Elemental, mr. Data

 Hace unos días este episodio de la segunda temporada de la Nueva Generación me dio la excusa para una entrada, que andaba con ganas de comentar lo que me gusta de la serie. El episodio es de esos que al principio me hacen bufar con un “otra vez con la dichosa sala de hologramas, simulando que están en una época similar a la mía, u anterior, como para sacar un capítulo barato; ¡quiero bichos raros, planetas, paradojas temporales, ciencia ficción!”

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 Data como Sherlock Holmes (Geordi hacía de Watson), en la sala de hologramas. Las aventuras del inspector supieron entretenerme lo suyo, pero como no miro Star Trek para que me cuenten una historia que ocurre en nuestro pasado, estas cosas, como dije, me fastidian. Pues bien, transcurren los minutos y mi opinión, como pasa siempre, se torna favorable.

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 El profesor Moriarty. Data precisaba de un oponente a su altura, y entonces la computadora recurre a Moriarty, quien se dice que fue el oponente más fiero para Holmes, con el fin de representar a una inteligencia que pudiera contender con la del androide. No me voy a liar con la trama, así que en resumidas cuentas Moriarty accede al ordenador del Enterprise, aprende del conocimiento que superaba a su siglo  —de a poco, que no dejaba de ser un programa —y pone en jaque a la nave, pues, había capturado a la doctora —que no era Beverly Crusher— y esto imposibilitaba una medida drástica en la sala de hologramas. Dada la gravedad del asunto, Picard acude con Data a la Londres del siglo XIX.

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 Picard y Data encuentran a Moriarty. El capitán pregunta a Moriarty sobre sus intenciones, y el profesor responde «que quería seguir existiendo»; ambos discuten el asunto. Moriarty se ampara en el  «Pienso, luego existo»; afirma que era conciente de su existencia como holograma, que el conocimiento además lo había vuelto un mejor hombre, que no restaba nada del ambicioso Moriarty, y proclama entonces que tiene derecho a la vida. Picard acepta su posición, pero le advierte que no lo podrá complacer porque no se disponía de una tecnología que permitiera a un holograma existir fuera de su ámbito; a cambio, promete que guardará el programa “Moriarty” y que en cuanto sea posible se le dará existencia autónoma —el doctor de la Voyager lo saluda, jaja—. Moriarty finalmente devuelve el control del ordenador.

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 El tema ha sido versionado hasta el hartazgo: el “Frankenstein” que quiere su propia vida, en este caso, en el personaje de un holograma. Nunca decepcionan estas historias. Otra lectura que brinda el capítulo deriva de la transformación de Moriarty, que pasa de un científico perverso a un sujeto que quería seguir aprendiendo: el conocimiento nos puede tornar en buenas personas, entiendo que se nos quiso decir. Un punto de vista optimista, como es de esperar en Star Trek.

 Bien, eso es todo. Star Trek nunca te deja sin tu bocadito de Ciencia Ficción. La serie no descollará en lo pirotécnico, pero cumple con creces cuando asombra con conceptos y aplicaciones tecnológicas o cuando especula acerca del papel de la ciencia o acerca del contacto entre culturas, cosas que hacen, entre algunas más, valiosa a la Ciencia Ficción. Y esto dicho por alguien que no es un trekie (bueh, como si importase).

Larga y próspera vida.

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