pudo confiadamente divertirse, y con ella las muñecas, nadando en la fuente como si fuera un pececito.

 Pero, Principita, nunca debemos confiarnos en el agua, porque tiene sus peligros. Mientras Ëlen, impulsada desde la cucharita que las muñecas tenían posada sobre la fuente, daba divertidas piruetas y zambullidas, otra de las muñecas, queriendo representar más escenas de Pulgarcita, calladamente conjuró un sapo, que atraído por el agua, trepó a la fuente. ¡Ay, Principita, imaginarás el susto de Ëlen! Para ella, tan pequeñita, un sapo era como un terrible monstruo. Y claro, Pulgarcita echó a llorar y a pedir que la regresaran a su tamaño. La muñeca que había conjurado al sapo, también asustada, y muy enojada con el animalito que había hecho llorar a Pulgarcita, chasqueó los dedos y lo prendió fuego. Esto empeoró las cosas, pues Pulgarcita lloró por el sapo, y no fue hasta que la muñeca tuvo la ocurrencia de traerlo de vuelta y de mostrar que el sapo no podía morir, que la niña se calmó y pudo seguir jugando contenta. Eso sí, con el sapito regresado a su mundo, del que tal vez, Principita, durante esta aventura puedas saber.

 El Bonta interrumpió:

-Mei Ling, no quiero parecer brusco, pero…¡Termina ya con esta pesadilla!

 La abeja, enseñándole nuevamente el aguijón, con otro estallido de risas de los niños, continuó, y para alivio del peluche, para dar por terminado el reporte.

 -Ëlen, ahora mismo, está jugando en su casita, una simpática casita de duende, mientras las muñecas, fuera, arreglan las cosas para el jardín, poniendo arbustos y rosales y dejando una tacita de heno para que coma un muñequito de pony precioso, color violeta, con el que dentro de un rato, seguramente, sorprenderán a su Pulgarcita.

 Y bien, Eiko, Vivi, en esto es que anda Ëlen, jugando alegre, convertida en Pulgarcita. Pero como no podemos fiarnos del Espantapájaros, será mejor que la traigamos con nosotros, tan pronto como sea posible… Ey, Principita, ¿por qué esa cara? ¿Es que te duele la panza? ¿No estás contenta por tu amiguita Ëlen?

 La pequeña, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, negó unas veces con la cabeza, inaccesible. El Bonta, en gesto de cansancio, llevó una mano al rostro; imaginó lo que la Principita estaba por responder con cara compungida:

 -¡Yo también quiero jugar a Pulgarcita!

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pulgarcita

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