Los Mitos de Cthulhu leídos con fe de niños

 Hace unos días que estoy con Lovecraft. Harán cinco años de mi último periplo con los Mitos de Cthulhu y no creía que pudiese retornar a estas lecturas con la misma pasión. Pero aquí estamos otra vez; es cuestión de sacar el deplorable Necronomicon que escondido en la biblioteca para que me haya reincorporado como se debe a Lovecraft.

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 El libro con el que un amigo me inició en Lovecraft. Se trata de una recopilación de relatos de Lovecraft y otros autores que aborda los orígenes, consolidación y decadencia creaiva — consecuencia de la muerte de su mentor—, del ciclo de Cthulhu. El prólogo de Rafael Llopis no tiene desperdicio y recomiendo su lectura antes de ponerse con el maestro de Providence.

 ¿Y a qué viene lo de la lectura “con fe de niños”? Pues, a lo que sugería con el inicio, que a Lovecraft lo acompañe con un ejemplar del terrible Necronomicon (la de un tal Simon), indica que por un rato, digamos, “juego” a que estoy leyendo las crónicas escritas por alguien versado en saberes ocultos y no cuentos de horror cósmico. Ninguna otra fantasía me ha causado estas sensaciones. El Lovecraft de los Mitos de Cthulhu se presta para que lo leyamos como envueltos en una manta y alumbrados por una temblorosa e inquieta linterna. Sus relatos están situados en nuestro tiempo y en la sociedad que conocemos, y si bien es cierto que Lovecraft nos habla de lugares ficticios como la Universidad de Miskatonic, a efectos de la imaginación, daría igual que, pongamos, la universidad fuese Virginia Tech; Miskatonic participa del mundo que nos es familiar. Lo mismo va con los libros prohibidos, como el mencionado Necronomicon, escrito por el árabe loco Abdul Hazred. Todos sabemos que se trata de una urdidumbre de Lovecraft, pero estoy seguro que el que se ha apasionado con los Mitos alguna vez se ha preguntado: ¿y si en verdad existe? En lo personal, no me gusta descartarlo.

 Como consecuencia de esta lectura pseudo infantil de Lovecraft, tenemos, siempre claro bajo mi punto de vista, que lo atractivo de su obra no pasa tanto por el terror —nunca me dieron miedo sus relatos— sino por su capacidad de sugerir la presencia de lo arcano en nuestro mundo y que lo esotérico no se trata de, usando unas palabras de Tolkien, “cuentos de vieja”. Entonces, la investigación, la búsqueda de pistas y la interpretación arqueológica es lo que a muchos nos ha atrapado de Lovecraft. Esto, sobre todo, en lo personal me entusiasma cuando los personajes en una casa vieja y polvorienta, alumbrados por una vela o candelabro encuentran un ejemplar del Necronomicon y expresan el desagrado y el pavor que les depara su lectura. Nunca me cansa leer sobre lo “terrible”, “detestable” o “incalificable” que es el” Necronomicon”. La recurrencia de esos calificativos obran, de alguna manera, como los epítetos que Homero daba a Aquiles o a los dioses; Briseida, “la de las lindas mejillas”. Veinte veces uno habrá leído estos motes en La Ilíada, y siempre lo festejamos a Homero. Con Lovecraft sucede lo mismo. Bueno, yo al menos recibo con alegría, una vez más, de niño estas repeticiones lovecraftianas.

 Otra de las imaginaciones que me encanta es cuando Lovecraft habla de seres inteligentes que habitaron nuestro planeta cuando surgían los primeros atisbos de vida. Pensemos en palabras tan evocativas como Cámbrico, donde la Geografía enseña que aparecían las primeras plantas y algún que otro bicho como los trilobites, que muchos no habremos olvidado de la escuela; en la época en la que nuestro planeta estaba convulsionado por terremotos y volcanes, tenemos a los Primigenios que hacían de las suyas. Marea. Los humanos que éramos un proyecto a millones de años y los seres terribles de Lovecraft que levantaban sus ciclópeas construcciones que en nuestro tiempo, ignoradas por nosotros, como el gran Cthulhu “muertas aguardan soñando”.

 Una cuestión más que guarda relación con una lectura “infantil” de Lovecraft, en especial sobre los Mitos, es que si uno quiere puede incluir cualquier obra afín de cualquier autor en el imaginario de Cthulhu —mejor si el estilo del escritor es un tanto barroco, como para que nos evoque a Lovecraft—. Es un lindo juego. Un ejemplo, El inmortal de Borges, quien por otra aparte dedicó a Lovecraft There are more things. Ya que estamos la expresión “fe de niños” es de Borges.

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 La avioneta en la Antártida. Imaginación inborrable de En las montañas de la locura. Ni fantasmas, ni casa embrujada, ni científico loco. Lovecraft se valió, con cierta inspiración en Poe, del hielo, la nieve y de la arqueología para construir un fascinante relato tenebroso. Genial.

 Esto es todo. Todo aquel que tiene inquietudes acerca de lo oculto, que en su infancia gustó de leer sobre el Yeti, el monstruo del Lago Ness, el Triángulo de las Bermudas, las pirámides y por supuesto, de la Atlántida, que se aficiona a los mitos y cultos antiguos, tendría que echar una ojeada a Lovecraft. No se arrepentirá. ¿Y los niños? Uy, lo que daría por un viaje en el tiempo, hacia mis doce años, para regalarme mi libro de Lovecraft.

                                                                  ———————-

 Recomiendo: La sombra sobre Innsmouth, En las montañas de la locura, En la noche de los tiempos y El caso de Charles Dexter Ward. De autores que conformaron el Círculo de Lovecraft, Los perros de Tíndalos de Frank Belknap Long, y de autores que fueron influencia para la confección de los Mitos, El Wendigo de Algernon Blackwood. Si se quiere información exhaustiva, no se pierdan El espejo gótico.

 

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3 comentarios en “Los Mitos de Cthulhu leídos con fe de niños

  1. Me ha gustado tu reseña.

    En las recomendaciones incluiría VIAJES AL OTRO MUNDO: CICLO DE AVENTURAS ONÍRICAS DE RANDOLPH CARTER. Me gusto mucho y da un buen paseo por los Mitos.

    Con los que tú comentas, creo que están incluídos los relatos largos, que no sean cuentos de unas cuantas páginas.

    Me gustan bastante alguno de los cortos, pero prefiero los que son más extensos.

    • Gracias por comentar. No te respondí ante porque no había visto el comentario (Worpress no me avisa). Randolph Carter lo tengo en deuda hace rato, como buena parte de sus relatos cortos de su época dunsaniana. A Lovecraft lo leo por épocas, así que cuando toque su lectura me pongo con ese ciclo.

      Y sí, también prefiero los relatos más extensos porque me hacen perder más en su universo. Un saludo.

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