Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.31

  Los caprichos de Eiko

 El Bonta no parecía estar jugando, y Eiko se sentó, como le indicó el peluche con la ballesta, temerosa y callada en la silla que le arrimó Vivi. La niña, queriendo algo de cobijo, tomó de la mano a su amigo, y el mago preguntó:

 -Señor Bonta…

 -Cierra la boca, mago. Yo haré las preguntas.

 El peluche, viendo que Eiko estaba al borde del llanto, añadió:

 -Y tú, que no te oiga llorar, eh. Llora lo que quieras, pero en silencio.

 El Bonta extrajo de su chaqueta una ciruela, de grandes ojos y amplia sonrisa que divirtieron a la Principita, y la dejó en la mesa. Vivi abrió grande los ojos. El peluche dijo, burlón:

 -Veo que la conoces. Llevo muchas. Bien, dejaré la ballesta en la mesa, sabiendo que tendrás las manos quietas.

 El osito hizo, pues, como dijo. Eiko, que solo tenía ojos para la ciruela, preguntó:

 -¡Qué hermosa ciruela! ¿La puedo comer? Es que tengo hambre.

 El peluche contestó:

 -Lleva eso a la boca y saltarás por los aires como un sapo, en pedacitos, claro, ja, ja.

 Eiko, que supo por unos niños hobbits lo que se podía hacer con cohetes, aquellos artificios con los que Gandalf divertía, deslumbraba y atronaba a La Comarca, una pizca de magia y un sapo, exclamó airada:

 -¡Eres un osito de peluche malvado!

 El Bonta agitó la mano, como queriendo espantar a una mosca, sacó un puro que dejó a un costado, después de haber amagado a encenderlo, y dijo a Vivi:

 -Bien, mago, nos hemos entendido. Dime qué rayos hacen aquí. Y nada de fábulas, o me enojaré.

 Vivi detalló, con numerosas intervenciones de la Principita, que causaron no pocos bufidos y broncas al osito, lo ocurrido en el castillo. Los niños entraron en confianza, y supieron que el Bonta había sido mandado al cuarto para trastos por las muñecas de Silky, a pedido del Espantapájaros. No contó el motivo. Para alegría de Eiko, el osito no era un peluche malvado.

 Hubo silencio, con todos pensativos ante la llamita del cántaro; el Bonta ordenó a Eiko, que se dormía:

 -Ey, mocosa, nos quedamos en penumbras. Trae una muñeca. Maldición, ¡no preguntes para qué! Hazlo.

 La niña fue hacia la pila de trastos; estuvo un rato revolviendo y desparramando muñecos hasta que, apurada por el peluche, se decidió por la que le pareció la más linda: una muñeca de rizos que llevaba un paraguas. Eiko la peinó y corrió a enseñársela, toda sonrisas, al Bonta, que sin más agarró a la muñeca de los pies y la metió de la cabeza al cántaro, como si echara un conejo al estofado. La  Principita gritó y quiso salvar la muñeca, pero el Bonta, recibiendo duro e inconmovible los puñetazos rabiosos, y hasta una mordida, de un empujón mandó a que la nena se sentara:

 -¿Por qué lo hiciste? ¡Eres el osito más malo del mundo! ¡Vivi te va a castigar y te prenderá fuego!

 El Bonta no dio importancia al cotilleo de la niña y caminó hacia un rincón del cuarto; había una mochila, la abrió y sacó un par de potes, una botellita y una cuchara. Los arrojó a la mesa y dijo:

 -Come, y te irás a dormir.

 La  Principita preguntó, suspicaz:

 -¿Qué es?

 -Cereales con frutos secos del bosque. En la botella hay leche.

 -No me gustan los cereales y tampoco los frutos secos. ¿La leche es chocolatada?

 -No, y te aguantas. Da gracias que haya tenido provisiones para alguna contingencia. Otra queja y te quedas sin la manzana para el postre.

 El osito enseñó a Eiko una hermosa manzana. La nena rezongó:

 -¿Una manzana para el postre? ¿No tienes chocolates?

 -Maldita sea, ¿quién te ha malcriado así? Come eso y punto, o te lo haré comer de prepo. ¿Me oyes?

 La  Principita, con la panza que la urgía bulliciosa, no tuvo más remedio que echarse lo que le había dado el Bonta. Pero lo cierto es que la comida terminó por resultarle un festín de hobbit. Llegó el postre; la niña preguntó si no había caramelo para untar la manzana, pero la mirada severa del bonta la animó a que devorara con ganas la fruta, como si de una porción de torta de frambuesas se tratara. El Bonta entonces dijo.

 -¿Satisfecha? Ahora a dormir. Mañana nos espera mucho trabajo.

 Eiko no protestó, pues se caía del sueño, y se acostó entre los peluches; usó de almohada el caparazón roído y deshilachado de una tortuga y se arropó con la larga capa roja de un gato que portaba sable. La  Principita, tapada hasta el cuello, se quedó mirando al Bonta; éste exclamó:

 -¿Y ahora qué?

 -Ithïlien nos cuenta un cuento antes de dormir…

 -Óyeme, no sé quién es ese Ithïlien y tampoco me importa, pero si te malcría con dulces y cuentos, no es mi problema.

 -¡Pero yo no me duermo sin un cuento!

 -Pues, hoy no habrá cuento. Yo no me sé ninguno. Así que cierra los ojos y sueña con el cuento que se te ocurra, que no sea de brujas ni espantapájaros, que no quiero que me alborotes la noche a llantos.

 Vivi intervino, diciendo:

 -Es muy duro con ella, señor Bonta. Eiko es una niña pequeña. Debe tratarla bien.

 -Lo que me faltaba, ¡un mago negro respondón! A ver, revisa esa mochila. Tiene que haber un libro de cuentos. También encontrarás una farola; para que funcione, da unos toquecitos al frasco y esparce dentro algunas migajas de cereal.

 El mago revisó la mochila y dio primero con la farola, llena con agua y, para su asombro, con un pez que dormía; golpeó y el pez abrió los ojos, que eran enormes y emitieron luz. Pero enseguida los cerró. Vivi entonces destapó el frasco y esparció las migas. El pececito las devoró, y hubo buena lumbre para la lectura. Eiko, como no podía ser de otro modo, curiosa por el artilugio, quiso la farola. El mago se la alcanzó, advirtiéndole que el pececito no podía comer más, y regresó por el libro. La  Principita estaba a las risas.

 Era un libro de pocas páginas que tenía en la tapa a una niña, rubia y del tamaño de un pulgar, en una hoja tirada de una cinta por una mariposa blanca. Vivi fue con la principita y se recostó a su lado; la nena le compartió la capa, y entonces el mago leyó, un poco torpe y tímido y con Eiko que alumbraba con la farola, el cuento “La Pulgarcita”, una historia no muy conocida en la Tierra Media. Después de un rato, cuando la Pulgarcita, liberada por los peces del horrible sapo que la quería por esposa, iba a la deriva en su cáscara de nuez, ambos se durmieron.

 El Bonta se llevó la farola y se reclinó contra la pared; mascó un trozo del puro, miró a los niños y pensó: «es demasiado mocosa, aunque no más que lo que era Silky. Lo hará. Tenlo por seguro, maldito espantajo». El Bonta escupió el tabaco, guardó el puro y se sentó. Tenía mucho para pensar.

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cuento de La pulgarcita, de hans andersen

  Por aquí pueden leer este precioso cuento de Andersen: La Pulgarcita

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2 comentarios en “Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.31

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