Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.25

La muñecas y el mago negro

 La bruja estaba sentada ante el clavicordio, ensayando la partitura que un espantapájaros con sombrero de ala ancha, de pie junto al mueble, iba pasando de hoja. Había un amplio ventanal a su diestra, atravesado por madreselvas; la luna daba la única lumbre de la habitación. La bruja dio un tamborileo a las teclas y dijo con impaciencia:

 -Esta pieza es para lluvia. Quiero que llueva.

 El Espantapájaros respondió después de una seca reverencia:

 -Lloverá, mi ama.

 El Espantapájaros miró al mago negro que se sostenía el cofre que la bruja, con la música del clavicordio, procuraba abrir, y dijo:

 -Has oído a tu ama.

 El mago negro asintió y caminó hacia el dosel que tenía a la izquierda; descorrió una de las cortinas rosas, encendió la medialuna que pendía del techo de seda violácea y, cuidando, de no tocar la cama en la que descansaban, tumbadas encima de almohadas, unas muñecas, apretujó la naricita de una de ellas, la de largos rizos castaños; esperó a que abriera los ojos y dijo:

 -Ama Silky desea que llueva.

 La muñeca destapó la sábana que la cubría, tomó con delicadeza una almohada y se sentó encima. Las niñas, de poder verla, habrían corrido hacia ella y peleado por quedársela. Medía unos treinta centímetros y su cabeza en relación al cuerpo era un tanto desproporcionada por lo grande; tenía la cara redonda, ojos también redondos de un hermoso azabache, largos cabellos que le caían en ondas y un camisón violáceo de bordes blancos. El mago pulsó el botón que la muñeca tenía estampado en el cuello, y la muñeca cantó. Se oyó un trueno a lo lejos. Comenzó a llover, la muñeca guardaba silencio. El mago negro la miró con temor. El Espantapájaros dijo:

 -Ama Silky peina sus muñecas antes de arroparlas en la cama. La muñeca está esperando a que lo hagas. ¡No! ¡No la toques, o la muñeca te reducirá a cenizas! Regresa con el cofre.

 La muñeca puso gesto de desencanto, y el mago negro hizo como le ordenaron. El Espantapájaros habló a la muñeca:

 -Puedes despertar a tus hermanas. Jueguen en silencio y no usen magia. «Mamá» Silky pronto estará con ustedes.

 Como el dosel de las muñecas no alumbraba lo suficiente, el Espantapájaros puso un candelabro sobre el clavicordio; se alejó a prudencial distancia, y pidió al mago que lo encendiera. El mago chasqueó los dedos; una voluta de fuego alcanzó el candelabro y Silky pudo retomar la partitura.

 Pasaron los minutos con una música bellísima hasta que el cerrojo crujió. La bruja había logrado abrirlo, y río con incontenido candor. Luego habló al Espantapájaros, sin mirarlo:

 -Que se vaya. No quiero que vea mis regalos.

 El Espantapájaros respondió:

 -Lo que desee, mi ama. Mago, ama Silky te recompensará. La has divertido y está satisfecha. Puedes retirarte.

 El mago negro reverenció con un toque de sombrero y se alejó, cerrando con cuidado la puerta. Al cabo de unos segundos, se oyeron ladridos, pisadas que retumbaban en el suelo de madera, gritos, crujidos, alaridos. El Espantapájaros dijo con pesadumbre:

 -Ama… Ha olvidado que Fenris andaba suelto…

 -Bah, era solo un muñeco. Quiero ver mis regalos.

 Vivi, que había oído a la bruja desde el cofre y la miraba a través de la cerradura, con la voz entrecortada por el dolor y la furia, exclamó:

 -Lo llamó muñeco… Para la bruja los magos negros somos muñecos…

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I'm Gonna Be An Angel - 02

 

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