Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 13

La Omoikane

 -¿No vamos a jugar con las cartas? ¿Y cómo haremos para pelear?

 La Principita preguntó por la baraja de Arwen. Creía que un duelo de cartas zanjaría la contienda con Sauron, pero Gai dijo que tenía preparado algo más emocionante. El niño no aclaró más. Abrió el armario que daba a su espalda, hurgó entre las ropas amontonadas y sacó una esfera de cristal. El pequeño contó que era obsequio de Ruri, una amiga más chica que ellos, de tan solo cinco años. Dijo que era una niña por demás inteligente, que podía contar números que hasta los altos elfos desconocían; memorizaba libros, recitaba La Balada de Leithian en las lenguas cultas de Arda y conocía buena cantidad de genealogías, incluso la de algunos hobbits célebres —para el ámbito hogareño de los medianos—, que eran interminables y hubiesen exasperado la paciencia a los mismísimos ents.

 Sin embargo, hasta que los conoció a él y a Yurika, Ruri era una niña triste, pues no tenía amigos. Con ellos aprendió lo que era jugar y reír, pero, después de un par de días de haber pasado juntos, contaba el niño, tuvieron que volver a casa y dejarla sola. La pequeña, pues, los echó de menos. Este sentimiento le era desconocido y la perturbó hondamente. Ruri desesperó. Pensaba en sus amigos y no podía hablarles; intentó dibujarlos, narrarlos en un cuento y no supo cómo; quiso llorar, pero tampoco pudo, no solía hacerlo, no recordaba cuándo había sido la última ocasión en la que lloró. Le asomó entonces otra emoción que no había experimentado y enojada corrió a su escritorio y arrancó la esfera que descansaba sobre un trípode; caminó hacia un rincón de la habitación y se sentó a cavilar sobre ella. La llamaba «Omoikane» y la usaba para números complejos, diseños, planos, compilación de datos e historias, asuntos que aburrirían a cualquier niño. Furiosa, contó con visible pena Gai, deseó romperla. Omoikane no había sido su amiga como para Yurika lo era su peluche. Le había permitido descubrir lo que en la Tierra Media sería aplicable en siglos y que no obstante, en poco contaba para una niña. Yurika jugaba a que su osito era de verdad; le daba de comer, lo vestía y lo llevaba de paseo. Era feliz con su peluche mientras ella no podía usar a la Omoikane ni para pelota porque la haría añicos. Ruri, concluyó Gai, por fin lloró, apenas una lágrima que rodó de su mejilla y cayó al cristal y que encendió la esfera con un resplandor azul que fue abriendo camino a un torrente de números y símbolos que enseñaron a la niña algo que la maravilló: un osito de peluche, que la invitaba a jugar. La Omoikane se había vuelto un juguete, uno fuera de lo común, un juguete que era como un ropero que podía llevarla a un mundo de cuentos. Ruri entonces, feliz, quiso que Akito tuviera uno igual, su propia «Omoikane». A través de ella, podrían jugar siempre que quisieran, aún estando lejos.

 Gai cubrió sus ojos con unas gafas negras y redondas, tan grandes que le abarcaron toda la frente. Colocó a las niñas unas iguales. Las pequeñas se miraron. Se vieron como abejas y señalándose unas a otras rompieron en risas. Ëlen preguntó:

 -¿Y qué vamos a hacer con las gafas?

 -Nada. Lo hará la Omoikane cuando contacte con nuestros pensamientos. Primero tenemos que sentarnos en ronda, alrededor de la esfera. Bien. No te pegues a mí, Yurika. Todas miren la esfera. No se muevan ni hablen, por favor.

 Pasaron unos segundos. La esfera arremolinó por dentro y se llenó rápidamente con agua; unas burbujas surgieron del fondo. Akito, después de comprobar que sus amigas se estaban quietas, con una cucharita dio un par de golpes en el cristal. Las burbujas estallaron y una serie de anillos que se expandían en una humareda multicolor hasta romper en el extremo del cristal fue coloreando la esfera y dando a esta el aspecto de una acuarela. Los niños se hallaron a orillas del mar. Estaba soleado y hacía calor. La Principita preguntó:

 -¿Dónde estamos?

