Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 28

El Espantapájaros

 El Espantapájaros, turbado por lo sofisticado que era para un mago negro el conjuro de Vivi, dio un cauteloso paso hacia atrás. Observó el peluche dejado a un costado de su ama, a la niña admirada y complacida con el mago, y reflexionó: «Has jugado fuerte, chiquilla. Le has dado a ese mago un entendimiento libre, margen para que distinga lo conveniente o no de los Mandatos que he impuesto a los muñecos. No fue su intención, que no es más que un niño, pero con sus palabras acaba de esbozar un principio regente, un cuarto mandato, un Mandato Cero que podría definir de esta manera: “un muñeco no debe dañar a un niño, por más que lo quiera su dueño”. Esto, de cundir en los muñecos de la casa, arruinará mis planes. No lo permitiré».

 El Espantapájaros pensó en la flor que tenía bajo su chaqueta y continuó: «de usar la flor contigo, torcería rápidamente tu voluntad, pero el mago me castigaría implacable con su fuego». El muñeco echó un vistazo al dosel, donde las muñecas jugaban ajenas a todo, y concluyó: «no me obedecerán si no media tu deseo. Pues bien, con la palabra habré de hacer mía tu voluntad, poniéndote de cara a tus miedos, a los miedos que te he impuesto».

 Silky se sintió inquieta. El Espantapájaros la miraba torvo y sombrío. Pero esto no la amedrentó; por el contrario, se puso de pie, confiada a lo que había urdido. La niña sonrió con dulzura a Vivi. La tea trémula de los confusos ojos del mago la divirtieron. Vivi era adorable. La sonrisa que le devolvió Ëlen en cambio la molestó bastante. Sintió celos por la niña, aunque no supo por qué. No le gustó el medallón que llevaba y que honraba a Anor, el sol, o más bien, no le gustó que lo llevara. Apartó entonces la vista de la pequeña y saludó amablemente al mago después de haber dado un rápido vistazo a la Principita, a quien encontró «muy graciosa y linda» con su sombrero de mago negro. Vivi, que mantuvo con decisión el glifo, pasado el desconcierto por el proceder de la bruja, cuando esta lo animó a que le contará por qué habían venido al castillo, reprochó a Silky el mal trato dado a los magos negros y el robo de la esfera de la aldea. Contó luego de la búsqueda que habían emprendido las pequeñas, le reprochó el robo de la esfera. Iba a preguntar sobre la magia que había hecho posible a los magos negros, pero intervino el Espantapájaros, que caminó hacia los niños con expresión amigable y dijo:

 -Veo que hemos llegado a un entendimiento. “La gente se entiende hablando”, dijo un sabio, y con cuánta razón. Oh, ¿por qué esas caras?

 Eiko puso los brazos en jarras y contestó con franqueza:

 -Por qué eres un muñeco feo y malo, e hiciste asustar y llorar a Vivi. ¡Eso no se hace!

 La Principita se tapó la boca con las manos, como queriendo que no se le escaparan más palabras inconvenientes. El Espantapájaros estalló en carcajadas. Este, por más horrible que fuera, no dejaba de ser un muñeco, así que las niñas se vieron animadas por su risa y rieron con él. Silky dijo para sí: «en su risa hay engaño, un irresistible y ensayado engaño». La niña prosiguió, implorante: «por favor, Vivi, debes haberlo percibido. ¡Quémalo ya con tu magia! Lo que dice es veneno. Es peligroso que yo lo escuche. ¿Qué? ¿Por qué habla a esa niña? ¡No quiero que le hable!».

 El Espantapájaros se sacó el sombrero, hurgó dentro y sorprendió a todos con un muñeco de ent, que cabía en su mano y estaba tallado en madera. Las nenas se entusiasmaron, tan gracioso les pareció el muñeco, y escucharon encantadas al Espantapájaros, que imitó el hablar perezoso y cadencioso de los pastores de árboles. Se presentó con el nombre de Tronco Aburrido para jolgorio de sus rendidas espectadoras, y preguntó a Ëlen:

 -Bararuuuumm, bararuummm, ¿cómo se llama esa, cof, cof? Oh, lo siento, creo que pesqué un resfrío —risas—. Bararuuuumm, decía, hmmm, bararuummm. Tú, la pequeña que usa sombrero de mago y tiene cara de traviesa, tanto que ha de portarse mal como un pequeño orco —risas—, ¿qué es lo que dije?. Oh, sí, preguntaba a la niña que habla como canarito —risas—, ¿cuál es su nombre?

