Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.17

 La tardecita con el barrilete

 -¿Shinta? ¡Qué nombre raro!

 -¿Te parece, pequeña dama? Pues yo creo que el tuyo es igual de raro, para estas tierras cuanto menos, jojo.

 -¿Por qué?

 -Porque tu nombre y el mío no proceden de la Tierra Media, vienen de lejos. De aquella tierra de la que te hablé cuando en aquel camino bajos los cerezos, ¿te acuerdas?

 -Sí.

 -¿Y el mío? ¿También es un nombre raro?

 -No, «Elen» es una palabra que pertenece al quenya, la lengua de los altos elfos. Ithïliendil te lo habrá contado, ¿no? Cuando los elfos descubrieron las estrellas, con asombro y regocijo exclamaron tu nombre.

 La Estrellita no se mostró demasiado contenta con la poética explicación. Ella también quería tener un «nombre raro». Shinta encaminó a las niñas fuera del bosque, y parlotearon sobre todo lo que hacía a un bosque; flores, insectos, animales y, como no podía ser más, de hadas. Durante el trayecto, Shinta además contó algo de su historia; la máscara prometió quitársela en otra oportunidad, como para mantener el misterio, según dijo. Llegaron a una colina, poblada de margaritas. Las niñas echaron a correr, y retozaron contentas. Unos animales pastaban y bebían de un charco; al verlos, con entusiasmo hicieron señas a su amigo, que se distraía con el paisaje. Shinta se acercó y oteó los alrededores —parecía desconfiado— y miró hacia el cielo; las águilas de las nenas chillaron. El enmascarado supo que la zona estaba apacible y comentó:

 -Son ciervos, pequeñuelas. Miren a aquellos dos, los que tienen cuernos que parecen ramas. Van a pelear.

 -¿Por qué?

 -Hmmm, quien gane, Principita, será el rey de los ciervos y tendrá por novia a la cierva más bonita.

 -¿Como el señor Aragorn, que se casó con Arwen cuando mató al monstruo?

 -¿Pero qué dices, Ëlen? Frodo y Sam mataron a Sauron. El señor Aragorn no fuese mucha ayuda.

 -Jajaja, no es tan así, pequeña dama. Y no hace falta que menciones ese nombre terrible, que no queremos despertar a viejos fantasmas, ¿verdad?

 Las niñas palidecieron. Shinta se rascó la cabeza y aclaró:

 -Calma, calma. Fue un decir. Bien, a lo nuestro.

 Shinta corría mientras soltaba hilo, con las niñas a la par, que a gritos y a saltos, animaban al barrilete que ascendía encabritado, poco amigo a las riendas. El caballero se detuvo y desató otra racha de hilo; tironeó un par de veces, y el barrilete refrenó los coceos y haraganeó a su antojo. Las nenas cabrioleron felices, y no tardaron en pedir el barrilete. Cada una lo tuvo su ratito, bajo la mirada atenta de Shinta, que temía un descuido. Les dio hambre, y entonces Shinta tomó la madeja, que clavó a la tierra y aseguró con rocas; confiado que el barrilete no iría por las suyas, se sentó con las nenas. Era una linda tarde de siesta en otoño, y se hartaron a jugo, frutillas y moras.

 -¿Qué estás dibujando, Principita?

 -¡No mires!

 La niña tumbada en la hierba pintaba sobre una hoja con tiza mojada, a la que cubrió con los brazos cuando el enmascarado preguntó.

 -Está bien, está bien. Seré paciente, pequeña dama. Pero aparta los brazos de la pintura, que apenitas estás de enchastrar esas ropas tan bonitas.

 Ëlen observó a su amiga, con algo de celo, y fue por su arpa. Pasado un momento, algo sobresaltó a Shinta: el barrilete coleaba. El caballero miró a Ëlen, que hurgaba en su mochila, en busca seguramente de su arpa; había olvidado la madeja, que se iba como de a puntillas de pie. Shinta tuvo que correr y procurar asirla a los saltos, en tanto pugnaba por que no se le volara el sombrero, cosa que divirtió mucho a las nenas. Al cabo de un rato, con el barrilete en su cauce y la madeja en las manos, Shinta exclamó:

 -Ajá, ¡me toman por su payaso, eh! ¡Juajuajua!

 Cayó la tarde. Shinta, de pie en la colina, disfrutaba el paisaje; las nenas era unas motitas en el horizonte. Iban a grupa de sus águilas, con el barrilete asido como si fuese un globo; pronto estarían en la aldea de los Magos Negros. El caballero mateaba, y oyó pasos. Un corcel de larguísimas crines se aproximaba. Shinta, contento, exclamó:

 -¡Lin Rochallor!

 El caballo bufó y con una pata figuró una runa en la tierra. Shinta respondió entre risas:

 -Por las trenzas de Vána, no me di cuenta.

 Shinta se quitó la máscara. La guardó y sacó una hoja del bolsillo. Sorbió de la bombilla y enseñó la hoja al corcel.

 -Mira lo que dibujó la Principita. Ese es el barrilete. Lo armamos entre los tres. La nena se dibujó muy contenta con el. La Estrellita, como no podía ser de otro modo, está con su arpa. ¡No sabes la melodía hermosa que sacó! Seguro que la aprendió de Melian. Esas son Härï y Mamahäha. ¿Qué? ¡No seas malo! ¡No parecen gorriones! ¿El cervatillo? Se nos arrimó por la música de la Estrellita; comió pasto de manos de las nenas y se marchó cuando lo llamó su mamá. Y ese soy yo, no hace falta que te lo diga. Linda tardecita, Lin Rochallor. Lástima que no estabas, aunque por supuesto, me habrías echado a perder el cuento de el Caballero de la Luna, jaja.

 El corcel dibujó unas runas. Shinta se mostró de acuerdo; guardó las cosas del mate, extrajo un puro —que no encenderá—, lo mascó y sin que lo quitara de la boca, ajustó el ala de su sombrero y dijo:

 -En marcha, pues Ithil pronto asomará y quiero caminar con ella.

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  • Shinta, es por el personaje de Rurouni Kenshin.

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