 Una vocecita queda e inexpresiva habló:

 -En el lugar que la Omoikane consideró apropiado situarlos.

 Eiko y Ëlen miraron boquiabiertas el cielo. Creyeron que una nube les había hablado.

 -Akito, ¿por qué enlazaste con la Omoikane? ¿Querías hablar conmigo?

 El niño respondió:

 -No, Ruri. Jugábamos al juego que te conté que había armado. Como ella…

 -¿Quién es? Parece un elfo, aunque nunca supe de un elfo de cabellos violáceos…

 La Principita contestó vacilante.

 -Me llamo Eiko y no soy un elfo. Soy una hadita…

 Akito y Yurika exclamaron a la vez:

 -¿Un hada?

 La pequeña se sonrojó. Gai asintió complacido. La cabecita fantasiosa de la niña lo admiraba, se parecían mucho. Ruri dijo:

 -La Omoikane dice que eres… Bien, si dices que eres un hada, en la Omoikane lo serás. ¿Y tú, cómo te llamas?

 -¡Ëlen!

 -Ëlen… «Estrella» en alto élfico. Tienes una voz muy dulce. Me recuerdas a unas criaturas aladas de las que he sabido a través de la Omoikane. Bien, Akito, Yurika, los dejo. 

 -Espera, Ruri. Baja y acompáñanos. Podrías ayudar a que las niñas comprendan lo que es la Omoikane.

 -Imposible. Lo que posibilita a la Omoikane escapa a su comprensión, Akito. Diles que obra por magia, o bien describe su uso con el de las Palantiri o con el de una bola de cristal de cuentos.

 -Bueno, da igual. Te esperamos.

 -¿No los estorbaré?

 Yurika intervino:

 -¡No seas tonta, ven ya! ¡Y trae la soga! Así nos enseñas cuánto has aprendido a jugar con ella.

 -De acuerdo, Yurika. Pero no me digas tonta. Den un momento a la Omoikane y estaré con ustedes.

 Pasaron unos segundos y Ruri repitió su inquietud. En esta ocasión, con ansiedad que no pudo disimular.

 -¿Seguro que quieren que vaya? La partida está avanzada y no podré unirme. No quiero molestarlos.

 Akito animó a la niña:

 -Vamos, Ruri, no seas tímida. Yurika quedó eliminada, así que podrás observar el juego con ella, y también con Ëlen, que no participará de la batalla.

 Ruri asintió. Transcurrió un momento y la niña, como si se tratase de un fantasma, se materializó ante Gai y los demás. Llevaba los cabellos cenizos en dos coletas, sus eran ojos grandes y de un verde opaco, y miraba de manera desapasionada a los niños, con una soga en la mano a la que asía con descuido. Eiko advirtió la cuerda y le preguntó si se la prestaba. Ruri dijo que «sí» y se la tendió. La Principita después de un par de alegres brincos, pasó un extremo de la soga a Ëlen e invitó a Ruri a que jugara. La pequeña no quiso, pero Yurika le dio un empujón y no tuvo otra opción que ponerse a dar saltos. Animada por la cantinela de las niñas, de a poco lo fue haciendo con ganas. No tardó en asomar la felicidad en sus ojos. Akito se sumó a la cantinela con las palmas, aunque no con demasiado entusiasmo, pues pensaba que la soga era un juego para niñas y que en cuanto Ruri terminase iría a la orilla a jugar con su barquito, el Nadesico.

Ep Sig:

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Ruri, personaje de Nadesico (en la imagen en un flashback). La Omoikane, a su manera, también.

ruri-nadesico

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2 comentarios en “Las aventuras de la Principita Eiko – Ep. 13

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