Las aventuras de la Principita Eiko – Ep.12

Hacia Mordor

 Era la hora del almuerzo. Gai trajo pan, rodajas de queso y jugo de manzanas y naranjas, y los niños continuaron con el juego mientras comían. Ëlen había logrado una buena ventaja y encaminaba a Sam, a quien había arropado con la carta de «El Gran Guerrero Élfico», hacia donde los orcos habían confinado a Frodo, la Torre de Cirith Ungol. Gai, sabiendo que las niñas se habrían negado a seguir jugando de verla, se cuidó de reemplazar por un orco a la terrible Ella Laraña.

 La siguiente al turno era Yurika. Cuando Gai llegó a Lórien, la niña tomó a Aragorn como novio — Galadriel tenía amplias libertades en su territorio de juego— y lo tuvo de paseo de aquí para allá en la barca cisne, importunando su partida —y la de su amigo— con trivialidades en tanto los dados lo permitieron. Cuando la suerte la desfavoreció, Gai pudo al fin llevar a Aragorn hasta Edoras, el palacio del rey Théoden de Rohan. Lamentablemente, los dados harían Éowyn también lo demorase, y por tres turnos para la rabieta del pobre niño. Queda la Principita. La pequeña había hecho como decía la carta de Elrond e imaginó para Arwen el papel de una heroína andante que cabalgaba en un pegaso blanco provisto de un cuerno de oro, crines carmesíes, que llevaba la cara cubierta con una máscara rosada y a quien la niña había dado el nombre de «Rochallor», para gusto de Gai, que conocía la historia del rey Fingolfin, aunque en verdad la Principita lo escogió por su amigo Lin Rochallor. La Principita deambuló por donde quiso, siempre según la suerte de los dados, y cuando no le restaban entuertos que deshacer, con el cinco que había obtenido puso la ficha de Arwen a las puertas de Mordor —la tierra de Sauron— y simuló un cuerno de batalla con las manos y desafió a Sauron tal como hiciera Fingolfin con Morgoth, allá por la Primera Edad, según le había contado Ithïliendil. Gai aprobó con sus pensamientos la fantasía de la pequeña, y entonces dio el dado a Ëlen, que era su turno. La nena leyó después de haber tirado:

 -¡Frodo, arrójelo!

 En esta ocasión, la suerte no acompañó a Ëlen. La pequeña había arrojado tres veces el dado y no alcanzó el nueve que exigía la carta para que Sam no arrojase una pedrada que heriría malamente a Gollum. Gai leyó:

 –«¿Qué has hecho, insensato? Le has partido la cabeza a Gollum, y Frodo no podrá contar con su intervención venturosa, como había advertido Gandalf. Ahora tendrás que elegir entre dos caminos, uno tan aciago como el otro; puede que el azar te brinde la victoria, pero no cuentes con ello. Elige, pues, y empuja a Frodo por el desfiladero para que hierva en el fuego del Orodruin, o bien secúndalo como lacayo de su señorío oscuro».

 Ëlen no entendió la última frase, y Gai se la explicó con palabras sencillas. La Estrellita no estaba contenta con lo que proponía la carta y porfió con que no iba a escoger ninguna de esas opciones, porque ella no era una «nena mala» y no quería comportarse como tal. La cuestión casi echa a perder el juego. Ëlen, como toda niña de su edad, no se acomodaba a reglas que no comprendía o que no le gustaban. Pero Gai logró convencerla. La Estrellita pensó en lo que haría Ithïliendil; confió en que Vána le daría suerte y entonces decidió la segunda opción, que indicaba que Frodo habría de tomar el lugar de Sauron y que Sam lo serviría. Luego pasó el dado a Yurika. Esto es lo que decía su carta.

 –«Frodo tiende su mano y te ofrece el Anillo. Si obtienes un seis, las consecuencias serán terribles. Con cualquier otro número, la Comunidad partirá con bien».

Yurika lanzó el dado y con desencanto vio que salía el número que había augurado la desgracia. La niña con voz trémula leyó:

 –«¡Me darás libremente el Anillo! En el sitio del Señor Oscuro instalarás una Reina. ¡Y yo no seré oscura sino hermosa y terrible como la Mañana y la Noche!»

 Galadriel, pues, tomó el anillo de Frodo y se erigió como la Dama de la Oscuridad. Yurika quedó eliminada del juego. Pero esto importó demasiado a la niña, que se agarró a la mano de Gai para que tu amigo tuviera suerte. La carta que tocó a Gai indicaba:

 –«Esta batalla definirá que Frodo y Sam puedan burlar al Ojo y proseguir hacia el Orodruin —la montaña en la que Frodo debía arrojar el Anillo —. Dispone bien a tus tropas, o serás arrasado por las huestes de Sauron».

 Gai dispuso las fichas que representaban su ejército y las amontonó en las puertas de Mordor. Era una buena estrategia. Los orcos estarían obligados a combatir en bloque, imposibilitados de rodear y asfixiar con sus innúmeras fuerzas al ejército de Aragorn. El niño además había mejorado el escudo de sus héroes, Gandalf, Légolas, Gimli, Pippin y Éomer con cotas de mithril. El traspié de Ëlen le había dejado servido el triunfo, aunque no debería confiarse, porque el juego podría ocultarle una jugarreta. Era el momento para la Principita. Gai leyó las líneas que había terminado de improvisar, como lo demandaba la instancia de la partida a la que había llegado la niña.

 –«Salve, Arwen Undómiel de la Casa de Elrond. Mi nombre es Boca de Sauron, y os doy la bienvenida. Mi Señor ha aceptado tu desafío y aguarda por vos en la Montaña del Destino. Seguidme, por favor».

 La Principita se inquietó. Sauron era un monstruo, y ella lo iba a«enojar». La niña se quedó mirando el área de Mordor. Se demoró en la ilustración del Ojo y vio que el monstruo la devoraba; estuvo cerca de negarse a seguir jugando. Pero Yurika anunció que era la hora de la leche y que iban a tomar un recreo. La Principita, con el monstruo olvidado en el tablero, manoteó con ganas del plato repleto con vainillas, mojó una en la taza de chocolatada y parloteó a gusto con sus amigos.

                                                                                                                                                          Mi Google+

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