Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.14

Lucha a muerte en el Monte del Destino

 Arwen cabalgaba a paso lento camino al Orodruin. Los orcos, a su paso, abrían una brecha, con las lanzas que repicaban en la tierra muerta. El cielo agobiaba. La princesa miró hacia el Ojo sangriento, y el Ojo la odió. No había olvidado a la hija de Melian, a la más bella entre los elfos que lo embaucó con su hermosura, y Arwen se le parecía. La princesa alcanzó un punto escarpado, que daba a un abismo; los orcos se mofaron y escupieron a la tierra, creían que en un desfiladero moría la bravata de la hija de Elrond. Pero el pegaso de la princesa batió las alas, y las huestes de Sauron enmudecieron. Uno de los soldados quiso darle con la lanza, pero el capitán lo apuñaló por la espalda, y advirtió a los demás que la elfa era para el Ojo. Rochallor superó el foso de negrura inabarcable y descendió a la base del monte. Arwen dio al corcel una caricia bajo una oreja y se apeó; los zapatos que calzaba, de plata como los de la Cenicienta e igual de mágicos, la protegieron del suelo calcinado. La princesa vestía las ropas, aunque sin el antifaz, de marinera de la Soldadito de Ithil y portaba un carcaj repleto con flechas de plata.

 Sauron la saludó con una inesperada y larga reverencia, que no era habitual en la Tierra Media, y se presentó también con inusual formalismo. Era alto como un árbol. Levantó el índice de su diestra, y Arwen palideció. El Ojo se disipaba en una lengua de fuego que fue enroscándose al dedo de Sauron; dos alas surgieron al Señor Oscuro, un bumerang que le tachonó el peto y unos guanteletes cubrieron sus manos, menos al índice, que ardía por el Anillo. Era Sauron, por fin con el Único, y se llamó a sí mismo, con orgullo que no logró ocultar, «Sauron el Gekiganger». Luego, adelantó un brazo que apuntó a Arwen, cerró el puño y con voz atronadora exclamó:

 -¡Puño Gekigan!

 El guantelete salió disparado, como violentado por una catapulta. Arwen dio un salto y logró esquivarlo. La princesa se reincorporó con el arco firme, y preparó una flecha; apuntó a la frente de Sauron, que sonreía, pero un golpe terrible dio en su espalda y la desparramó por el suelo. El guantelete regresó a la mano de la que había salido. Sauron dijo:

 -Eso ha sido el Puño-Gekigan. No debes descuidarlo si no da el primer golpe, como acabas de comprenderlo. Lanzaré el próximo, y con esto daré fin al duelo. Has sido valiente, hija de Elrond.

 Arwen se irguió poco a poco. Con una rodilla en el suelo y las manos sobre la otra, sonriendo y con el orgullo de su alto linaje, dijo:

 -¿Eso es todo, señor de Mordor? Arwen Undómiel ha venido para que en lo venidero sea cantada. Vamos, aquella a la que su pueblo ha dado en llamar «La Estrella de la Tarde», será tu Fingolfin, puedo jurarlo.

 Sauron asintió, satisfecho porque no anhelaba menos, y reitiró el anterior movimiento, ahora con los dos brazos. Los guanteletes buscaron los flancos de Arwen; uno podría esquivarlo, a ambos no. Arwen susurró un sortilegio, y del suelo brotó una flor de pálido rosa, de anchos pétalos que envolvieron a la princesa y desviaron la acometida. Los guanteletes regresaron a Sauron, y Arwen vio su oportunidad. Sacó una flecha con la que atravesó la corola que la protegía, tensó el arco y disparó. Sauron, con gesto airado y burlón, quiso abofetear la flecha, como si de una mosca se tratara, y entonces oyó que Arwen chasqueaba los dedos; la flecha adquirió la forma de un enjambre, que arremetió contra su objetivo. Sauron cayó de rodillas. Las abejas se dispersaron muertas, y el Señor Oscuro se desplomó. Al cabo de unos momentos, con casi inarticulada risa, dijo.

 -Te he subestimado, hija de Elrond.

 Sauron, ya de pie, continuó:

 -Tu defensa ha sido admirable, tanto como el ardid con el que respondiste. Lamentablemente, fue en vano. Bien. ¿Una últimas palabras? ¿Un último deseo? ¿No? El silencio te honra, Arwen Úndomiel de la Casa de Elrond, la bienamada «Estrella de la Tarde» de los elfos a los que ha llegado su hora.

