Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.21

 La tristeza de Vivi

 Los niños llegaron a la biblioteca. Como ocurría con todos los sitios en la aldea que eran dedicados a un trabajo en particular, la biblioteca no era más que la casa común de un mago negro que poseía lo que sus congéneres no; en este caso, una repisa repleta con libros y pergaminos. Vivi sujetó la aldaba y dio dos golpes a la puerta. El dueño de casa les dio la bienvenida y los invitó a pasar; los niños lo siguieron, tomando cuidado de no derribar con las rodillas las pilas de libros desparramados por la casa. El mago, que encendía el candelabro del techo con un toque de su báculo, dijo que estaba limpiando la repisa, cuyos estantes abarcaban una pared, y por eso el desorden. Los niños tomaron algunos libros y armaron un banquito como les pidió el mago, disculpándose porque tenía las sillas ocupadas, y le hablaron sobre la bruja.

 Libritos, que es el apodo que dio Ëlen al 109, después de haber escuchado el relato, propuso a los niños que fueran a lo de la bruja, cosa que, naturalmente, entusiasmó poco a los niños. Libritos dijo que no tenían que temer, que su plan haría que la bruja quisiera escucharlos o, como dio a entender a Vivi con el fogoneo de sus ojos, el maguito habría de comportarse de manera poco amistosa; «la bruja o las niñas, Vivi», concluyó el mago, para extrañeza de las pequeñas, que no comprendieron de qué hablaba.

 El mago los acompañó a la puerta. La lumbre de las ventanas, que encendía la aldea y le daba el aspecto de una guirnalda, admiró a las pequeñas, no obstante lo macabro de las calabazas cuando son decoradas y adquieren la expresión de un rostro. Las nenas marcharon contentas, pues Libritos les había obsequiado un par de cuentos para colorear, bajo la condición de que olvidaran el temor por la bruja. Vivi, por su parte, caminaba cabizbajo; no confiaba en que la bruja quisiera oírlos ni que en alguna manera él pudiera amedrentarla; tampoco le gustaba que las niñas se involucraran en un asunto tan peligroso. Las pequeñas le gritaban, desde el portón del jardín de Peritas, diciendo que se apurara, que si llega último se quedaba sin postre. La chimenea humeaba. El mago estaba cocinando algo rico. Vivi caminó hacia la casa, mirando a Choco, que hacía fiesta a sus amigas, y dijo para sí: «Si la bruja les hace algo malo, usaré Hecatombe y la destruiré junto al castillo. Ellas no sufrirán por mí culpa».

 Era temprano, en un mañana algo fresca. Vivi estaba sentado sobre una de las calabazas del huerto, tal su costumbre, acompañando con sus pensamientos al espantapájaros. Oyó a las niñas. Procuró que sus ojos no expresaran su tristeza y las saludó con un toque de sombrero. Eiko preguntó:

 -¿Por qué estás triste? ¿Tienes miedo de la bruja?

 Vivi se removió incómodo. Eiko lo conocía bien y por más pequeña que fuera, el mago no podía ocultarle su turbación.

 -Ëlen usará un hechizo que las convertirá en flores. Para hacerlo, precisará de sus corazones, que harán que el hechizo pueda transformarlas en la flor apropiada…

 La Estrellita exclamó, contenta:

 -¿Viste qué lindo? Eiko se convertirá en una violeta y yo en una margarita. ¿Quieres que te lo enseñe?

 Vivi negó con la cabeza:

 -Aunque pueda aprenderlo, me sería de poca utilidad. Yo no tengo corazón…

 El maguito hundió la cabeza entre las rodillas, queriendo ocultar los sollozos. Las nenas permanecieron calladas. No sabían qué decir. Eiko, por fin, se animó y preguntó:

 -¿Por qué dices eso? Todos las personas buenas tienen corazón. Y tú eres una persona buena.

 Vivi se ilusionó con esas palabras y los ojos le titilaron. Pero como ocurre con las luciérnagas, esa ilusión menguó no bien había aparecido, y la pena ensombreció todavía más al mago. Vivi se levantó y rogó a las nenas que se quedaran quietas, con los brazos a los lados del cuerpo. Luego posó una mano, con la palma abierta, en el pecho de Eiko y la otra sobre el de Ëlen; cerró los ojos y pensó: «Qué hermoso. Son como campanitas». Bajó las manos, y las niñas hicieron como dijo y posaron una mano en su pecho. Vivi no quiso mirarlas. Imaginó las dudas en sus rostros, y huyó corriendo de allí.

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