 La pequeña respondió:

 -¡Ëlen!

 Tronco Aburrido, complacido, preguntó luego el nombre a la Principita. Hablaron de cosas, hubo muchas risas. Sin embargo, Silky mordía nerviosa un bucle de sus cabellos. Vivi la notó descontenta, con el rostro que adquiría una inquietante expresión de odio. El mago se preguntó qué podía estarla molestando; movido por un vago pensamiento, tomó el grimorio que traía dentro de la chaqueta. El Espantapájaros se aproximó a Ëlen hasta donde lo permitió el glifo, Tronco Aburrido entonces comentó con afectada pena:

 -¿Ves a esa niña que nos mira con enojo? Está enojada, y también triste, porque no tiene amiguitas para jugar como la tienes tú. Ella vive sola, acompañada no más que de muñecos, muñecos feos y dormilones como yo o el viejo Espantapájaros, achacoso y mohoso —risas—. Dime, preciosa, uh, ¿cómo era tu nombre? ¿Lo recuerda señor Espantapájaros? —más risas mientras el Espantapájaros miró de soslayo a su ama—. Ah, es verdad, Ëlen. ¿Qué dice la pequeña Ëlen? ¿Quieres pasar, con tu amiguita Eiko por supuesto, unos días en el castillo y hacer compañía a Silky? Ella las tratará como si fueran sus hermanas pequeñas, les prestará sus muñecas. Si lo quieren, hasta podrán jugar con las preciosas muñecas que están cuchicheando alegres dentro del dosel.

 El rostro de Ëlen brilló con alegría. Las muñecas eran hermosas, como jamás había visto. La pequeña respondió con ingenuo entusiasmo:

 -¡Sí! Eiko, será lindo…

 Ëlen no pudo concluir la frase, pues Silky se le había ido encima con la ferocidad de un lobo. El glifo repelió a la niña, haciendo que cayera de bruces. Pero la niña insistió a las patadas, una y otra vez. Estaba como poseída. Las pequeñas se quedaron tiesas. Vivi quitó el precinto al pergamino y murmuró imperioso una fórmula. Silky, que había comprendido lo inútil de sus esfuerzos, ordenó en un grito:

 -¡Quiero a esa niña conmigo! ¡Ya!

 El Espantapájaros preguntó, con fingida sorpresa:

 -¿Qué ocurre, ama? Está asustando a las niñas. Ellas solo quieren ser tus amigas.

 -¡Llama a las muñecas! ¡Quiero a esa niña de trenzas que viene a robar mis juguetes, a usar mis vestidos y zapatos, conmigo, ya! ¡Yo le enseñaré su lugar a ese canarito!

 -No puedo contrariar lo que ordenas, pero por favor, calma. Ellas solo quieren ser tus amigas. Niñas, han oído a mamá Silky.

 Las sedas del dosel se corrieron. Una de las muñecas asomó tímida e indecisa. De cabellos larguísimos, su nombre transcrito a la lengua común era Luciérnaga en el Jarro de las Campanillas Blancas. La muñeca dio un saltito de la cama. Con las manos que daban lumbre, y tarareando una canción de nana mientras daba ligeros pasos a través del aire, flotó terrible como un espanto hacia Ëlen.

Ep Sig:

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  *El Espantapájaros no es otro que el Espantapájaros de Batman.

 

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3 comentarios en “Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 28

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  2. «-Hay una ley que es superior a la primera ley. «Un robot no puede lastimar a la humanidad, o por falta de acción, permitir que la humanidad sufra daños.» La considero ahora la ley Cero de la Robótica. La primera ley debería decir: «Un robot no debe dañar a un ser humano, o permitir, por inacción, que el ser humano sufra algún daño, a menos que tal acción viole la ley Cero de la Robótica.»
    (Robots e Imperio, Asimov)

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