 Sauron fijó la mirada en la princesa. Sus ojos se encendieron, como si una fogata los alumbrara, y el Señor Oscuro gritó:

 -¡Rayo Gekigan!

 Dos ondas enrojecieron y calcinaron el aire. Arwen cruzó los brazos a la altura del rostro y contuvo con los brazaletes el violento rayo que emitía Sauron; el impacto la arrastró hacia atrás, pero la elfo afirmó su postura y recuperó unos pasos, que la alejaron de la lava que ascendía a chorros. Transcurrió un tiempo durante el cual ambos contendientes no se aventajaron, pero Arwen, finalmente, frágil como una flor en comparación con su oponente, se desvaneció aturdida por los brazales, que abrasivos casi le fundieron las muñecas. Sauron desvió el rayo, queriendo que no vaporizara a la princesa, y fue hacia ella. Una voz habló a los pensamientos de Arwen:

 -Princesa, despierta. Eres la guerrera de la Luna. Recuérdalo.

 Arwen abrió los ojos. Sintió que su cuerpo ardía. Irguió el cuello y vio que Sauron la cargaba. Ladeó con desesperación. A su espalda, borbotaba el Orodruin.

 -Caballero de la Luna… No me rendiré.

 Sauron contempló a Arwen. Le acarició el cuello, y se demoró en el collar, que adornaba una luna en su cuarto creciente. Recordó a Lúthien, y deseó dar muerte a la elfa con las manos. Pero la hija de Elrond había sido noble y valerosa. No merecía que sus manos la mancillaran, y la soltó al ardiente Orodruin. Regresó con sus huestes. Levantó el índice, los orcos dieron vítores al Único, pero entonces callaron. Sauron volteó; el foso que fulguraba le anegó los ojos. Cedía la albura, y Sauron entrevió la sombra de Arwen que batía alas, como de mariposa, y de sus manos, un cetro que centelleaba con la media luna que, supuso, era la del collar. Arwen recitó unos versos de uso olvidado, compuestos para pedir el favor de Rána la errante, que es el nombre que el poeta había dado a Ithil, y Sauron sintió nostalgia. Pensó en los días que precedieron a la hechura del mundo, en el tiempo en el que, como sucedía a todos, amaba la belleza de Varda, y odió a Arwen por haberle recordado aquel pasado bienaventurado. Conjuró entonces con el anillo un inmenso escudo rectangular. Lo afirmó a la tierra y esperó a que el cetro revelara a su hermano maiar, el timonel de la barca que conducía a la luna, Tilpion. No hubo palabras entre ellos. Tilpion, una llamarada cuya forma era la de un elfo, atronó la tierra con la lanza que evocaba a la terrible luna vieja, y sin más, severo e inescrutable, la arrojó a Sauron.

 Arwen observaba el anillo. Lo tenía sobre su palma, y tuvo que coincidir con aquella miserable criatura: era «precioso». Lo imaginó en su índice, pero entonces Tilpion tomó su mano y la besó. Turbada por la generosidad del maia, se apresuró a ofrecerle una reverencia. Pero el barquero de la luna no la aceptó y dijo:

 -Eres una hija de Ithil. No puedo puedo permitir que me dediques un gesto de respeto. Hija, regreso a mi barca; no hace falta que uses el cetro. Haz lo que debes.

 Arwen vaciló. Echó un vistazo al Único y dijo:

 -El anillo es hermoso. No podré arrojarlo.

 Tilpion ascendía hacia la luna. Llegó a las nubes, y contestó:

 -No debes hacerlo.

 Arwen asintió. Batió sus alas y revoloteó hasta el Orodruin. Luego puso el Anillo en su índice, y desde entonces no se supo más de ella.

 Los niños se hallaron sentados sobre unos cojines, al pie de una chimenea. No era la casa de Akito. Ruri dijo que la Omoikane había recreado lo que en una compilación de cuentos élficos se conoce como La Cabaña del Juego Perdido. Eiko preguntó:

 -¿Qué pasó con Arwen?

                                                                                                      ———————————

  • La Cabaña del Juego Perdido: podrán saber sobre ella en El libro de los Cuentos Perdidos (Tolkien)

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